1. “Cuando yo era moderno”…
En esta oportunidad me corresponde introducirlos al pensamiento filosófico de la modernidad. Y para empezar una paradoja: sucede que hoy por hoy el pensamiento moderno se considera viejo. Tanto es así, que hoy se habla de una etapa posmoderna de la filosofía. Pero los filósofos suelen decretar la muerte de ciertas ideas o de etapas que muchas veces gozan de estupenda salud. Si hiciéramos un breve recuento, muchas de las nociones que hoy utilizamos en la ciencia o en la política son hijas de la modernidad, ellas han contribuido a configurar todo un mundo. Desde luego, el mundo no se detiene y muchas de esas ideas se han puesto en actualmente en cuestión.
Los historiadores se han quebrado la cabeza tratando de situar una fecha de inicio de la Modernidad. Lo cierto es que de las cenizas de la sociedad medieval aparecerán los primeros indicios de la modernidad. Se sucederán una serie de cambios que sería latoso enumerar: la peste, la aparición de las ciudades, la masificación del salario y el dinero, el renacimiento, el surgimiento de bancos, el humanismo, la reforma protestante, la invención de la imprenta, el descubrimiento de América, el estado absolutista, la revolución inglesa, la revolución científica, la revolución industrial, la revolución francesa, etc.
De esa vorágine de cambios surgirá una sociedad que se ve a sí misma y el mundo de manera totalmente distinta a la época de los griegos o a la sociedad medieval. El mundo antiguo miraba el mundo como un cosmos, como un todo vivo, integrado, armonioso y fundamentalmente justo. El ser humano, por lo tanto, tenía una actitud confiada, pues sabía que había un lugar para cada acción y cosa. Al desmoronarse esa imagen, los individuos entran en crisis, una similar a la que vive un joven en el comienzo de su adolescencia. Al no poder recurrir a los Dioses, a la naturaleza, o al Dios monoteísta, se comienza a dudar de todo, el pasado se vuelve extraño y pierde su peso, la autoridad es mirada con sospecha, se cuestiona y critica todo conocimiento.
En gran parte, la Revolución Científica es responsable de eso. Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, y Newton desmontaron la visión antigua del “cosmos”, para proponernos un “universo” puramente material, mecánico, infinito, y sin sentido en sí mismo. Una realidad compuesta de partículas y fuerzas sin espíritu, dirigidas por unas cuantas leyes universales que la ciencia se encarga de describir.
En este universo, los hombres ya no habitarán en el centro, flotarán a la deriva y sin patria, preguntándose ¿dónde está ahora Dios? La solución que encontrará la filosofía moderna a ese orden perdido será que el hombre mismo, mediante su inteligencia o razón, ordene esa realidad que en sí misma no muestra sino incertidumbres. Por eso que al leer al padre de la modernidad filosófica, el filósofo Renato Descartes, se encuentra uno primero con puras dudas y desconfianzas. Él es simplemente un hijo de su época, pero además el constructor de una nueva era.
2. Pienso luego existo…
La época moderna fue una época de grandes guerras de religión. El cisma de la Iglesia Católica producto de la Reforma protestante condujo a una batalla entre verdades religiosas, que fomentó entre los filósofos la sensación de incertidumbre y crisis. Descartes vivió esa época, pero en vez de pensar que las religiones solucionarían algo, soñó un lenguaje ideal, similar a la matemática, que no permitiera errores o prejuicios producto de las creencias equivocadas de los hombres. Así comenzó la búsqueda de un método y un ideal de verdad donde uno no pudiese dudar ni equivocarse. De esa manera, si hallásemos un fundamento evidentemente verdadero, podríamos a partir de él hallar otras verdades, tal como en la matemática donde un axioma correcto nos lleva a teoremas correctos. El nuevo ideal de Descartes es la certeza racional: una creencia de la que no quepa sospechar porque su verdad se halla completamente demostrada y liberada del error. Para este filósofo, nada, (por muy viejo, respetable, venerable, o habitual que sea) merece ser considerado verdad sin examinarlo filosóficamente. Descartes inaugura el pensamiento crítico que cuestiona la autoridad tradicional.
Su problema es cómo alcanzar ese tipo de verdad, qué camino seguir. Ya sabemos que su meta es hallar ideas “claras y distintas” es decir, un pensamiento que no dé lugar a la confusión. Para hallar esa idea se le ocurrió dudar de todo: de lo aprendido en sus años de estudio, de la información que nos entregan los sentidos, de nuestra capacidad de distinguir el sueño de la realidad, de la evidencia de nuestro yo y de nuestro cuerpo, etc. Dudó hasta de los pensamientos más lógicos imaginándose un Genio maligno que lo engañara en todo, constantemente.
Descartes partió actuando como un escéptico, aunque sólo fuera para obtener una nueva verdad más segura. Cuento corto: luego de mucho dudar, se dio cuenta que si uno duda de todo no se puede dudar de que se esta dudando. Y dudar es, desde luego, pensar, y para pensar tengo que ser algo, tengo que existir. ¡Pum! Cayó la teja… pienso, luego existo (cogito ergo sum)
Aquí hay algo profundo: si la nueva verdad es que existimos ya que evidentemente tenemos actividades mentales (dudar, vacilar, imaginar, tener certezas, sentir, etc.) entonces las verdades ya no reposan en la realidad exterior, en la Naturaleza, en Dios u en otra cosa. El criterio de lo que es verdad y lo que no, reside ahora en nosotros, los humanos, ya que la certeza es algo que se da en nuestra actividad mental. La conciencia, con todo lo que ocurre en ella, siempre está presente para que demos cuenta de sus actividades, las que podemos reconocer y reflexionar. Será entonces la conciencia de los seres humanos, la parte racional de su mente, el nuevo punto de partida para reconstruir el orden perdido. A este nuevo fundamento moderno se le llama: sujeto.
Descartes ya había dado un primer paso, pero aún no tenía el camino para seguir hallando más verdades del tipo “cogito ergo sum”. Ese camino consistirá en el método de apegarse a cuatro reglas sencillas. La primera de ellas consiste en guiarnos por el criterio de la certeza, vale decir, no aceptar aquello que se muestre dudoso o confuso, tratando siempre de proceder cautelosamente, sin precipitarse o dejarse llevar por el prejuicio. La segunda consiste en agarrar el problema y dividirlo en partes, hasta llegar a las más simples. Esta es la parte del análisis. A ella le sigue la tercera regla que nos pide organizar todo nuevamente de manera ordenada; haciendo una síntesis que vaya de lo simple a lo complejo. La cuarta regla es la revisión general y continua de todo, para no olvidar nada. Cuatro pasos, he ahí el método de Descartes para hallar verdades indudables.
Pero Descartes había dudado también de la realidad exterior, del mundo y sus cosas que estaban “allá afuera”. Con su nueva filosofía, Renato desconfía de los olores, colores, sabores del mundo y deja sólo lo que la mente no puede negar: que las cosas están en un espacio, que tienen una extensión, que sus movimientos ocurren en un tiempo, y que todo eso puede ser medido matemática y geométricamente. Todo lo demás quedará fuera de la ciencia, y serán datos “subjetivos”. El mundo así visto es un mecanismo cuantificable. El cuerpo, parte del mundo, es considerado una máquina que esta separada de la mente. Los animales también son máquinas y no poseen alma. Nace el dualismo, que plantea que somos una res cogitans, una cosa pensante, frente a un cuerpo y a un mundo extenso, es decir, materiales. Todo lo material se rige por las leyes de la física, donde cada efecto esta determinado por una causa que lo provoca. Ante eso, el sujeto se descubre como una conciencia con voluntad, y libre.
