Texto Nº 1.1.
Nuestro sistema nervioso comparado con el de otras especies
Francisco Varela: “En primer lugar, quisiera señalar que en la historia de la vida hay algo muy interesante que sucede cuando los seres conscientes adquieren la capacidad de moverse: el sistema nervioso está ligado fundamentalmente a la capacidad de movimiento. Consideremos por ejemplo, un animal diminuto, la ameba. Algunas de ellas viven en nuestros intestinos y pueden moverse.
Estiran sus protuberancias, semejantes a unos dedos. En la figura 2 la ameba está a punto de engullir una célula más pequeña. Ahí tenemos movimiento. (...) Déjenme darles otro ejemplo. Los unicelulares con una cola movediza, o flagelum, son muy diminutos. Se requiere un microscopio para verlos. Lo interesante del caso es que cuando esta criatura toca otra superficie, el flagelum se arquea y, al hacer esto, la célula es capaz de cambiar de dirección y alejarse del obstáculo. (...) En estos dos casos de unicelulares asistimos a dos fenómenos fundamentales de la vida y que están relacionados con la existencia del movimiento: cada vez que hay comportamiento y movimiento, hay un componente motor y un componente sensorial, y esto es, ni más ni menos, la historia del sistema nervioso.
Dalai Lama: Tomemos por ejemplo una planta con su sistema de raíces. Cuando hay un fertilizante en el suelo, ¿no es acaso verdad que las raíces de la planta en cuestión se van a desarrollar en esa dirección? ¿Puede considerarse esto como un movimiento? ¿Es esto el mismo tipo de movimiento o no?
Varela: Sí, es el mismo tipo de movimiento. La estrategia de vida de las plantas es permanecer en el mismo lugar. Mueven sus raíces un poco, pero eso es todo. En consecuencia no tienen sistema nervioso.(...)Pero cuando nos referimos a animales, este comportamiento primitivo puede volverse más interesante. Es ahí cuando el sistema nervioso realmente comienza a aparecer.
(...) De modo que tenemos un componente sensorial y un componente motor. Es interesante que los biólogos descubrieron que estos animales (la hidra) tienen, por primera vez en la historia de la evolución, algo que crece entre los músculos y las células sensoriales. Lo que crece entre estos dos elementos son células muy largas llamadas células nerviosas, o neuronas, término que va a ser muy importante en toda discusión sobre el cerebro. La hidra contiene la historia básica del sistema nervioso: células sensoriales, células motoras y una red de células que crecen entre ambas. Esta red de neuronas permite cosas antes imposibles. Los tentáculos son sensitivos y la base responde con el movimiento, lo que hace que la hidra sea capaz, por ejemplo, de seguir una presa. Cuando uno observa este comportamiento se pregunta ¿cómo es posible?. La explicación que los biólogos dan es que es posible porque las cosas que sienten y las que mueven están en contacto.
Dalai lama: ¿Cuál es pues el papel crucial de las neuronas, puesto que aparentemente la planta y la ameba pueden hacer lo mismo sin neuronas?, ¿cuál es el factor distintivo?. En ambos casos, hay un elemento sensorial, ¿cuál es pues la diferencia entre un mensaje sensorial proveniente de una neurona y uno que se produce sin ese intermediario?
Varela: La diferencia es que, sin neuronas, no hay manera de que una célula sensorial en un extremo de la planta pueda saber lo que otra célula de ese tipo detecta en el otro extremo de la planta. Este es el meollo de la cuestión: las neuronas pueden desempeñar este papel porque son muy largas. Si uno tiene músculos, o factores, y sensores, y éstos no saben cómo juntarse o actuar conjuntamente, entonces son muy pocas las cosas que pueden suceder. Es por eso que las plantas no se mueven, simplemente permanecen ahí.
(...) Nuestra pequeña hidra tiene más células sensoriales y motoras que neuronas. En los seres humanos, sin embargo, por cada neurona sensorial hay aproxima-damente cien mil interneuronas, esto es, neuronas situadas a lo largo del camino entre una extremidad sensorial y una extremidad motora”.
(Un puente para dos miradas. Conversaciones con el Dalai Lama sobre las Ciencias de la Mente, editado por Francisco Varela y Jeremy Hayward. Dolmen, Santiago, 1997).
ENTREVISTA DE ERIC GOLES A FRANCISCO VARELA
miércoles, 11 de abril de 2012
CSV - TERCEROS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - UNIDAD 1: PROCESOS PSICOLÓGICOS - SUBUNIDAD 1: VISIÓN INTEGRADA - TEMA: EL CEREBRO COMO BIBLIOTECA
TEXTO 2: LA PERSISTENCIA DE LA MEMORIA (EL CEREBRO COMO BIBLIOTECA)
LIBRO: COSMOS
AUTOR: CARL SAGAN.
El proceso necesario para comerse una manzana es inmensamente complicado. De hecho, si tuviese que sintetizar todas mis enzimas, si tuviera que recordar y dirigir conscientemente todos los pasos necesarios para sacar energía de la comida, probablemente moriría de hambre. Pero incluso las bacterias hacen una glucólisis anaeróbica, gracias a la cual las manzanas se pudren: hora del almuerzo para los microbios. Ellos, nosotros y todos los seres intermedios poseemos muchas instrucciones genéticas similares. Nuestras bibliotecas genéticas separadas tienen muchas cosas en común, lo cual es otro recordatorio de nuestra común herencia evolutiva. Nuestra tecnología sólo puede duplicar una diminuta fracción de la intrincada bioquímica que nuestros cuerpos llevan a cabo sin esfuerzo: apenas hemos empezado a estudiar estos procesos. Sin embargo, la evolución ha dispuesto de miles de millones de años de práctica. El ADN lo sabe.
Pero supongamos que lo que tuviésemos que hacer fuese tan complicado que fueran insuficientes incluso varios miles de millones de bits de información. Supongamos que el medio ambiente estuviese cambiando tan rápidamente que la enciclopedia genética precodificada que sirvió perfectamente hasta entonces ya no fuera del todo adecuada. En este caso no sería suficiente ni una biblioteca genética de 1 000 volúmenes. Es por esto que tenemos cerebros.
Como todos nuestros órganos el cerebro ha evolucionado, ha aumentado su complejidad y su contenido informativo a lo largo de millones de años. Su estructura refleja todas las fases por las que ha pasado. El cerebro evolucionó de dentro a fuera. En lo hondo está la parte más antigua, el tallo encefálico, que dirige las funciones biológicas básicas, incluyendo los ritmos de la vida, los latidos del corazón y la respiración. Según un concepto provocativo de Paul MacLean, las funciones superiores del cerebro evolucionaron en tres fases sucesivas. Coronando el tallo encefálico está el complejo R, la sede de la agresión, del ritual, de la territorialidad y de la jerarquía social, que evolucionó hace centenares de millones de años en nuestros antepasados reptilianos. En lo profundo de nuestro cráneo hay algo parecido al cerebro de un cocodrilo. Rodeando el complejo R está el sistema límbico del cerebro de los mamíferos, que evolucionó hace decenas de millones de años en antepasados que eran mamíferos pero que todavía no eran primates. Es una fuente importante de nuestros estados de ánimo y emociones, de nuestra preocupación y cuidado por los jóvenes. Y finalmente en el exterior, viviendo en una tregua incómoda con los cerebros más primitivos situados debajo, está la corteza cerebral, que evolucionó hace millones de años en nuestros antepasados primates. La corteza cerebral, donde la materia es transformada en consciencia, es el punto de embarque de todos los viajes cósmicos. Comprende más de las dos terceras partes y es el reino de la intuición y del análisis crítico. Es aquí donde tenemos ideas e inspiraciones, donde leemos y escribimos, donde hacemos matemáticas y componemos música. La corteza regula nuestras vidas conscientes. Es lo que distingue a nuestra especie, la sede de nuestra humanidad. La civilización es un producto de la corteza cerebral.