En su examen de la mente humana Descartes halló tres tipos de ideas: las adventicias; que son adquiridas por los sentidos y la enseñanza, las ficticias; que son creadas por la imaginación, y las innatas; que son aquellas que poseemos en nuestro espíritu desde el nacimiento. Dentro de esas ideas innatas están las ideas de número, de causa, de perfección, y la idea de Dios. En última instancia, será Dios (al que no podemos negar pues tenemos en nosotros una idea de perfección absoluta) el encargado de garantizar que nuestras ideas se correspondan con el mundo exterior, y que por lo tanto sea imposible estar engañados o equivocados todo el tiempo.
Descartes es el padre de la filosofía moderna al inventar un nuevo criterio de verdad, y es, además, padre del racionalismo, al afirmar el poder y la independencia de la razón humana frente al mundo.
3. Habían dos mellizos llamados racionalismo y empirismo…
Descartes abre una disputa entre quienes, a la hora de hablar de conocimiento, le dan primacía al entendimiento o la razón, los llamados racionalistas, y aquellos que señalan la experiencia como fuente de todo conocimiento, los empiristas. Se puede sostener que aunque fueran dos corrientes que se presentaban como opuestas tenían algo de fondo en común. El filósofo que superaría esta división sería Emmanuel Kant, del que ya hablaremos.
Partamos por los empiristas. El abuelo de ellos se llamó Francis Bacon, un filósofo – político inglés obsesionado por destronar a Aristóteles del terreno de la ciencia. Afirmo que el conocimiento avanzaba mejor experimentando y acumulando evidencia en un procedimiento que se llama inducción. Con este método podríamos “torturar” a la naturaleza (¡él utiliza esa expresión!) hasta que nos revelase sus secretos. Con ello podríamos dominar la naturaleza para favorecer la sociedad. Saber es, pues, poder.
Dejando atrás a este abuelo terrible, el empirista más famoso fue John Locke. Él escribió en el siglo XVII, y su pensamiento político (del que no haremos mención ahora) influyó en las revoluciones americanas y francesa. En el terreno epistemológico se propuso investigar cómo conocemos, qué validez tiene lo que conocemos y si ese conocimiento tiene límites. Se opuso a la idea cartesiana de que tenemos ideas innatas, y dijo que nuestra mente viene al mundo como una pizarra en blanco (tabula rasa), que comienza a ser llenada con los datos aportados por los sentidos. Todo conocimiento se origina, por lo tanto, en los sentidos, y por lo tanto, en la experiencia. Sin embargo, le da la razón a Descartes al admitir que las características medibles o cuantificables son certezas más fiables que las que varían de sujeto en sujeto. A esas características básicas, como el que las cosas tienen una forma y un tamaño, las llamo “cualidades primarias”. Las “cualidades secundarias” en cambio, surgen de la combinación de las primarias, y dependen sobre todo de la relación entre la mente del sujeto y los objetos que conoce. No podemos pensar un objeto sin forma, tamaño o extensión, pero los olores, sabores, texturas, temperaturas dependen notoriamente de quien lo está sintiendo.
A partir de las cualidades primarias “objetivas” (solidez, extensión, figura, movimiento, etc.) y de las cualidades secundarias “subjetivas” (olores, colores, sabores, etc.) se forman las ideas simples en la mente. Estas ideas son nuestro límite: no sabemos cómo son las cosas fuera de nuestra mente. Sólo tenemos conciencia de la huella que dejan los objetos en nuestra mente, las percepciones. El entendimiento puede operar sobre esas ideas simples, las puede asociar, combinar, separar, formando ideas complejas. Pero jamás el entendimiento tendrá el poder para crear las ideas simples.
Básicamente la verdad consistirá en representarse ideas acordes o adecuadas a los datos más evidentes que nos proporcionen los objetos a través de la experiencia. El empirismo aboga entonces por cotejar nuestras ideas con lo que la experiencia muestra. Pero, ¿cómo saber si nuestra experiencia es la misma? No tenemos cómo comparar si nuestras representaciones son adecuadas al objeto. Incluso si llamásemos a otra persona para corroborarlo, esta persona estaría viendo su propia representación solamente. Ningún observador podría conocer el objeto como tal, pues sólo tiene acceso a lo que hay en su mente. Fue por esa misma razón que Descartes tuvo que apoyarse en Dios como el garante de que las ideas se correspondieran realmente con la realidad. Las conclusiones que obtuvo Locke con sus investigaciones filosóficas, le persuadieron de considerar que nuestra capacidad de conocer, la razón, tiene límites que coinciden con la experiencia: no se puede conocer aquello que no hemos experimentado.
Los racionalistas sabían que no podían prescindir de la información de los sentidos, pero consideraban este conocimiento inseguro y poco confiable, que necesitaba ser garantizado por el entendimiento y sus principios lógicos. El terreno de las ideas puras, de las definiciones exactas, de la organización sistemática de los conceptos, del uso de la lógica era para ellos una fuente de certezas claras y distintas. Muchos de los racionalistas fueron matemáticos o se inspiraron en las matemáticas, tal es el caso de Benito Spinoza o de Gottfried Liebniz. Este último le contestó a Locke que si bien no hay ningún contenido en el entendimiento que no haya entrado por los sentidos, el entendimiento mismo es innato, no lo adquirimos por experiencia.
Liebniz desarrolló el cálculo de lo infinitamente pequeño, el cálculo infinitesimal, pues consideraba que toda la realidad es continua: desde lo más pequeño a lo más gigantesco. Así en la realidad todas las cosas están conectadas entre sí, todo tiene un porqué, una causa que lo explica. Todo tiene una razón de ser, por lo tanto, todo podría llegar a ser comprendido filosófica y matemáticamente en una ciencia universal.
Dentro de éste orden Liebniz identificó ciertas proposiciones que son evidentemente necesarias y verdaderas sin que para demostrarlo necesitemos recurrir a la experiencia. “La distancia más corta entre dos puntos es la recta”, “La suma de dos ángulos rectos es igual a 180º”, “El todo es mayor que la parte o que cada una de las partes”, “Nada puede ser y no ser al mismo tiempo” (principio de no contradicción) son ejemplos de lo que Liebniz llamó verdades de razón. Al depender del entendimiento, estas verdades son innatas. Hay otras verdades, en cambio, que pueden ser o no según las circunstancias, por ello las llamó verdades de hecho. Estas dependen íntegramente de la experiencia. Por ejemplo, el árbol frente a mi oficina hoy mide tres metros pero en un año quizás mida seis o nueve. Ahora, el que sea de una u otra forma tiene una razón de ser, nada ocurre en el universo “porque sí”. La idea de que todo en la naturaleza tiene su causa es una idea que no viene de la naturaleza sino que es puesta por nuestro propio entendimiento. El entendimiento no es como una pizarra vacía sino como una madera que tiene ciertas propiedades y capacidades naturales, y que se manifestarán al ir trabajándola.
Pese a su aparente diferencia, racionalismo y empirismo fueron dos vías que coincidieron en la Revolución Cientifica. A partir de sus trabajos, Galileo y Newton consagraron el matrimonio entre el lenguaje matemático y la experimentación con la naturaleza. Desde ellos, acumular datos, medir y cuantificar, determinar leyes generales y expresarlas en fórmulas, se convirtieron en el hacer común de los científicos modernos. Sin embargo, las críticas elaboradas por un filósofo gordito serían muy terribles para esta confianza en la nueva ciencia.
4. David Hume, el filósofo gordito.
Ahora nos situamos en el siglo XVIII, periodo que culminará con la Revolución Francesa. Hume fue un escocés bien gordito, hijo de una familia de nobles venida a menos. Llegó a la filosofía luego de ser abogado, escritor, historiador, político y diplomático. Se le conoce aún como uno de los empiristas más importantes y trascendentes por su radicalidad. Esta radicalidad se basaba en que Hume dijo que lo único que había que tener en cuenta en el conocimiento era la experiencia. Y la experiencia son las huellas del mundo en nuestro espíritu, que David llamó impresiones. A su juicio Locke aún recurría a conceptos que no eran sacados de la experiencia, como la idea de un yo, la noción de sustancia, o el concepto de causa. Se propuso entonces, un examen crítico de la ciencia y la filosofía para limitar sus pretensiones, uno que estuviera basado exclusivamente en la observación y la experiencia.
Para Hume todo conocimiento proviene de las impresiones, las que provocan en nosotros, imágenes, conceptos e ideas como productos o representaciones derivadas. Las ideas de la mente no son más que copias de las impresiones. Por ejemplo; usted está ahora mismo en la playa, en unos roqueríos que son un mirador. Siente las impresiones “externas” del olor del mar, el ruido de las olas, el calor tibio del sol que se esconde, el sabor de la sal en su boca, los colores de un atardecer que comienza. Además se despiertan en usted impresiones internas, que surgen por reflexión, como el deseo de abrazar a su polola mientras observan ese espectáculo en una tarde romántica. Horas después el sol ya se ha puesto, pero usted puede reavivar esas primeras impresiones como recuerdos, claro que ya no gozan de la misma vivacidad. Puede incluso variar la escena: imaginarse un oleaje embravecido, un cielo cubierto, y viento frío golpeando su cara. Puede incluso abstraer elementos comunes y elaborar un concepto general de “atardeceres” ya sea en el campo, en la playa, en la ciudad etc. Esos recuerdos, imágenes derivadas o conceptos ya son propiamente ideas. De las impresiones se forman ideas simples, las que al combinarse se transforman en ideas complejas. Y eso es todo.
Bueno, pero todo eso pasa en mi mente… ¿y el objeto? Del objeto, nada. Lo único que podemos asegurar es que tenemos esta u otra impresión en nuestra conciencia, no podemos asegurar nada de la realidad exterior. De todo lo que no podamos comprobar o verificar por experiencia, no podemos decir que exista. Simplemente “creemos” en que existe una realidad exterior. Lo único que hay es el flujo constante de impresiones e ideas. La realidad para Hume no es más que las impresiones más fuertes y nítidas que tenemos en nuestro espíritu. Lo que me pareció la otra noche como la vaga silueta de un cuerpo humano, hoy me aparece nítidamente como un montón de ropa. No hay otro criterio para saber lo que es la realidad. Tampoco existe un “yo”: recibo fragmentos de impresiones de lo que sería mi cuerpo, veo un reflejo en el espejo y creo que soy yo, escucho que me llaman por un nombre y asumo que se trata de mi, escucho una voz interior y supongo que es la mía. Es lo mismo que cuando veo llover: veo gotas de agua caer del cielo pero no veo “la lluvia caer”. No existe ningún personaje llamado lluvia que le ocurra caer. El que yo tenga un “yo” más o menos estable en el tiempo y el espacio es simplemente una ilusión, la experiencia no nos lo demuestra. Literalmente, el Yo es algo imaginado.
Bueno, ¿y la ciencia? Para Hume la ciencia reposa sobre la idea de causalidad. Esta es una de las tres formas en que las ideas se asocian. La primera es la ley de la semejanza que hace que tendamos a unir o poner juntas ideas o impresiones similares. La segunda es la ley de la contigüidad, que nos impulsa a ver ciertas cosas como apareciendo juntas: el humo, la ceniza, el papelillo, el filtro, el cenicero aparecen como parte de una misma experiencia. La tercera es la ley de la causalidad: nuestra mente considera ciertas impresiones o ideas, que se presentan primero, como las causas de otras impresiones, que son posteriores, y que serían los efectos. Hume llegó a la conclusión que esto no es más que algo psicológico, un hábito de la mente que no nos permite afirmar nada con certeza de la realidad. Al jugar billar, cuando la bola blanca choca con la bola roja, creemos que el movimiento de la primera es causa de la reacción de la segunda. Esto es una pura ilusión. Sólo vemos que dos cosas suelen ir juntas, pero no vemos que un fenómeno sea la causa de otro fenómeno.
Esto además afecta a la confianza en la inducción. Recordemos que el método de la inducción sostiene que a partir de observar hechos particulares, muchos de ellos, podemos obtener conclusiones generales. Por ejemplo, veo un cisne y es blanco, veo otro y es blanco, veo diez y son todos blancos, veo mil blanquitos, veo un millón, etc. …según la inducción en algún momento estaré autorizado para decir: “Todos los cisnes son blancos”. Sin embargo, sostiene Hume, puede ser que en la experiencia 1.000.002 me tope con un desconocido cisne negro. Mi conclusión sería inválida. Simplemente creemos que la naturaleza es regular, pero no tenemos como justificar o demostrar eso.
Así, Hume se convirtió en un escéptico radical. Consecuente con su postura, sostuvo que no podemos demostrar que Dios existe, y por lo tanto murió sin preocuparse mucho por su salvación divina. No obstante, el problema se los dejó a los otros. Con su crítica le quitó el piso a toda filosofía que pretendiera decir algo sensato sobre Dios, el alma humana o el sentido del mundo o la historia. Con este gordito se hubieran acabado las grandes pretensiones de la Filosofía, sino fuera por un aburrido filósofo alemán que para pasar el rato, dio vuelta todo lo que hasta entonces se había sostenido sobre el conocimiento.
5. Kant, un Nerd que cambió la historia.
Kant se comportó como viejo toda su vida. Hoy le hubiésemos considerado un nerd, pues consagró su vida al estudio, salió poco, hacía todo a la misma hora, no tuvo grandes pasiones ni vicios, no conoció otros países, no tuvo grandes metidas de pata. Pero, como un buen nerd, tuvo la paciencia para cambiar el mundo con sus ideas. Hizo en filosofía lo que Copérnico hizo en astronomía: desde él, la razón humana dejo de girar en torno al mundo, sino que el mundo vino a girar en torno al sol del entendimiento humano (giro copernicano). La mente humana, sostuvo, sintetiza la realidad, le da su ser y su forma. Por lo tanto en Kant culmina lo que empezó siendo un problema originado por el cosmos perdido: el orden de las cosas, que conocemos por la ciencia moderna, es un producto de la actividad racional humana.