El lenguaje del cerebro no es el lenguaje del ADN de los genes. Lo que sabemos está ahora codificado en células llamadas neuronas: elementos de conexión electroquímica, microscópicos, en general de unas centésimas de milímetro de diámetro. Cada uno de nosotros tiene quizás un centenar de miles de millones de neuronas, cifra comparable al número de estrellas en la galaxia Vía Láctea. Muchas neuronas tienen miles de conexiones con sus vecinas. Hay aproximadamente cien billones, 1014, de estas conexiones en la corteza del cerebro humano.
Charles Sherrington imaginó las actividades de la corteza cerebral al despertar: [La corteza] se convierte ahora en un campo chispeante de puntos de luz destelleando rítmicamente con trenes de chispas que se desplazan afanosamente por todas partes. El cerebro se está despertando y con él retorna la mente. Es como si la Vía Láctea iniciase alguna danza cósmica. [La corteza] se transforma rápidamente en un telar encantado donde millones de lanzaderas veloces tejen una forma en disolución, siempre una forma con sentido, pero nunca permanente, una armonía de subformas desplazándose. Ahora, a medida que el cuerpo se despierta, subformas de esta gran armonía de actividad descienden hacia las rutas no iluminadas del [cerebro inferior].
Rosarios de chispas destelleantes y en movimiento conectan sus enlaces. Esto significa que el cuerpo se ha levantado y se está enfrentando con su día de vigilia. Incluso en el sueño el cerebro está pulsando, palpitando y destelleando con el complejo negocio de la vida humana: soñar, recordar, imaginar cosas. Nuestros pensamientos, visiones y fantasías poseen una realidad fisica. Si nos encogiéramos al nivel de las neuronas, podríamos presenciar formas elaboradas, intrincadas y evanescentes. Una podría ser la chispa de un recuerdo o el olor de lilas en un camino campestre de nuestra infancia. Otra podría ser un ansioso boletín enviado a todos los puntos: ¿Dónde he dejado mis llaves?
Hay muchos valles en las montañas de la mente, circunvoluciones que aumentan mucho la superficie disponible en la corteza cerebral para almacenar información en un cráneo de tamaño limitado. La neuroquímica del cerebro es asombrosamente activa, son los circuitos de una máquina más maravillosa que todo lo que han inventado los hombres. Pero no hay pruebas de que su funcionamiento se deba a algo más que a las 1014 conexiones neurales que construyen una arquitectura elegante de la consciencia. El mundo del pensamiento está dividido más o menos en dos hemisferios. El hemisferio derecho de la corteza cerebral se ocupa principalmente del reconocimiento de formas, la intuición, la sensibilidad, las intuiciones creadoras. El hemisferio izquierdo preside el pensamiento racional, analítico y crítico. Estas son las fuerzas duales, las oposiciones esenciales que caracterizan el pensamiento humano. Proporcionan conjuntamente los medios, tanto para generar ideas como para comprobar su validez. Existe un diálogo continuo entre los dos hemisferios canalizado a través de un haz inmenso de nervios, el cuerpo calloso, el puente entre la creatividad y el análisis, dos elementos necesarios para comprender el mundo.
El contenido de información del cerebro humano expresado en bits es probablemente comparable al número total de conexiones entre las neuronas: unos cien billones (1014) de bits. Si por ejemplo escribiéramos en inglés esta información llenaría unos veinte millones de volúmenes, como en las mayores bibliotecas del mundo. En el interior de la cabeza de cada uno de nosotros hay el equivalente a veinte millones de libros. El cerebro es un lugar muy grande en un espacio muy pequeño. La mayoría de los libros del cerebro están en la corteza cerebral. En el sótano están las funciones de las que dependían principalmente nuestros antepasados remotos: agresión, crianza de los hijos, miedo, sexo, la voluntad de seguir ciegamente a los líderes. Algunas de las funciones cerebrales superiores lectura, escritura, lenguaje parecen localizadas en lugares concretos de la corteza cerebral. En cambio las memorias están almacenadas de modo redundante en muchos puntos. Si existiera la telepatía, una de sus maravillas sería la oportunidad de leer los libros de las cortezas cerebrales de nuestros seres queridos. Pero no hay pruebas seguras de la telepatía, y la comunicación de este tipo de información continúa siendo tarea de artistas y escritores. El cerebro hace mucho más que recordar. Compara, sintetiza, analiza, genera abstracciones. Tenemos que inventar muchas más cosas de las que nuestros genes pueden conocer. Por esto la biblioteca del cerebro es unas diez mil veces mayor que la biblioteca de los genes. Nuestra pasión por aprender, evidente en el comportamiento de cualquier bebé, es la herramienta de nuestra supervivencia. Las emociones y las formas ritualizadas de comportamiento están incrustadas profundamente en nosotros. Forman parte de nuestra humanidad. Pero no son característicamente humanas. Muchos otros animales tienen sentimientos. Lo que distingue a nuestra especie es el pensamiento. La corteza cerebral es una liberación. Ya no necesitamos estar encerrados en las formas de comportamiento heredadas genéticamente de las lagartijas y los babuinos. Cada uno de nosotros es responsable en gran medida de lo que se introduce en nuestro cerebro, de lo que acabamos valorando y sabiendo cuando somos adultos. Sin estar ya a merced del cerebro reptiliano, podemos cambiamos a nosotros mismos.
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TEXTO 1: DEL COSMOS A LA VIDA.
INTRODUCCIÓN A LA UNIDAD I.
INTRODUCCIÓN A LA UNIDAD I.
Las tres preguntas más originarias que planteamos los seres humanos son ¿Quién soy yo? ¿De donde vengo? ¿Qué es lo que me espera?. La segunda pregunta fue tradicionalmente respondida por los mitos o por las creencias religiosas, obviamente no exentas de polémicas o de debates. Es que es difícil para el ser humano aceptar cualquier respuesta en esas cuestiones; ya sea si nos dicen que el mundo siempre ha existido, si fue un huevo puesto por una gran ave ancestral o si fue la obra de 7 días de un señor bondadoso de barba blanca y túnica. Hoy contamos con una nueva alternativa de respuesta, tan criticable como las otras: La voz de la ciencia.
Sin embargo, aquí existe un problema. Los seres humanos somos una unidad, una sola cosa. Claro, una cosa compleja, pero un ser que es un todo al fin y al cabo, como un panqueque es un panqueque y no un simple “poner juntos” la harina, los huevos, el manjar y la azúcar flor. Pero la ciencia parece afanada en estudiar lo humano por separado: por allá sus átomos, por acá sus células, por al medio sus moléculas, su mente y sus procesos como algo distinto del funcionamiento de los órganos de su cuerpo. Mientras esto sea así, la pregunta ¿quiénes somos? seguirá sin responderse y seguirán existiendo enormes lagunas en la enciclopedias humanas. Presentaremos una visión que sin esperar a la verdad total, pretende dar una imagen más amplia, menos fragmentada. Es una alternativa para no tragarnos lo primero que nos ofrezcan como respuesta tranquilizadora.
El ser humano es un universo. Un microcosmos que lleva dentro el macrocosmos, es un espejo de la naturaleza pero algo más que eso. Si lo analizamos en lo más pequeño, las partículas mínimas que nos componen datan casi del origen de nuestro universo (15.000 millones de años atrás) en sus primeros segundos de vida. Cuando nace el cosmos nace la semilla del ser humano. Las fuerzas de la gravedad, la energía termoeléctrica, grandes bolsones de hidrógeno acumulado fueron dando forma a las estrellas y al mismo tiempo los átomos de carbono que son los ladrillos mínimos de la vida. De las condensaciones de materia sin forma se fue configurando poco a poco nuestro hogar galáctico: la vía láctea, y dentro de ella, las estrellas aglomeraban diversos cuerpos a su alrededor. Una estrella pequeña y relativamente joven, ubicada en un lugar alejado del centro de la Vía Láctea, es la fuente de la vida de nuestro hogar.
La tierra tiene unos 5.000 millones de años. Durante el periodo de formación era un caldero hirviente de radiaciones UV, explosiones volcánicas y descargas de eléctricas. A “fuego alto” se cocinaban cuatro tipos de gases principales: el amonio, el helio, hidrogeno y el metano. En este ambiente se formaron las moléculas orgánicas sobre la base de carbono, hidrógeno, nitrógeno y oxígeno. Ellas son la base de la vida, y ellas son las grasas, los ácidos nucleicos, proteínas, y los azúcares. La versatilidad de estas moléculas permiten adoptar muchas formas y tamaños. Una de esas combinaciones tiene a) la capacidad de reproducir sus propios componentes y b) de fijar límites respecto a un entorno mediante una membrana, su nombre es célula. Hace 3400 millones de años sobre la tierra aparecieron las primeras células, hacia los 2000 millones de años aparecen las primeras algas y bacterias.
Los eventos sucesivos son conocidos. Una cadena de seres vivos que van perfeccionando su adaptación al medio: peces, anfibios, reptiles, grandes dinosaurios, aves, mamíferos, etc. En el periodo del Cuaternario, unos 2,5 millones de años a 1,6 millones de años aparece el ser humano en una evolución o proceso de hominización que va del habilis al erectus pasando por el neandertal hasta el homo sapiens – sapiens. Ese proceso de hominización involucra: a) bipedización: posición erecta y en dos pies b) cerebralización: aumento de la capacidad craneal c) manualización: posibilidad de manipulación de objetos con las manos d) juvenilización: desarrollo incompleto y flexible en las crías humanas, cuerpo en constante desarrollo y crecimiento hasta edad tardía e) complejidad social: modos de organización social y relaciones afectivas duraderas y estables. Estos elementos son la base de la cultura. El cerebro humano se fue modificando apareciendo nuevas estructuras sobre el viejo paleocortex encargado de los instintos y la agresividad. Una de ellas es el mesocortex, encargado de la afectividad y las emociones. La etapa más tardía es el neocortex, encargado del razonamiento lógico y el lenguaje.
Podemos comprender al ser vivo humano como compuesto de 3 dimensiones básicas: cuerpo, emociones y lenguaje. Al ser materia orgánica, dicho cuerpo está conectado con la evolución del cosmos y de la vida, es un sistema unitario desde las partículas, pasando por las macromoléculas, las células, los tejidos y todo el organismo. La emociones son una expresión de un ser vivo, sin embargo la afectividad fue vital para fortalecer los lazos familiares y sociales, indispensables para crear la sociedad y la cultura. El lenguaje permite la comunicación, la coordinación social, pero no es posible que este ser de lenguaje se desarrolle fuera de una sociedad, de una pluralidad de hombres y mujeres relacionados entre sí. Así, si bien somos individuos no podemos vivir, ni pensar, fuera de una sociedad.
PSICOLOGÍA -
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CSV - CUARTOS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - LOS ORIGENES DE LA FILOSOFÍA
TEXTO 5: LOS ORÍGENES DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO.
AUTOR: Rafael Echeverría
LIBRO: Por la senda del pensar ontológico.
La filosofía como pensamiento genérico
La filosofía, a un nivel muy básico, nos es algo natural. Todo ser humano reflexiona sobre sus experiencias, sobre su práctica, sobre lo que le sucede en la vida. Pero puede hacerlo de dos maneras diferentes.
En una primera manera, puede reflexionar, por ejemplo, sobre el amor que siente por una determinada persona o por el amor que en pasado sintió por otra. Puede reflexionar también sobre el amor que percibe en una tercera persona. Todos estos ejemplos poseen un rasgo en común. Se trata de reflexiones sobre situaciones particulares concretas. Pero a partir de ellas, puede entrar también en una modalidad de pensar diferente y reflexionar sobre lo que es el amor en general.
Esta vez se despega del nivel particular concreto, se separa de las experiencias específicas anteriores y, aunque ellas estarán posiblemente en el trasfondo de su reflexión, hace un salto y se concentra en el amor como fenómeno general. En ese momento, aunque en forma embrionaria, se ha situado en el umbral del quehacer filosófico.
Cuando en ese primer nivel hablo, por ejemplo, del amor, veo aparecer mi amor por Cristina, por Ana, por Rosa, por Cecilia, etc. Cada uno de estos amores está definido por sus propias particularidades. Sin embargo, cuando paso al segundo nivel de reflexión, todas estas particularidades parecieran replegarse, todas ellas parecieran ahora converger al interior de un mismo y sólo fenómeno: el amor. De la multiplicidad de esas experiencias he transitado ahora al amor concebido como unidad.
Este es el rasgo fundamental del pensar filosófico. El pensamiento filosófico es un tipo de pensamiento que acomete esa operación reductiva, a través de la cual podemos ahora pensar la diversidad, la multiplicidad, como unidad. A través de la filosofía evitamos quedar atrapados en la particularidad de las experiencias concretas. Situados en ese camino es frecuente que primero pensemos esas experiencias como generalidad. Sin embargo, la generalidad no nos garantiza todavía el acceso a la unidad. Se trata tan sólo de un primer paso hacia ella. Al nivel de lo general la unidad sólo se expresa parcialmente. Se manifiesta como aquellos rasgos que las instancias diversas poseen en común y, por lo tanto, todavía predomina en este nivel la diversidad. Para acceder a la unidad es necesario dar un salto y despegarnos de la diversidad. La unidad instituye un principio diferente de organización del fenómeno al que éste, en su diversidad, ahora pareciera subordinarse.
Recapitulando, sostenemos que lo central del pensamiento filosófico es el hecho de que se trata de un pensar «genérico». Cada vez que pensamos genéricamente estamos en la senda que nos conduce al quehacer filosófico. Y este camino se basa en una operación de recurrencia ordinaria, que hacemos prácticamente todos los días. Reiteramos lo que dijimos al inicio: la filosofía se basa en una operación ordinaria que todos los seres humanos realizamos frecuentemente. Todo ser humano, por lo tanto, participa del trasfondo del que nace el quehacer filosófico. Lo que se propone este libro es permitirnos desarrollar en mayor plenitud una capacidad que poseemos y practicamos.
Los orígenes de la filosofía.
Es habitual escuchar decir que la filosofía nació en la antigua Grecia. En un determinado momento, en las colonias griegas de Asia Menor, surgieron algunos hombres que se hicieron una pregunta que obligaba a efectuar ese tránsito de la multiplicidad a la unidad. Fue la pregunta por lo que ellos llamaron el arché, el principio conductor de todas las cosas. Se trataba de encontrar aquel elemento al que todas las cosas podían ser reducidas, aquel elemento que se encontraba en el origen de todas ellas, aquel elemento que también conducía su desarrollo.
A partir de esta pregunta nace la filosofía por cuanto con ella nace esta operación que inaugura el pensamiento genérico. El pensamiento mitológico anterior, era un pensamiento por naturaleza concreto, que remitía siempre a situaciones particulares. Los griegos logran elevarse por sobre el carácter particular y concreto del pensamiento mitológico y comienzan a hablar en términos genéricos de una manera que no tenía precedentes.
De la apertura del continente filosófico, como veremos más adelante, nacerá casi simultáneamente un hijo ilustre: el pensamiento científico. El pensamiento científico es hijo del pensamiento filosófico. Se trata de un tipo de pensamiento genérico que produce la propia filosofía y que terminará por someterse a ciertos criterios particulares que terminarán por diferenciarlo del resto del pensamiento filosófico. Ello conducirá a algunos a separar filosofía y ciencia. Desde nuestra perspectiva esa separación no es radical. La ciencia ocupa un espacio en el amplio ámbito del pensamiento genérico y, como tal, es una forma particular del quehacer filosófico, aunque sus diferencias y antagonismos con otras modalidades de hacer filosofía devengan muy marcadas.
La encrucijada ontológica
Una vez que hemos entendido que la operación filosófica se caracteriza por el tránsito de la multiplicidad a la unidad, nos enfrentamos a un problema. Éste se refiere a la dirección que debe seguir ese tránsito o, dicho en otras palabras, en definir dónde cabe encontrar la buscada unidad. Se trata, de alguna forma, de determinar el criterio último de realidad que sostiene la multiplicidad de las cosas. Este problema lo llamamos la “encrucijada ontológica”.