En su obra, Kant resuelve la aparente disputa entre racionalistas y empiristas, creando una corriente que se denominará posteriormente como criticismo. Kant pensaba que la pregunta epistemológica por excelencia era ¿qué puedo saber? y sostuvo que en lugar de dar por sentado que nuestro conocimiento es válido, había que examinar qué condiciones transformaban a un conocimiento en un saber válido. Su interés inicial era salvar la metafísica (con sus cuestiones sobre Dios, el Alma y el Mundo) pero consideraba que en filosofía se especulaba mucho, y tanto rollo mental hacía que nos alejáramos de la experiencia que es la que nos señala lo posible y lo imposible. La esperanza de Kant era que si llegábamos a utilizar bien nuestra razón, sin caer en contradicciones o ideas ilusorias, seríamos capaces de liberarnos de la ignorancia y de la opresión de autoridades que pretenden tutelarnos. En esto, Kant se mostró partidario de los ideales de la Ilustración, y los defendió con gran pasión.
Kant imaginaba a la filosofía como un tribunal donde se examinaría si podemos fiarnos del conocimiento que se pretende verdadero, aclarando cómo es posible su validez. Grandes científicos se habían liberado de los engaños y habían aprendido a describir fielmente la naturaleza según leyes universales, eternas y objetivas. La ciencia moderna, en especial Newton, demostraba que era posible un saber basado en la experiencia pero que tuviera valor universal. Esa ciencia no se agotaba en decir obviedades lógicas como “la distancia más corta entre dos puntos es la recta”, con ella era posible tener juicios rigurosamente verdaderos, universales, que además pudiesen sintetizar lo que la experiencia muestra añadiendo siempre nueva información . Este saber daba cuenta, según Kant, de que lo que en realidad ocurría era que la razón coloca sus estructuras y leyes en los objetos de manera previa a la experiencia, es decir, era un conocimiento a priori. Por ello, la ciencia podía establecer anticipaciones en la experiencia. Kant denominó en general los conocimientos previos a toda experiencia como conocimientos a priori y aquellos que provenían de la experiencia los llamo conocimientos a posteriori. Esta cuestión de un conocimiento sobre la experiencia, pero que tuviese una validez más allá de toda experiencia (o sea, que fuese, a priori) se transformó en su problema central. Su solución fue plantear que lo a priori resulta de un aporte de nuestras propias capacidades mentales, vale decir, es algo que el sujeto pone en la realidad.
Entonces, la filosofía de Kant es el análisis de la relación entre aquello que nos aportan los sentidos y la manera en que la razón da forma a ese material. Sin el material de los sentidos, el entendimiento está vacío, pero sin su labor, la experiencia no tendría ninguna estructura. La razón constituye el mundo que experimentamos, lo unifica. Cómo son las cosas en sí mismas independientes del sujeto que las conoce (Kant llama a esto el noúmeno), queda como una incógnita imposible de descifrar para la razón humana, pues sólo sabemos cómo se presentan ellas, como fenómenos, a nosotros. Desde Kant los objetos no son realidades independientes de mi actividad pensante.
¿Cómo ocurre esto? Primero nuestra conciencia recibe el material de los sentidos, que en sí mismo no puede ser conocido sino es configurado por el espacio y el tiempo, que no son “cosas reales” del mundo, sino los moldes o las formas que nuestra razón le impone a las cosas. El espacio y el tiempo es el marco donde van a aparecer la variedad de materiales que nos dan los sentidos. Ya que todas las experiencias se dan en el espacio y en el tiempo, que aporta nuestra mente, es posible que la matemática y la geometría existan como verdaderas y necesarias. Ahora, para que nuestra mente capte los objetos como tales, es decir como cosas determinadas y definidas, es necesario que el entendimiento sume las categorías, que son los conceptos más generales con que pensamos las cosas y además, las formas elementales en que ellas se nos presentan. Entre las categorías encontramos la cantidad, la cualidad, la relación y la modalidad. El entendimiento hace posible que podamos experimentar objetos, y por lo tanto hace posible que exista la física como ciencia.
Sin embargo, el pensamiento no descansa y trata de ir subiendo en sus conceptos hacia ideas más generales, abarcadoras, unificadoras y absolutas. El ser humano es un ser inevitablemente metafísico, quiere comprender el todo, aunque efectivamente sea inalcanzable. Su tendencia natural es tratar de captar el mundo como la totalidad de las cosas que existen, el yo como algo puro e independiente del mundo (¡¡por lo tanto inmortal!!), y a Dios como el sustento creador de estas realidades. Como la experiencia no puede mostrarnos nada de eso, el uso de la razón en estas cuestiones no es más que una ilusión, un espejismo. Este fracaso se muestra en el hecho que quedamos atrapados de antinomias o tesis contradictorias: por ejemplo, no podemos discernir si el mundo tiene límites espaciales y temporales o si es infinito, pues la razón pura piensa una cosa que la experiencia no puede probar. Así Kant se las arregla para validar el conocimiento de la ciencia (pues este se basa en la correcta mezcla entre la experiencia y nuestro espíritu) y para dejar el tema de Dios y el alma en el terreno de la ética y de la religión. Desde Kant la metafísica dejará de ser posible en el terreno de la ciencia para alojarse en lo moral.
Aún así Kant abre una ventana, pues revela que no somos una cosa más del mundo. En tanto la razón humana es condición de posibilidad para que conozcamos el mundo, es en cierto sentido anterior al mundo ni se agota en el mundo. El observador observa que él mismo está fuera de lo que observa. La razón es trascendental; hace posible la experiencia del mundo para toda la especie humana que comparte sus estructuras generales. Se va a hablar de un sujeto trascendental, es decir que las condiciones de poder acceder al mundo, conocerlo y pensarlo no son cosa de sujetos individuales sino elementos universales; la Razón humana como la fuente de todo sentido y la posibilidad de todo conocimiento universal. Como el pensamiento hace posible el mundo, hay algo de él que es independiente, libre, y autónomo. Por ello es que el hombre es un ser moral, pues es capaz de determinar su voluntad. Será en éste terreno donde Kant volverá a tratar de colocar a Dios en la filosofía. Ésta idea poco a poco se transformará en la afirmación de que es la razón humana la que en realidad crea o pone libremente al ser. Los que se abanderarán bajo esta afirmación serán conocidos como la corriente del idealismo alemán.
jueves, 28 de julio de 2011
martes, 21 de junio de 2011
CSV - CUARTOS MEDIOS - ANTROPOLOGÍA - PRESENTACIÓN PPT - JUSTICIA SOCIAL: LA DESIGUALDAD Y LA POBREZA
Estima@dos:Presentación sobre la unidad de Justicia social del curso de Antropología y ética.material audiovisual de estudio sobre historia de la Doctrina Social de la Iglesia.
Presentación1 justicia social
Presentación1 justicia social
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viernes, 20 de mayo de 2011
CSV - CUARTOS MEDIOS - FILOSOFÍA - EJERCICIO TRIMESTRAL DE SINTESIS - ELABORACIÓN DE TEXTO.
EJERCICIO DE SÍNTESIS.