El camino que adoptemos define nuestra opción ontológica. No es posible hacer filosofía sin seleccionar, de manera implícita o explícita, una determinada opción ontológica. Sostenemos que hay sólo tres posturas ontológicas básicas, tres alternativas de dirección. Curiosamente, las tres opciones fueron exploradas por los antiguos filósofos griegos. Desde entonces, no hemos encontrado que existan otras. Esto es lo que le permite sostener a Nietzsche el carácter arquetípico del pensamiento filosófico griego. De alguna manera, ellos marcaron a grandes trazos el conjunto del territorio filosófico y todo el desarrollo posterior de la filosofía se realizará al interior de este territorio ya demarcado.
Estos tres caminos son el camino físico o de la naturaleza, el camino que se dirige a un espacio que está más allá (meta, en griego) del mundo físico o natural y que llamamos el camino de la metafísica y, por último, el camino que le asigna a los seres humanos el ser ellos los que confieren la unidad y que llamaremos el camino antropológico. Las tres posturas ontológicas básicas son, por lo tanto, la física, la metafísica y la antropológica.
Los primeros filósofos que siguen la opción ontológica física son los llamados filósofos presocráticos que buscaban dentro de la naturaleza el arché, o principio de todas las cosas. Ellos son los que dan nacimiento a la filosofía y, al hacerlo, colocan también la semilla de lo que será posteriormente el pensamiento científico. Lo característico de éste ultimo tipo de pensamiento, el científico, es la sujeción a la norma de que las explicaciones genéricas de los fenómenos naturales debe realizarse acudiendo sólo a los propios fenómenos naturales.
En la medida que las explicaciones acudan a algo que trascienda los fenómenos de la naturaleza, tal pensamiento pudiendo seguir siendo filosófico, deja de ser científico. Dentro de los filósofos presocráticos, se iniciará un particular desarrollo que, apoyándose en lo que planteara Parménides, conducirá, pasando por Sócrates, al desarrollo de una opción ontológica diferente: la opción metafísica. Ésta opción, sin embargo, sólo se consolida con Platón y Aristóteles. Con ellos dos se sostiene, con toda claridad, que la unidad de la multiplicidad de los fenómenos remite a un dominio que trasciende la naturaleza, dominio al que sólo el pensamiento filosófico nos puede conducir y donde nos encontramos con el ser de las cosas y sus esencias últimas.Ésta es la realidad última de todas las cosas. Ellas, en su apariencia diversa y cambiable, no son sino expresiones de este nivel de realidad trascendente. Esta es la postura básica de la ontología metafísica.
Uno de los rasgos destacados de la opción metafísica es el cuestionamiento del estatuto de realidad del mundo sensorial. Este, pasa a ser concebido como ilusión, sombra o mera apariencia. Con ello se inicia inevitablemente un proceso de creciente divorcio entre el sentido común y este tipo de pensamiento filosófico, el cual comienza a convertirse en un dominio restrictivo para iniciados en la práctica intelectual de la filosofía. A partir de ese momento, la vida cotidiana toma un camino y la filosofía toma otro.
Pero se desarrollará también en Grecia una tercera opción, la opción ontológica antropológica. Ella será defendida por un movimiento filosófico que se desarrolla en el siglo V a.C., conocido como el movimiento sofista. Los sofistas diferían tanto de los filósofos físicos como de los metafísicos que se desarrollan con cierta posterioridad. Su principal objetivo no era descubrir el arché, ni acceder al ser de las cosas, sino enseñarle a la juventud las virtudes que les permitirían llegar a ser buenos y efectivos ciudadanos, lo que los griegos caracterizaban con el nombre de areté. De alguna forma, ellos fueron los primeros maestros profesionales, al interior de la modalidad que hoy asumen los maestros; seres que practicaban libremente la enseñanza, para lo cual solían viajar de una ciudad a otra.
La opción antropológica será articulada con gran claridad por uno de los más destacados sofistas: Protágoras. Éste sostiene que «el hombre es la medida de todas las cosas». Es interesante tomar en cuenta que la discusión del arché, que desplegaran los filósofos naturales o físicos, se identificaba muchas veces con el afán de determinar la medida de las cosas. Esa connotación la vemos presente, por ejemplo, en Heráclito que, reivindicando el papel del logos, lo concebía no sólo como principio rector de todas las cosas, sino también como razón, ley o medida.
Para los sofistas, la unidad no debemos buscarla en la naturaleza, ni fuera de ella. La unidad es algo que los seres humanos le confieren a las cosas. Será a partir del legado de los primeros filósofos físicos que se desarrollará la opción antropológica, de la misma manera como dentro de ellos, a través de Parménides, se desarrollaría más adelante la opción metafísica. Tal como Parménides representará dentro de los filósofos naturales un antecedente importante para la opción ontológica metafísica, Heráclito representará un antecedente importante para la opción ontológica antropológica. No en vano Heráclito nos señala que no se ha limitado a indagar en torno a los fenómenos de la naturaleza, sino que nos advierte que lo ha hecho también al interior de su propia naturaleza. Para Heráclito, la naturaleza incluye a los seres humanos. Al concebirlo así, postula un estrecho vínculo entre las opciones física y antropológica, que será determinante siglos más tarde.
El contexto del nacimiento de la filosofía.
El carácter de la filosofía en la Grecia clásica Resulta interesante examinar el papel que asumía la filosofía en la Grecia antigua. Éste difiere muy radicalmente del papel que ella asume posteriormente. Algunos rasgos importantes merecen ser destacados. El primero, y quizás más notable, es el hecho de que la filosofía no fue concebida inicialmente como una actividad propiamente académica, en el sentido que hoy le conferimos a este término. La filosofía era considerada como una reflexión al servicio de una vocación que nos conducía a vivir mejor. La filosofía era entendida como una forma de vida. El principal sentido para hacer filosofía era el de aprender a vivir mejor.
Lo anterior está ligado al hecho de que la filosofía es una actividad de la calle. Ella se realiza en la plaza, donde los ciudadanos se congregan para conversar y debatir sobre distintos temas que les inquietan. En algunas ocasiones la filosofía es llevada a las casas, donde se reúnen aquellos que están interesados en discutir sobre una temática particular. Pero se trata, por lo general, de una actividad pública, abierta a todos los ciudadanos.
Será a partir de la emergencia de la opción metafísica, con Platón y Aristóteles, que la filosofía inicia su enclaustramiento y se comienza a academizar. Había un antecedente para ello. Antes de los metafísicos, Pitágoras había creado con sus seguidores una suerte de secta secreta. El carácter público del quehacer filosófico es puesto en cuestión por los pitagóricos, que se concentran el Sur de Italia, lejos de Atenas. Esta experiencia tiene una importante influencia en Platón, quien, invocando a Pitágoras, crea la Academia y advierte en su puerta que sólo pueden entrar en ella los que sepan geometría. Con ello se excluye del quehacer filosófico a buena parte de los ciudadanos. Más adelante, Aristóteles creará el Liceo, otra modalidad de filosofía enclaustrada.
Pero el enclaustramiento del quehacer filosófico será por mucho tiempo un fenómeno aislado. Los estoicos, por ejemplo, cuya influencia filosófica se extiende en el tiempo, más allá de Platón y Aristóteles, se instalaban en un lugar del ágora (la plaza) ateniense, donde había un corredor conformado por columnas (stoa) bordeando una muralla con frescos de la batalla de Maratón. Epicuro optaba por algo diferente e invitaba a filosofar en un jardín. Con excepción de los claustros metafísicos, gran parte del quehacer filosófico se seguía realizando en espacios públicos o semipúblicos abiertos.
Otro aspecto importante de la filosofía clásica era su estrecho vínculo con el ciudadano de la polis. Ello se expresa de múltiples maneras. Una de ellas es la frecuente invitación que la ciudad le hace a los filósofos para que sean éstos quienes redacten sus leyes. Esto sucedió desde los tiempos de los más antiguos filósofos presocráticos. En el caso de los sofistas el vínculo era todavía más estrecho. Su filosofía estaba explícitamente dirigida a formar a los ciudadanos en la excelencia (areté). Lo mismo sucedía con Sócrates, cuya filosofía gira alrededor de importantes virtudes ciudadanas. La relación de éste con su ciudad es muy estrecha. No olvidemos que Sócrates, rechaza el consejo de sus discípulos de que se fugara para eludir la condena a muerte que se le había impuesto, por considerar que ello contravenía las leyes de la ciudad bajo las cuales él se había formado y que en todo momento había procurado servir.
Esta misma relación entre la filosofía y la polis podemos reconocerla en Platón, quién concibe la culminación de su filosofía con una reflexión sobre la República y sus leyes. En el caso de Aristóteles, este vínculo de la filosofía con la ciudad se manifiesta en su concepción de ser humano como «ser político» (zoon politikon). De allí que no resulte extraño que Aristóteles dedicara importantes años de su vida a formar a Alejandro, futuro soberano de Macedonia.
La crisis de las ciudades – estado griega y las nuevas filosofías helenísticas.
La crisis de la polis griega Bajo el gran imperio de Alejandro, la polis griega pierde su papel integrador y ordenador que la había caracterizado en el pasado. Se crea un nuevo orden político que cubre un amplio territorio geográfico, abarcando no sólo todo el Mediterráneo, sino que integrando a egipcios, a persas, a todo el Medio Oriente y llegando incluso hasta la India. Una gran parte del mundo se heleniza. Pero así como la influencia de la cultura griega llega a casi todos los rincones de ese mundo, ésta recibe a su vez la influencia de muy diversas culturas. Ello produce una polinización cultural cruzada que resultará particularmente fértil.
La crisis de la polis produce varios fenómenos interesantes. La ciudad deja de servir de referente, capaz de conferirle sentido a la vida de los individuos, como acontecía en el pasado. Ello impulsa a los individuos a volcarse al interior de ellos mismos. Por otro lado, faltando el referente que era la polis, surge, a nivel político, un fuerte sentido de cosmopolitismo. Los individuos se conciben ahora como ciudadanos del mundo. A un nivel intelectual, se produce un gran impulso para pensar genéricamente al ser humano. Las distinciones, tan importantes en el pasado, entre griegos y bárbaros, entre hombres libres y esclavos (de las que el propio Aristóteles no pudiera sustraerse), pierden la fuerza de antaño. Se produce, por lo tanto, un interesante proceso generalizador desde la propia práctica.
En ese contexto, la opción metafísica encuentra dificultades para desarrollarse. Las corrientes filosóficas que adquieren mayor fuerza durante este período serán bastante más afines a la opción ontológica antropológica. Las grandes corrientes filosóficas del mundo helenístico serán las de los estoicos, los epicúreos, los cínicos y los escépticos. La reflexión filosófica sobre la vida adquiere en todos ellos un papel central. Propio de estas corrientes será su anti-dogmatismo. Todo dogmatismo se suele estructurar alrededor de la noción de orden y el mundo de ese período es, por sobretodo, diverso y muy poco ordenado desde una perspectiva de unidad cultural.
La influencia de las corrientes filosóficas del mundo helenístico se extenderá al mundo romano posterior, el que será también muy poco afín a la sensibilidad metafísica. Roma privilegia los problemas más concretos relacionados con la preservación de orden social complejo, tanto en el período de la República como en la primera fase del Imperio. El caso de Roma posee algunos rasgos curiosos. El sistema romano afirma con mucha fuerza la importancia de un determinado orden político. Sin embargo, ese orden político logra convivir con una gran diversidad cultural. No existirá de parte de los romanos un intento de homogenizar culturalmente los diversos territorios que se encuentran bajo su dominio. El pensamiento metafísico queda recluido a los claustros metafísicos y de manera muy especial a la Academia originalmente fundada por Platón en Atenas. La filosofía metafísica, sin desaparecer, tiende a asumir una orientación cada vez más mística, llegando incluso a acercarse a un tipo de sensibilidad que provenía de los diversos cultos de misterio que entonces prevalecían, como eran los de Eleusis (que giran alrededor del culto de la diosa Démeter), la Cibele, Isis y Mitra, entre otros. La figura filosófica de Plotino es expresiva del desarrollo que entonces manifiesta el pensamiento metafísico.
La hegemonía metafísica a partir del desarrollo del cristianismo eclesial en la Edad Media
Desde el punto de vista de la historia de la cultura, el año 529 será el que mejor expresa el paso de la Antigüedad a la Edad Media. En ese año el emperador cristiano Justiniano decreta el cierre de la Academia platónica en Atenas. Ese mismo año, curiosamente, San Benedicto funda el primer convento benedictino de Monte Cassino, en el camino de Roma a Nápoles. Con ello, se sustituye un claustro pagano por un claustro cristiano. Atenas deja de ser la capital de la filosofía. Roma, sede principal del cristianismo, se convierte ahora progresivamente en el centro de la reflexión medieval.
Desde hacía ya más de cien años, el cristianismo buscaba apoyarse en la metafísica griega para conferirle un mayor sustento conceptual a su doctrina. Ello se había acentuado luego del triunfo, que en el siglo IV, habían logrado al interior del cristianismo las corrientes dogmáticas y eclesiales, permitiéndole a éste convertirse en la religión oficial del Imperio.
Como podemos reconocerlo a posteriori, la opción filosófica metafísica y el cristianismo eclesial tenían importantes afinidades.
Ambos ponían en cuestión este mundo, el mundo sensorial en el que desarrollamos la vida, y proclamaban la existencia de un mundo trascendente, reivindicándolo como el mundo real y verdadero.
Ambos mostraban un desprecio equivalente hacia aspectos inherentes de la existencia humana como lo eran las pasiones humanas (el mundo emocional) y el propio cuerpo humano.
Ambos proclamaban que la verdad era una, como era uno el Dios que se adoraba.
Ambos partían un marcado desprecio por la vida concreta de los seres humanos, vida que, sostenían, debía someterse a los criterios de otra vida que nos esperaba en el más allá, en una meta-vida.
Ambos trazan una clara línea de demarcación entre dos tipos muy diferente de individuos. Para los metafísicos, entre los filósofos iniciados en la verdad y el resto de los seres humanos. Para los cristianos eclesiales, entre los sacerdotes y sus fieles, entre el pastor y su rebaño.
La obra de Agustín había sido una de las primeras que había buscado integrar, ya desde fines del siglo IV, la metafísica de Platón con la doctrina cristiana. Platón había culminado su labor filosófica escribiendo La República, obra donde nos entrega una reflexión sobre cómo organizar y perfeccionar el ordenamiento de la ciudad. Para el espíritu griego, la polis, como hemos visto, representaba el referente fundamental de la existencia humana. Llegar a ser un ser humano ejemplar era equivalente para los griegos clásicos con devenir un ciudadano ejemplar. Establecer los criterios que aseguraran la mejor forma de organización de la vida ciudadana representaba por lo tanto un objetivo de la mayor importancia para Platón.
Agustín vive en una época diferente en la que la polis había entrado en crisis. Su orientación recogía, de la misma forma, la profunda influencia humanista que se desarrollara durante el helenismo. El mundo de las formas que Platón postulaba, oponiéndolo al mundo de las apariencias concretas, encontraba en Agustín una simetría con su visión cristiana que separaba, de igual manera, la vida histórica, concreta, de los seres humanos de la vida celestial más allá de la muerte. Agustín acepta que la polis histórica y el ideal de la república de Platón están en crisis y no son capaces de proveer el sentido de orientación que previamente proporcionaban. Sin embargo, en el otro mundo, sostiene Agustín, se levanta otra ciudad que sí provee las condiciones para hacer de referente en nuestras vidas: la ciudad de Dios, una polis metafísica, en el reino trascendente del más allá. Su visión representa el primer intento de importancia por fusionar la perspectiva metafísica con el cristianismo.
El segundo gran intento es aquel que, en el siglo XIII, realiza Tomás de Aquino. Éste se había formado precisamente en el convento benedictino de Monte Cassino, fundado en 529, año en el que Justiniano había decretado el cierre de la Academia en Atenas, en un esfuerzo por acabar con la influencia filosófica pagana de los griegos. Paradojalmente será en ese mismo convento donde, siete siglos más tarde, renacerá con gran vigor el espíritu metafísico que el emperador había buscado entonces exterminar. La metafísica pagana lograba sin embargo sobrevivir, transmutándose en metafísica cristiana.