La última evaluación trimestral consiste en un ejercicio de síntesis donde se deben poner en juego las capacidades y conocimientos adquiridos durante este trimestre.
Este ejercicio consiste en contestar una pregunta compleja que requiere, como es obvio, un desarrollo por escrito largo y estructurado, similar a un mini ensayo.
Durante este ejercicio mediremos qué has aprendido, cómo eres capaz de relacionar los diferentes contenidos, como sintetizas y redactas una respuesta pertinente, coherente, ordenada, sólidamente argumentada.
Las fuentes de donde puedes extraer la información para tu respuesta son todo el material de tus apuntes de clases, guías, exposiciones de tus compañeros, así como las presentaciones de powerpoint, los documentales y películas, tanto las vistas en clases como las que hemos puesto a disposición a través de www.agorasantiago.blogspot.com.
Tu respuesta tiene que cumplir ciertas formalidades:
- Escrita en computador e impresa a blanco y negro.
- Hoja tamaño carta.
- Times New Roman o Arial 12.
- No más de dos planas de extensión.
- Señalar colegio, asignatura, curso, nombre, etc.
- Interlineado 1,5.
- Cuidar ortografía y reglas de redacción.
- Poseer márgenes y sangrías adecuados.
Recuerda a demás que la respuesta debe ser:
PERTINENTE: se atenga a lo que están preguntando y no evite la cuestión refiriéndose a otros temas que no vienen al caso.
ESTRUCTURADA: el texto de tu respuesta tiene que tener una introducción, un desarrollo y un cierre o conclusión.
ARGUMENTADA: cada cosa que tu afirmes debe ir apoyada por razones, conceptos bien definidos, procesos claramente descritos, referencias o autores claramente enunciados etc.
LÓGICA: tu respuesta debe ser ordenada. Cada párrafo está conectado con el siguiente y los anteriores de una manera que tu lector le quede claro. Evita contradicciones o vacíos, ya que estos confunden o arruinan la coherencia de tu respuesta.
ANALITICA: cómo es una pregunta amplia, cada problema o tema está compuesto por subproblemas o subtemas. Una manera de identificar estos subtemas es tener claro qué ideas son las fundamentales y ordenarlas de algún modo. Por ejemplo: de las más generales o amplias hasta las más particulares o específicas, desde las más sencillas a las más complejas, de las más concretas a las más abstractas, de las que más conoces a las que menos conoces. Otra alternativa es seguir el orden sugerido por las clases y guías.
SINTÉTICA: acá siempre hay una regla de oro “más es menos”, o sea si lo que tienes que decir lo puedes decir en menos palabras y con igual claridad, bienvenido sea. Recuerda que toda respuesta es una selección de lo importante, sino sabes distinguir eso no sabes la respuesta.
ENRIQUECIDA: a veces nos abocamos a mirar una sola perspectiva y olvidamos mencionar o hacer referencia a que existen otras miradas u argumentos para una cuestión.
CLARA Y AMENA: se agradece cuando una respuesta se ha esforzado por ser lo más clara posible, sin irse por las ramas, caer en reiteraciones o comentarios superfluos que no se atienen a lo que trata la pregunta. Un aporte personal viene al caso cuando demuestra conocimiento, es pertinente, hace una crítica interesante, plantea nuevas preguntas o hipótesis.
Bien, ahora entonces te presentaremos el tema sobre el que trabajaras:
El ser, la realidad y la verdad como las preocupaciones centrales del pensamiento filosófico.
Ahora, recuerda que se trata de un ejercicio que mide además tu manejo en los contenidos específicos vistos a través del trimestre, por lo tanto te sugerimos tener en cuenta:
- La diferencia entre mito, religión, ciencia y filosofía.
- El arraigo de la filosofía en la condición existencia (filosofía como salvación)
- El paso de la explicación mítica al pensamiento filosófico.
- Los orígenes históricos del pensamiento filosófico.
- El concepto de metafísica.
- Las vías de la filosofía y las negaciones de la metafísica.
- Los pensadores presocráticos.
- Parménides y Heráclito.
- Los primeros conceptos eje: caos/cosmos, apariencia/esencia, verdadero/falso, estabilidad/cambio, ideas/percepciones, etc.
- La figura de Sócrates.
- El concepto de epistemología.
- El modelo de verdad como representación.
- Diferencia entre opinión, creencia y conocimiento.
- Diferencia entre objetivo y subjetivo.
- Platón y Aristóteles como paradigmas del pensamiento antiguo.
- Idealismo y empirismo en la filosofía antigua.
Y, finalmente, te presentamos la pauta de evaluación.
INDICADORES LOGRADO (2) MEDIANAMENTE LOGRADO (1) NO LOGRADO (0)
Respeta reglas de ortografía.
Se ajusta a las formalidades.
La respuesta es pertinente y bien delimitada.
Hay coherencia lógica entre las ideas y los párrafos.
Demuestra manejo en las filosofías de los presocráticos.
Maneja la evolución de los conceptos eje de la filosofía occidental.
Contrapone las filosofías y conceptos de Platón y Aristóteles.
Hay claridad y definiciones bien establecidas.
Hay capacidad de síntesis y buena delimitación de la respuesta.
Hay aportes reflexivos, críticos, interrogativos.
martes, 10 de mayo de 2011
TERCERO MEDIO CSV - RECURSOS PARA EL ESTUDIO - DOCUMENTAL BREVE SOBRE LAS EMOCIONES.
A continuación, un breve documental sobre las emociones. Es parte de la película "What the bleep do we know" o como se tradujo al español "¡¿Y tú que sabes?!".
TERCERO MEDIO CSV - SEGUNDA PRUEBA DE CONTENIDOS - RECURSOS: PRESENTACIONES PPT - ¿Que es la mente? - La percepción
Estimados Estudiantes: Junto con saludarlos, les envío las presentaciones que deben estudiar con vistas a la segunda y última prueba trimestral de filosofía que será el día 18 de Mayo.Espero que les sirva. Que es la mente
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miércoles, 4 de mayo de 2011
CUARTOS MEDIOS CSV - TEXTOS PARA ESTUDIO - PROBLEMAS EPISTEMOLÓGICOS
TEXTO: ¿Qué rayos es la Filosofía? (inédito)
Autor: Martín De la Ravanal.
1. Introducción: ¿Qué rayos es la Epistemología ?
Hemos comenzado a ver temas de “Epistemología”. Y sí, es un nombre extraño, quizás demasiado como mucho de lo que se habla en filosofía. Debo recordar que no es una profesión médica, así que no vayan a intentar pedir hora al “epistemólogo” si se sienten extrañamente enfermos. No, Epistemología es algo así como una rama de la filosofía, una de sus áreas de preocupación. Un manual de filosofía la define como: “La rama de la filosofía que se ocupa de analizar en qué consiste el conocimiento, pero también en determinar su origen, el método que seguimos para obtenerlo y el límite de lo que podemos conocer”. En otras ocasiones se habla directamente, y más comprensiblemente, de “Teoría del conocimiento”, vale decir, una teoría filosófica que quiere conocer el conocer.
Si has leído atentamente te darás cuenta que hay un concepto o idea del que todo depende: la de conocimiento. Considera la afirmación que tengas por más cierta: que el sol sale cada mañana, que tu profesor de filosofía se llama Martín, que las aspirinas sirven para el dolor de cabeza, que las palomas son aves que vuelan y comen migas de pan que les arrojan los jubilados, que los profesionales se forman en las universidades, que dos mas dos son cuatro, que la vida se acaba con la muerte física, etc. Piensa; ¿De dónde obtuviste ese conocimiento? ¿Del uso de tus sentidos? ¿Fue una pura cosa de lógica, de razonamiento puro? ¿O alguien te lo dijo? ¿Por qué le crees? ¿De dónde saco la información? Sobre todas esas “verdades” podemos estar equivocados, tener informaciones erradas, o profundas dudas. Nuestros conocimientos no son LA VERDAD , la absoluta, la completa e universal[1]. Como humanos, no tenemos un acceso instantáneo y directo a ella. Entre LA VERDAD y nosotros están los medios con los cuales conocemos: nuestras capacidades (las individuales y las de la especie), nuestros cuerpos, nuestra cultura, nuestra educación, nuestras tecnologías, nuestras palabras, etc. Estamos obligados, entonces, a esforzarnos por obtener verdades, por conquistarlas. Pero no podemos ser dueños totales de la verdad. Sin embargo, un conocimiento que no tenga nada de verdadero, o que no se moleste en demostrarlo, sería una simple opinión (una apreciación subjetiva que no ha sido demostrada ni discutida) o una mera creencia (adhesión personal a un pensamiento o afirmación que se considera cierta aunque no haya sido probada).
Según el filósofo griego Platón, una afirmación expresa conocimiento verdadero cuando se dan tres condiciones. Primero, alguien cree que es cierta. Segundo, cuando su contenido corresponde a la realidad o cómo son las cosas. Tercero, que se aporten pruebas sobre su verdad. Conocimiento es una creencia de la que estamos seguros, pero que podemos justificar racionalmente, lo que quiere decir apoyarla con razones que podemos demostrar. Los conocimientos que están encerrados en la mente de uno, aunque fuesen verdaderos (“¡juro que fui abducido por extraterrestres!”) serían acusados de subjetivos, es decir de meras ocurrencias, fantasías u alucinaciones. Los conocimientos que podemos demostrar a los demás son considerados “objetivos”. Quien quiera vivir en la verdad, debiese cotidianamente examinar lo que piensa, comparar y discutir con otros lo que cree saber, acostumbrarse a utilizar argumentos (¡y no el puño o los gritos!) para defender o rechazar puntos de vista. Esta facultad de sopesar y buscar argumentos es lo que suele denominarse razón.
Algo fundamental de la verdad es que tiene una relación con lo que es, con la realidad como tal. Desde este punto de vista conocer es enfrentar la realidad y pretender llegar a aprehenderla (captarla). Todas estas ideas que hoy sostenemos fueron forjadas en la antigua Grecia, allá en los comienzos de la Filosofía.
Palabras como razón, verdad, conocimiento, opinión y otras tantas, fueron examinadas en los comienzos de la filosofía. De hecho la palabra epistemología es un compuesto de dos palabras griegas, episteme (= ciencia) y – logos (= razón, estudio, investigación).
2. Había una vez… en la antigua Grecia…
En las antiguas ciudades - estado (las polis) hubo un espacio de libertad de pensamiento y discusión, aunque no fuera un espacio realmente “para todos” (estaba vedado para los esclavos, los extranjeros y las mujeres). Esta libertad era una distancia respecto de las tradiciones, de los mitos y las enseñanzas heredadas, del peso de lo religioso y de las autoridades. Los primeros en apartarse de su pasado, para contemplar con “nuevos ojos” el mundo que les rodeaba fueron los llamados filósofos presocráticos. Su interés se orientó hacia la naturaleza, para encontrar la explicación de los fenómenos que se observaban, los cambios y movimientos, la composición de las cosas, las fuerzas o principios que las animaban o les hacían ser lo que eran. Por ello fueron también los primeros científicos, los primeros en buscar respuestas en la tierra y en el cielo, sin la ayuda de los dioses, los sacerdotes y sus mitos.
Con el paso del tiempo las plazas y mercados se convirtieron en un club permanente de debate, donde los ciudadanos gozaban de cierta igualdad para participar y criticar los temas de la agenda pública. Los atenienses se sentían orgullosos de esta forma de vida, y estaban seguros que sólo en público podrían desarrollar sus capacidades y autorrealizarse. Fue ejerciendo ese estilo de vida, donde poco a poco los dioses fueron dejando de ser el centro de las preocupaciones de los mortales, y se colocó, casi por primera vez en la historia de occidente, al ser humano y su inteligencia como punto máximo de referencia.
3. El orden era una idea detrás de las cambiantes cosas.
Los griegos fueron los creadores de las primeras grandes “teorías”. Esta palabra quiere decir, literalmente, “ver lo divino”. En general, los filósofos griegos consideraban que, bajo una forma u otra, el universo que les rodeaba era algo “casi divino”. Por eso le llamaban “cosmos”: un orden armonioso, justo, bello y bueno. En él, cada parte estaba diseñada maravillosamente para cumplir una función o una finalidad que le era propia. El diseño cósmico en su conjunto era considerado superior a cualquier cosa creada por el hombre. Ese orden no había sido creado ni inventado, más bien era descubierto mediante el uso de nuestra propia inteligencia, no por la fe o la imaginación. Por ello era un orden “lógico”.
Desde luego, la más simple observación del mundo que nos rodea, nos ratifica que todo, absolutamente todo, cambia y se modifica. ¿Cómo encontrar ese orden, si todas las cosas están en permanente movimiento? Para el pensamiento griego lo único real y verdadero era aquello que no cambiaba, lo que era estable y permanente. Y a eso le llamaron “Ideas”. Son Ideas con “I” mayúscula, porque eran las formas, estructuras o modelos que se podían percibir a pesar de todas las transformaciones de la materia, de los cuerpos, de los objetos, los paisajes o las personas. Por ejemplo: piensen en el ADN de una vaca. Las vacas nacen y mueren pero su ADN es información que se transmite de vaca en vaca. Para un griego el ADN vacuno sería una Idea. Piensen ahora en los perros y sus razas: Chihuahuas, Beagle, Cocker Spaniel, Dálmata, Golden Retriever, etc. ¡No pueden ser más distintos! Sin embargo, todos tienen una forma en común, por ello les podemos llamar “perros”.
Fue el pensamiento de los antiguos griegos el que consideró las abstracciones o conceptos las herramientas fundamentales para conocer los secretos de la realidad. Esa búsqueda de los conceptos no quedó plasmada, como ahora, en escritos. Era una búsqueda conversada o dialogada. En este punto, la figura de Sócrates se vuelve fundamental.