La obra de Tomás de Aquino será muy diferente de la de Agustín. El espíritu humanista de éste último, heredado del helenismo, ya no está presente de la misma manera en Tomás. Esto facilita una integración más profunda entre el espíritu metafísico y el cristianismo. Sin embargo, a diferencia de lo que aconteciera con Agustín, que buscara apoyo en Platón, Tomás se apoya en Aristóteles. Su propuesta se articula en la doctrina escolástica, la que se apoderará muy pronto del corazón teológico de la Iglesia. Con ello se sella una alianza entre metafísica y cristianismo que, sin estar ajena a importantes variaciones posteriores, se mantiene hasta nuestros días.
Esta alianza no fue trivial. La Iglesia representaba entonces el centro intelectual del mundo occidental cristiano. Más allá de la Iglesia, no había en el Medioevo otras instituciones realmente significativas en las que se desarrollara pensamiento. Lo fundamental del pensamiento occidental, dentro del mundo cristiano, provenía de la Iglesia. Si bien estaban comenzando a nacer las primeras universidades europeas, ellas lo hacían fuertemente vinculadas a la propia Iglesia. En la Edad Media, por lo tanto, primero a través de Agustín y luego a través de Tomás, se integran el cristianismo y la perspectiva metafísica, constituyendo un eje hegemónico que dominará por siglos el espacio cultural del mundo occidental al punto de convertirse en el sustrato más profundo de nuestro sentido común. La mirada metafísica deja de ser privativa de los filósofos o teólogos. Todos, de una u otra forma, devinimos metafísicos. Los presupuestos de la metafísica se convirtieron en una suerte de «segunda naturaleza» de los hombres y mujeres del mundo occidental, aunque no seamos claramente conscientes de ello.
Un documental sobre echeverría, ver la primera parte sobre la metafísica.
Programa de Fernando Savater, La Aventura del Pensamiento......primer capitulo sobre Platón.
AUTOR: Rafael Echeverría
LIBRO: Por la senda del pensar ontológico.
La filosofía como pensamiento genérico
La filosofía, a un nivel muy básico, nos es algo natural. Todo ser humano reflexiona sobre sus experiencias, sobre su práctica, sobre lo que le sucede en la vida. Pero puede hacerlo de dos maneras diferentes.
En una primera manera, puede reflexionar, por ejemplo, sobre el amor que siente por una determinada persona o por el amor que en pasado sintió por otra. Puede reflexionar también sobre el amor que percibe en una tercera persona. Todos estos ejemplos poseen un rasgo en común. Se trata de reflexiones sobre situaciones particulares concretas. Pero a partir de ellas, puede entrar también en una modalidad de pensar diferente y reflexionar sobre lo que es el amor en general.
Esta vez se despega del nivel particular concreto, se separa de las experiencias específicas anteriores y, aunque ellas estarán posiblemente en el trasfondo de su reflexión, hace un salto y se concentra en el amor como fenómeno general. En ese momento, aunque en forma embrionaria, se ha situado en el umbral del quehacer filosófico.
Cuando en ese primer nivel hablo, por ejemplo, del amor, veo aparecer mi amor por Cristina, por Ana, por Rosa, por Cecilia, etc. Cada uno de estos amores está definido por sus propias particularidades. Sin embargo, cuando paso al segundo nivel de reflexión, todas estas particularidades parecieran replegarse, todas ellas parecieran ahora converger al interior de un mismo y sólo fenómeno: el amor. De la multiplicidad de esas experiencias he transitado ahora al amor concebido como unidad.
Este es el rasgo fundamental del pensar filosófico. El pensamiento filosófico es un tipo de pensamiento que acomete esa operación reductiva, a través de la cual podemos ahora pensar la diversidad, la multiplicidad, como unidad. A través de la filosofía evitamos quedar atrapados en la particularidad de las experiencias concretas. Situados en ese camino es frecuente que primero pensemos esas experiencias como generalidad. Sin embargo, la generalidad no nos garantiza todavía el acceso a la unidad. Se trata tan sólo de un primer paso hacia ella. Al nivel de lo general la unidad sólo se expresa parcialmente. Se manifiesta como aquellos rasgos que las instancias diversas poseen en común y, por lo tanto, todavía predomina en este nivel la diversidad. Para acceder a la unidad es necesario dar un salto y despegarnos de la diversidad. La unidad instituye un principio diferente de organización del fenómeno al que éste, en su diversidad, ahora pareciera subordinarse.
Recapitulando, sostenemos que lo central del pensamiento filosófico es el hecho de que se trata de un pensar «genérico». Cada vez que pensamos genéricamente estamos en la senda que nos conduce al quehacer filosófico. Y este camino se basa en una operación de recurrencia ordinaria, que hacemos prácticamente todos los días. Reiteramos lo que dijimos al inicio: la filosofía se basa en una operación ordinaria que todos los seres humanos realizamos frecuentemente. Todo ser humano, por lo tanto, participa del trasfondo del que nace el quehacer filosófico. Lo que se propone este libro es permitirnos desarrollar en mayor plenitud una capacidad que poseemos y practicamos.
Los orígenes de la filosofía.
Es habitual escuchar decir que la filosofía nació en la antigua Grecia. En un determinado momento, en las colonias griegas de Asia Menor, surgieron algunos hombres que se hicieron una pregunta que obligaba a efectuar ese tránsito de la multiplicidad a la unidad. Fue la pregunta por lo que ellos llamaron el arché, el principio conductor de todas las cosas. Se trataba de encontrar aquel elemento al que todas las cosas podían ser reducidas, aquel elemento que se encontraba en el origen de todas ellas, aquel elemento que también conducía su desarrollo.
A partir de esta pregunta nace la filosofía por cuanto con ella nace esta operación que inaugura el pensamiento genérico. El pensamiento mitológico anterior, era un pensamiento por naturaleza concreto, que remitía siempre a situaciones particulares. Los griegos logran elevarse por sobre el carácter particular y concreto del pensamiento mitológico y comienzan a hablar en términos genéricos de una manera que no tenía precedentes.
De la apertura del continente filosófico, como veremos más adelante, nacerá casi simultáneamente un hijo ilustre: el pensamiento científico. El pensamiento científico es hijo del pensamiento filosófico. Se trata de un tipo de pensamiento genérico que produce la propia filosofía y que terminará por someterse a ciertos criterios particulares que terminarán por diferenciarlo del resto del pensamiento filosófico. Ello conducirá a algunos a separar filosofía y ciencia. Desde nuestra perspectiva esa separación no es radical. La ciencia ocupa un espacio en el amplio ámbito del pensamiento genérico y, como tal, es una forma particular del quehacer filosófico, aunque sus diferencias y antagonismos con otras modalidades de hacer filosofía devengan muy marcadas.
La encrucijada ontológica
Una vez que hemos entendido que la operación filosófica se caracteriza por el tránsito de la multiplicidad a la unidad, nos enfrentamos a un problema. Éste se refiere a la dirección que debe seguir ese tránsito o, dicho en otras palabras, en definir dónde cabe encontrar la buscada unidad. Se trata, de alguna forma, de determinar el criterio último de realidad que sostiene la multiplicidad de las cosas. Este problema lo llamamos la “encrucijada ontológica”.
El camino que adoptemos define nuestra opción ontológica. No es posible hacer filosofía sin seleccionar, de manera implícita o explícita, una determinada opción ontológica. Sostenemos que hay sólo tres posturas ontológicas básicas, tres alternativas de dirección. Curiosamente, las tres opciones fueron exploradas por los antiguos filósofos griegos. Desde entonces, no hemos encontrado que existan otras. Esto es lo que le permite sostener a Nietzsche el carácter arquetípico del pensamiento filosófico griego. De alguna manera, ellos marcaron a grandes trazos el conjunto del territorio filosófico y todo el desarrollo posterior de la filosofía se realizará al interior de este territorio ya demarcado.
Estos tres caminos son el camino físico o de la naturaleza, el camino que se dirige a un espacio que está más allá (meta, en griego) del mundo físico o natural y que llamamos el camino de la metafísica y, por último, el camino que le asigna a los seres humanos el ser ellos los que confieren la unidad y que llamaremos el camino antropológico. Las tres posturas ontológicas básicas son, por lo tanto, la física, la metafísica y la antropológica.
Los primeros filósofos que siguen la opción ontológica física son los llamados filósofos presocráticos que buscaban dentro de la naturaleza el arché, o principio de todas las cosas. Ellos son los que dan nacimiento a la filosofía y, al hacerlo, colocan también la semilla de lo que será posteriormente el pensamiento científico. Lo característico de éste ultimo tipo de pensamiento, el científico, es la sujeción a la norma de que las explicaciones genéricas de los fenómenos naturales debe realizarse acudiendo sólo a los propios fenómenos naturales.
En la medida que las explicaciones acudan a algo que trascienda los fenómenos de la naturaleza, tal pensamiento pudiendo seguir siendo filosófico, deja de ser científico. Dentro de los filósofos presocráticos, se iniciará un particular desarrollo que, apoyándose en lo que planteara Parménides, conducirá, pasando por Sócrates, al desarrollo de una opción ontológica diferente: la opción metafísica. Ésta opción, sin embargo, sólo se consolida con Platón y Aristóteles. Con ellos dos se sostiene, con toda claridad, que la unidad de la multiplicidad de los fenómenos remite a un dominio que trasciende la naturaleza, dominio al que sólo el pensamiento filosófico nos puede conducir y donde nos encontramos con el ser de las cosas y sus esencias últimas.Ésta es la realidad última de todas las cosas. Ellas, en su apariencia diversa y cambiable, no son sino expresiones de este nivel de realidad trascendente. Esta es la postura básica de la ontología metafísica.
Uno de los rasgos destacados de la opción metafísica es el cuestionamiento del estatuto de realidad del mundo sensorial. Este, pasa a ser concebido como ilusión, sombra o mera apariencia. Con ello se inicia inevitablemente un proceso de creciente divorcio entre el sentido común y este tipo de pensamiento filosófico, el cual comienza a convertirse en un dominio restrictivo para iniciados en la práctica intelectual de la filosofía. A partir de ese momento, la vida cotidiana toma un camino y la filosofía toma otro.
Pero se desarrollará también en Grecia una tercera opción, la opción ontológica antropológica. Ella será defendida por un movimiento filosófico que se desarrolla en el siglo V a.C., conocido como el movimiento sofista. Los sofistas diferían tanto de los filósofos físicos como de los metafísicos que se desarrollan con cierta posterioridad. Su principal objetivo no era descubrir el arché, ni acceder al ser de las cosas, sino enseñarle a la juventud las virtudes que les permitirían llegar a ser buenos y efectivos ciudadanos, lo que los griegos caracterizaban con el nombre de areté. De alguna forma, ellos fueron los primeros maestros profesionales, al interior de la modalidad que hoy asumen los maestros; seres que practicaban libremente la enseñanza, para lo cual solían viajar de una ciudad a otra.
La opción antropológica será articulada con gran claridad por uno de los más destacados sofistas: Protágoras. Éste sostiene que «el hombre es la medida de todas las cosas». Es interesante tomar en cuenta que la discusión del arché, que desplegaran los filósofos naturales o físicos, se identificaba muchas veces con el afán de determinar la medida de las cosas. Esa connotación la vemos presente, por ejemplo, en Heráclito que, reivindicando el papel del logos, lo concebía no sólo como principio rector de todas las cosas, sino también como razón, ley o medida.
Para los sofistas, la unidad no debemos buscarla en la naturaleza, ni fuera de ella. La unidad es algo que los seres humanos le confieren a las cosas. Será a partir del legado de los primeros filósofos físicos que se desarrollará la opción antropológica, de la misma manera como dentro de ellos, a través de Parménides, se desarrollaría más adelante la opción metafísica. Tal como Parménides representará dentro de los filósofos naturales un antecedente importante para la opción ontológica metafísica, Heráclito representará un antecedente importante para la opción ontológica antropológica. No en vano Heráclito nos señala que no se ha limitado a indagar en torno a los fenómenos de la naturaleza, sino que nos advierte que lo ha hecho también al interior de su propia naturaleza. Para Heráclito, la naturaleza incluye a los seres humanos. Al concebirlo así, postula un estrecho vínculo entre las opciones física y antropológica, que será determinante siglos más tarde.
El contexto del nacimiento de la filosofía.
El carácter de la filosofía en la Grecia clásica Resulta interesante examinar el papel que asumía la filosofía en la Grecia antigua. Éste difiere muy radicalmente del papel que ella asume posteriormente. Algunos rasgos importantes merecen ser destacados. El primero, y quizás más notable, es el hecho de que la filosofía no fue concebida inicialmente como una actividad propiamente académica, en el sentido que hoy le conferimos a este término. La filosofía era considerada como una reflexión al servicio de una vocación que nos conducía a vivir mejor. La filosofía era entendida como una forma de vida. El principal sentido para hacer filosofía era el de aprender a vivir mejor.
Lo anterior está ligado al hecho de que la filosofía es una actividad de la calle. Ella se realiza en la plaza, donde los ciudadanos se congregan para conversar y debatir sobre distintos temas que les inquietan. En algunas ocasiones la filosofía es llevada a las casas, donde se reúnen aquellos que están interesados en discutir sobre una temática particular. Pero se trata, por lo general, de una actividad pública, abierta a todos los ciudadanos.
Será a partir de la emergencia de la opción metafísica, con Platón y Aristóteles, que la filosofía inicia su enclaustramiento y se comienza a academizar. Había un antecedente para ello. Antes de los metafísicos, Pitágoras había creado con sus seguidores una suerte de secta secreta. El carácter público del quehacer filosófico es puesto en cuestión por los pitagóricos, que se concentran el Sur de Italia, lejos de Atenas. Esta experiencia tiene una importante influencia en Platón, quien, invocando a Pitágoras, crea la Academia y advierte en su puerta que sólo pueden entrar en ella los que sepan geometría. Con ello se excluye del quehacer filosófico a buena parte de los ciudadanos. Más adelante, Aristóteles creará el Liceo, otra modalidad de filosofía enclaustrada.
Pero el enclaustramiento del quehacer filosófico será por mucho tiempo un fenómeno aislado. Los estoicos, por ejemplo, cuya influencia filosófica se extiende en el tiempo, más allá de Platón y Aristóteles, se instalaban en un lugar del ágora (la plaza) ateniense, donde había un corredor conformado por columnas (stoa) bordeando una muralla con frescos de la batalla de Maratón. Epicuro optaba por algo diferente e invitaba a filosofar en un jardín. Con excepción de los claustros metafísicos, gran parte del quehacer filosófico se seguía realizando en espacios públicos o semipúblicos abiertos.
Otro aspecto importante de la filosofía clásica era su estrecho vínculo con el ciudadano de la polis. Ello se expresa de múltiples maneras. Una de ellas es la frecuente invitación que la ciudad le hace a los filósofos para que sean éstos quienes redacten sus leyes. Esto sucedió desde los tiempos de los más antiguos filósofos presocráticos. En el caso de los sofistas el vínculo era todavía más estrecho. Su filosofía estaba explícitamente dirigida a formar a los ciudadanos en la excelencia (areté). Lo mismo sucedía con Sócrates, cuya filosofía gira alrededor de importantes virtudes ciudadanas. La relación de éste con su ciudad es muy estrecha. No olvidemos que Sócrates, rechaza el consejo de sus discípulos de que se fugara para eludir la condena a muerte que se le había impuesto, por considerar que ello contravenía las leyes de la ciudad bajo las cuales él se había formado y que en todo momento había procurado servir.
Esta misma relación entre la filosofía y la polis podemos reconocerla en Platón, quién concibe la culminación de su filosofía con una reflexión sobre la República y sus leyes. En el caso de Aristóteles, este vínculo de la filosofía con la ciudad se manifiesta en su concepción de ser humano como «ser político» (zoon politikon). De allí que no resulte extraño que Aristóteles dedicara importantes años de su vida a formar a Alejandro, futuro soberano de Macedonia.
La crisis de las ciudades – estado griega y las nuevas filosofías helenísticas.