4. Sócrates, el primer busca – conceptos y mártir de la filosofía.
Ya lo sabemos, lo mataron. También es bien sabido que no dejó nada escrito, y que sólo sabemos de él por los diálogos que nos transmitió su discípulo más famoso: Platón. Se le acusó de no creer en los dioses e introducir nuevas divinidades. Hasta se le acusó de corromper a los jóvenes. Sócrates fue llevado a juicio y condenado por un tribunal compuesto por ciudadanos igual que él. En su defensa, argumentó que su única preocupación es el bien de su ciudad, y la virtud de sus ciudadanos. Sostenía que sólo podemos conocer el verdadero sentido del bien o la virtud por medio del uso diario de nuestra razón. De esta manera, y aunque no lo hace explícitamente, cuestiona el papel de la tradición y la autoridad, de los antiguos dioses, los mitos y la religión. Sócrates planteaba que una vida sin examen no merecía ser vivida. Además decía de su propio conocimiento “sólo sé que nada sé”. Así que perfeccionó un método que consistía en interrogar a quienes decían o pretendían saber la verdad sobre algo. Su actividad consistía en preguntar a los ciudadanos atenienses si sabían que eran la verdad, la belleza, la justicia. Una vez que le respondían, Sócrates volvía a atacar y les preguntaba una y otra vez para que aclararan su concepto y resolvieran contradicciones. Generalmente sus agudas preguntas mostraban que lo que sostenían los presuntos “sabios” eran sólo opiniones o pura ignorancia. Al preguntarles, además, les exigía definiciones más claras sobre las palabras que ellos decían conocer. Buscaba, de manera solapada, la esencia de las cosas expresada en su concepto.
Desde luego, Sócrates buscaba con esto enseñar a los jóvenes a pensar por sí mismos y hacerse más virtuosos como ciudadanos. Pero, como ocurre mucho en la historia humana, el orden establecido consideró estas actitudes como peligrosas. Y por no querer renunciar a ellas, Sócrates fue condenado a morir. Su herencia sería recogida por su más famoso discípulo: Platón.
5. Platón, o el que dividió en dos el mundo.
Platón propuso, en lo fundamental, que el orden verdadero no era algo visible o tangible en el mundo tal cual como se nos presenta a nuestros ojos. Lo que las cosas son “verdaderamente”, lo que las hace ser lo que son, es algo que capta mejor “el ojo de la mente”. Por ejemplo: me puede parecer que una rueda, un plato de comida, un disco compacto son cosas diferentes entre sí, pero indudablemente comparten una forma circular común. La belleza de un cuadro, la de una modelo de pasarelas y la de un paisaje campestre son muy distintas, pero hay algo que tienen en común que permite juzgarlas como más o menos bellas. Eso que tienen en común, que las une como cosas bellas y que referimos a un concepto determinado, es lo que Platón llamó Ideas.
Así, dividió el mundo en dos. Abajo, el mundo que conocemos a través de los sentidos y que nos muestra una infinita pluralidad de cosas; todas diversas, cambiantes, inestables y ambiguas, etc. ante las cuales sólo podemos opinar sin tener idea de su verdadera realidad. Arriba, esa verdadera realidad, que está en el mundo o reino de las Ideas, donde estarían esos modelos o arquetipos eternos a los que accedemos usando nuestra razón. El mundo del más acá, el de los sentidos, se transformó en una sombra o copia de ese verdadero mundo, el de las Ideas. La condición humana era entonces, la de estar atrapada en “la caverna” de los sentidos, prisionera de las apariencias, de los engaños, de lo cambiante. El filósofo lograba liberarse poco a poco hasta salir de esa catacumba de ignorancia y encontrarse cara a cara con las Ideas, de las cuales la más luminosa era la Idea de Bien. Este iluminado intentaba volver y liberar a los otros prisioneros, pero encontrando sólo desconfianza e incredulidad. Esta metáfora convertida en mito expresó la intención de Platón de que el pensamiento y el conocimiento fuese una liberación para los sujetos.
Platón es el primer idealista. El idealismo como postura filosófica confía más en las abstracciones teóricas que en la misma experiencia. Toma la idea de los presocráticos de que existe un orden tras los cambios en la naturaleza, y propone que ese orden es algo universal tras las particularidades. Tras el cambio, hay un ser que permanece; tras las apariencias, hay una esencia. Este ir “más allá” de la realidad concreta hace de Platón el primer metafísico (“más allá de lo físico”). La metafísica, entendida como Platón lo hacía, quiere convencernos que la realidad que vivimos depende, o tiene su fundamento, en otra realidad, en un mundo más allá que le da el sentido verdadero a las cosas. Desde la perspectiva de las Ideas, el mundo no cambia realmente, tiene una forma eterna. Descubrir esa forma es descubrir la verdad, que es una sola, y no cambia. Todas las preguntas tienen una sola respuesta, aunque no la sepamos.
El método para llegar al verdadero conocimiento podía consistir en razonar y examinar cada asunto, contraponer puntos de vista y criticarlos en la búsqueda de la Idea que tienen de común y universal. Eso era, más o menos, lo que se llamaba dialéctica. Pero a veces Platón sostenía que lo verdadero era una intuición, iluminación o revelación del pensamiento, similar a la que tenemos cuando, luego de horas de intentarlo, descubrimos cómo resolver un ejercicio matemático. Llamó a esta forma de conocer un “recuerdo” que despertaba en nuestra alma dormida. “Recuerdo” porque el alma, inmortal y distinta de nuestro cuerpo, en algún momento conoció el reino de las Ideas, las que son sus amigas. Tras nacer, esa experiencia se olvida y sólo reaparece cuando nos topamos con esas verdades que nos remontan, de nuevo, a las Ideas.
Contra éste mundo dividido, contra esa desconfianza de la realidad de los sentidos se lanzará el filósofo que veremos a continuación: Aristóteles.
6. Aristóteles, el científico que trajo de vuelta las ideas a la realidad.
Generalmente se ha descrito a Aristóteles como “realista”, mientras que a Platón como “idealista”. Efectivamente, Aristóteles era un gran observador y curioso de la naturaleza. A partir de esa experiencia, recolectó y clasificó gran cantidad de conocimiento ordenándolo en un sistema teórico, el más grande de su época. Éste abarcaba desde la medicina, la zoología, la psicología, la meteorología, la cosmología y la lógica culminando en la teología, en 400 escritos de los cuales quedaron sólo 80 conservados. Fue crítico de Platón en cuanto consideraba que su teoría de las ideas duplicaba los problemas. Para explicar los entes reales recurría a supuestos entes “ideales”. Los perros concretos se explicaban por la existencia de la Idea de perro que encarnaba la unidad y la esencia común de esos canes particulares. Aristóteles sostuvo que esas ideas eran derivadas y secundarias respecto de lo que realmente existía: los individuos concretos. Así la salud existe porque existen individuos sanos, el color naranjo existe porque existen cosas anaranjadas. Aristóteles afirmó que la realidad por excelencia, la verdadera realidad, son los individuos. A esa “verdadera realidad” le llamó sustancia, porque “sostiene” los atributos que serán expresados mediante conceptos generales. Así hay seres humanos concretos (Manuel, Paola, Sergio, Gabriela, etc.) y sólo a partir de ellos abstraemos conceptos más generales que están presentes en esas individualidades. Esas abstracciones podrían ser las especies (por ejemplo: “hombres”, “mujeres”, “seres humanos”, etc.) o los géneros (por ejemplo; “seres vivos”).
Los conceptos o ideas no eran para este filósofo cosas separadas e independientes de lo concreto y particular. Estaban en las cosas mismas, eran ingredientes de ellas que nos permitían conocerlas. Estas nociones generales eran identificadas, analizadas y clasificadas por el entendimiento, pero todo conocimiento partía de la experiencia, es decir, de lo que nos aportaban los sentidos y la sensación. Mediante un proceso de abstracción, nuestro entendimiento reconocía la unidad, la esencia, lo general y las relaciones que vinculan los fenómenos del mundo. Esa labor de nuestra razón se dedicaba a separar lo que era esencial, de aquellas propiedades de los objetos que eran accidentales. Esa “esencia” (o ousía) que estaba en cada cosa, objeto, ser o ente particular es lo que lo hacía ser lo que es. Era su identidad, su diferencia, su especificidad. Esa esencia le asignaba un lugar en el mundo, unas características, una finalidad, una independencia y una singularidad respecto de todo lo otro. Una silla podía ser vieja o nueva, fea o armoniosa, cómoda o incómoda, pero no sería propiamente una mesa o un clóset. Su esencia es su “silleidad”, es decir, lo que hace que las sillas sean sillas y no jirafas o tazas de té. Para Aristóteles la cosa era más o menos así: vemos el mundo con todas las particularidades diferentes que hay en él. Nuestra inteligencia se activa para encontrar en ellos lo común, las semejanzas, lo idéntico, lo que las relaciona. Eso es ordenado por distintas categorías, como la de sustancia (por ejemplo: “Manzanas”), cantidad (“tres”, “varias”, etc.) cualidad (“rojas”, “ácidas”, “pequeñas”, “venenosas”), lugar (“colgando del árbol”, “dentro de la frutera”), etc. Partiendo de la experiencia, entonces, alcanzamos lo conceptual.
Aristóteles ha bajado las Ideas de su cielo platónico al suelo de lo concreto. ¿Pero ha eliminado la distinción entre apariencias sensibles e ideas?
Si bien no creyó, como su maestro, en la existencia de un “mundo ideal”, Aristóteles colocó las ideas en el corazón de la misma realidad. En vez de hablar de “apariencia” e “Idea” habló de una realidad compuesta por “materia” (hyle) y “forma” (morphe). La esencia que está en la sustancia es ésta composición de materia más la forma. Por ejemplo: el barro es la “materia” de la “forma” ladrillo, el ladrillo es la “materia” de la “forma” casa. El ladrillo es la forma que adopta la materia que es el barro, y a su vez es el ladrillo es la materia con que se rellena la forma de la casa (según el diseño de un arquitecto, por ejemplo). Cada vez que veo una estatua, por ejemplo, estoy presenciando su materia (el mármol o el bronce de que está hecha) pero a la vez su forma (la figura de un hombre sosteniendo un arco). Comienza ese proceso de análisis con las informaciones de los sentidos que captan los colores, las texturas, los aromas, la temperatura, etc. Mi imaginación conserva la imagen de esas propiedades y formas. Al no tener a la estatua frente a mí, mi memoria logra guardar un recuerdo más vago y general de ella, que capta las diferencias más significativas. Finalmente mi entendimiento abstrae de ese contenido las características más generales y las ubica en conceptos. Eso que hemos captado y ordenado por medio de abstracciones es lo que corresponde a la forma de la estatua. Eso le da su ser y la diferencia de otras. Dicho de otra forma, por este proceso de abstracción hemos podido conocer su esencia. El conocimiento verdadero que podemos aspirar es, entonces, el que corresponde con los conceptos que reúnen, clasifican y organizan lo común de los individuos. Es decir la ciencia es una ciencia de lo general, de los conceptos y las esencias de las cosas.
En todas las entidades existentes en el mundo la materia y la forma están mezcladas. La única excepción es lo divino que es pura forma (la versión aristotélica de la divinidad). Ese Dios es causa de que la materia en general pueda tener una forma. Esa causa primera no se mueve ni cambia, pues es suma perfección. Si al investigar a Dios los conceptos de perfección, inmutabilidad o reposo son los más importantes, en el caso de la naturaleza, serán los de cambio y movimiento. La mayoría de los que existimos no somos una nada absoluta, pues algo somos, pero tampoco somos una existencia plena, pues sino estaríamos en perfecto reposo. Por ejemplo: un recién nacido no es un ser humano en su plenitud, pues su cuerpo está aún en desarrollo, no puede moverse libremente, no habla ni puede expresar sus pensamientos por sí mismo, no puede relacionarse conscientemente ni actuar voluntariamente ante los otros, tampoco puede usar toda la potencia de su razón. Sin embargo ya es un ser humano pues posee una humanidad en potencia, que con su desarrollo poco a poco se va actualizando. Como no es un hombre – dios nunca será un hombre pleno en todos los aspectos de su vida. Pero muchas de sus posibilidades se realizarán efectivamente. A las posibilidades de ser que están en nosotros las llamo Aristóteles, potencias. A la realización de esas posibilidades, la denomino actos. El huevo es en potencia una gallina, la gallina es la realización de esa posibilidad. A su vez, la gallina es en potencia una ponedora, o, una cazuela. Si comió cazuela de ave al almuerzo, sabrá usted cual de esas posibilidades se convirtió en acto.
Aristóteles pensó a la ciencia como un saber que nos muestra las causas tras un fenómeno. En la ciencia aristotélica la misión no es controlar o dominar la naturaleza sino observarla y contemplarla para entenderla. Mientras más universal y general sea la causa que hallemos, más científico es nuestro saber. Las causas se identifican preguntando ¿Por qué?. son las respuestas pertinentes a esas preguntas. Las causas son los factores que influyen en el modo de ser de las cosas (tomen en cuenta que de la palabra causa salió la palabra cosa). Aristóteles indicó cuatro causas distintas. La causa material, o la que investiga acerca de la materia con que está hecho o compuesto algo. La causa eficiente que investiga el agente que produjo una cosa determinada, o cómo obtuvo ésta su forma. La causa formal que pregunta cuál es la forma o característica esencial de algo. Finalmente la causa final, inquiere sobre el propósito o finalidad con que está hecho el diseño de algo. Así la Esmeralda era pequeña y liviana porque estaba hecha de madera (causa material), tal como la hicieron los maestros astilleros (causa eficiente) con un determinado diseño para navegar y batallar (causa formal) y para cumplir un objetivo: ganar una batalla contra naves enemigas (causa final).
La idea de que todo lo que existe tiene un propósito o una finalidad que cumplir se conoce como teleología. Todos los seres vivos según esta idea evolucionan hasta alcanzar cierto desarrollo o estado de madurez. Así mismo, en la naturaleza todo está diseñado con una función, cada ser coopera para mantener el todo. Dios es ese motor que pone en movimiento la naturaleza, no creándola ni controlando sus cambios, sino como la máxima perfección a la que todo tiende, tal como el novio es movido por el atractivo de la mujer que él ama. Así Dios es la causa final, el propósito de todo lo que existe en cuanto naturalmente quiere alcanzar la perfección. Sin embargo este Dios, en su perfección máxima, no se preocupa por las desventuras o sufrimientos humanos, se mantiene siempre “fuera de este mundo” como pensamiento puro, impersonal y trascendente.
[1] Para eso se requeriría, como dice el filósofo francés André Comte – Sponville, una inteligencia infinita o una ciencia absoluta. Dios cumple ese papel, él es esa mente máxima. Pero aunque creamos en su existencia, y confiemos ciegamente en él, no es imposible entender su inteligencia suprema.
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