La crisis de la polis griega Bajo el gran imperio de Alejandro, la polis griega pierde su papel integrador y ordenador que la había caracterizado en el pasado. Se crea un nuevo orden político que cubre un amplio territorio geográfico, abarcando no sólo todo el Mediterráneo, sino que integrando a egipcios, a persas, a todo el Medio Oriente y llegando incluso hasta la India. Una gran parte del mundo se heleniza. Pero así como la influencia de la cultura griega llega a casi todos los rincones de ese mundo, ésta recibe a su vez la influencia de muy diversas culturas. Ello produce una polinización cultural cruzada que resultará particularmente fértil.
La crisis de la polis produce varios fenómenos interesantes. La ciudad deja de servir de referente, capaz de conferirle sentido a la vida de los individuos, como acontecía en el pasado. Ello impulsa a los individuos a volcarse al interior de ellos mismos. Por otro lado, faltando el referente que era la polis, surge, a nivel político, un fuerte sentido de cosmopolitismo. Los individuos se conciben ahora como ciudadanos del mundo. A un nivel intelectual, se produce un gran impulso para pensar genéricamente al ser humano. Las distinciones, tan importantes en el pasado, entre griegos y bárbaros, entre hombres libres y esclavos (de las que el propio Aristóteles no pudiera sustraerse), pierden la fuerza de antaño. Se produce, por lo tanto, un interesante proceso generalizador desde la propia práctica.
En ese contexto, la opción metafísica encuentra dificultades para desarrollarse. Las corrientes filosóficas que adquieren mayor fuerza durante este período serán bastante más afines a la opción ontológica antropológica. Las grandes corrientes filosóficas del mundo helenístico serán las de los estoicos, los epicúreos, los cínicos y los escépticos. La reflexión filosófica sobre la vida adquiere en todos ellos un papel central. Propio de estas corrientes será su anti-dogmatismo. Todo dogmatismo se suele estructurar alrededor de la noción de orden y el mundo de ese período es, por sobretodo, diverso y muy poco ordenado desde una perspectiva de unidad cultural.
La influencia de las corrientes filosóficas del mundo helenístico se extenderá al mundo romano posterior, el que será también muy poco afín a la sensibilidad metafísica. Roma privilegia los problemas más concretos relacionados con la preservación de orden social complejo, tanto en el período de la República como en la primera fase del Imperio. El caso de Roma posee algunos rasgos curiosos. El sistema romano afirma con mucha fuerza la importancia de un determinado orden político. Sin embargo, ese orden político logra convivir con una gran diversidad cultural. No existirá de parte de los romanos un intento de homogenizar culturalmente los diversos territorios que se encuentran bajo su dominio. El pensamiento metafísico queda recluido a los claustros metafísicos y de manera muy especial a la Academia originalmente fundada por Platón en Atenas. La filosofía metafísica, sin desaparecer, tiende a asumir una orientación cada vez más mística, llegando incluso a acercarse a un tipo de sensibilidad que provenía de los diversos cultos de misterio que entonces prevalecían, como eran los de Eleusis (que giran alrededor del culto de la diosa Démeter), la Cibele, Isis y Mitra, entre otros. La figura filosófica de Plotino es expresiva del desarrollo que entonces manifiesta el pensamiento metafísico.
La hegemonía metafísica a partir del desarrollo del cristianismo eclesial en la Edad Media
Desde el punto de vista de la historia de la cultura, el año 529 será el que mejor expresa el paso de la Antigüedad a la Edad Media. En ese año el emperador cristiano Justiniano decreta el cierre de la Academia platónica en Atenas. Ese mismo año, curiosamente, San Benedicto funda el primer convento benedictino de Monte Cassino, en el camino de Roma a Nápoles. Con ello, se sustituye un claustro pagano por un claustro cristiano. Atenas deja de ser la capital de la filosofía. Roma, sede principal del cristianismo, se convierte ahora progresivamente en el centro de la reflexión medieval.
Desde hacía ya más de cien años, el cristianismo buscaba apoyarse en la metafísica griega para conferirle un mayor sustento conceptual a su doctrina. Ello se había acentuado luego del triunfo, que en el siglo IV, habían logrado al interior del cristianismo las corrientes dogmáticas y eclesiales, permitiéndole a éste convertirse en la religión oficial del Imperio.
Como podemos reconocerlo a posteriori, la opción filosófica metafísica y el cristianismo eclesial tenían importantes afinidades.
Ambos ponían en cuestión este mundo, el mundo sensorial en el que desarrollamos la vida, y proclamaban la existencia de un mundo trascendente, reivindicándolo como el mundo real y verdadero.
Ambos mostraban un desprecio equivalente hacia aspectos inherentes de la existencia humana como lo eran las pasiones humanas (el mundo emocional) y el propio cuerpo humano.
Ambos proclamaban que la verdad era una, como era uno el Dios que se adoraba.
Ambos partían un marcado desprecio por la vida concreta de los seres humanos, vida que, sostenían, debía someterse a los criterios de otra vida que nos esperaba en el más allá, en una meta-vida.
Ambos trazan una clara línea de demarcación entre dos tipos muy diferente de individuos. Para los metafísicos, entre los filósofos iniciados en la verdad y el resto de los seres humanos. Para los cristianos eclesiales, entre los sacerdotes y sus fieles, entre el pastor y su rebaño.
La obra de Agustín había sido una de las primeras que había buscado integrar, ya desde fines del siglo IV, la metafísica de Platón con la doctrina cristiana. Platón había culminado su labor filosófica escribiendo La República, obra donde nos entrega una reflexión sobre cómo organizar y perfeccionar el ordenamiento de la ciudad. Para el espíritu griego, la polis, como hemos visto, representaba el referente fundamental de la existencia humana. Llegar a ser un ser humano ejemplar era equivalente para los griegos clásicos con devenir un ciudadano ejemplar. Establecer los criterios que aseguraran la mejor forma de organización de la vida ciudadana representaba por lo tanto un objetivo de la mayor importancia para Platón.
Agustín vive en una época diferente en la que la polis había entrado en crisis. Su orientación recogía, de la misma forma, la profunda influencia humanista que se desarrollara durante el helenismo. El mundo de las formas que Platón postulaba, oponiéndolo al mundo de las apariencias concretas, encontraba en Agustín una simetría con su visión cristiana que separaba, de igual manera, la vida histórica, concreta, de los seres humanos de la vida celestial más allá de la muerte. Agustín acepta que la polis histórica y el ideal de la república de Platón están en crisis y no son capaces de proveer el sentido de orientación que previamente proporcionaban. Sin embargo, en el otro mundo, sostiene Agustín, se levanta otra ciudad que sí provee las condiciones para hacer de referente en nuestras vidas: la ciudad de Dios, una polis metafísica, en el reino trascendente del más allá. Su visión representa el primer intento de importancia por fusionar la perspectiva metafísica con el cristianismo.
El segundo gran intento es aquel que, en el siglo XIII, realiza Tomás de Aquino. Éste se había formado precisamente en el convento benedictino de Monte Cassino, fundado en 529, año en el que Justiniano había decretado el cierre de la Academia en Atenas, en un esfuerzo por acabar con la influencia filosófica pagana de los griegos. Paradojalmente será en ese mismo convento donde, siete siglos más tarde, renacerá con gran vigor el espíritu metafísico que el emperador había buscado entonces exterminar. La metafísica pagana lograba sin embargo sobrevivir, transmutándose en metafísica cristiana.
La obra de Tomás de Aquino será muy diferente de la de Agustín. El espíritu humanista de éste último, heredado del helenismo, ya no está presente de la misma manera en Tomás. Esto facilita una integración más profunda entre el espíritu metafísico y el cristianismo. Sin embargo, a diferencia de lo que aconteciera con Agustín, que buscara apoyo en Platón, Tomás se apoya en Aristóteles. Su propuesta se articula en la doctrina escolástica, la que se apoderará muy pronto del corazón teológico de la Iglesia. Con ello se sella una alianza entre metafísica y cristianismo que, sin estar ajena a importantes variaciones posteriores, se mantiene hasta nuestros días.
Esta alianza no fue trivial. La Iglesia representaba entonces el centro intelectual del mundo occidental cristiano. Más allá de la Iglesia, no había en el Medioevo otras instituciones realmente significativas en las que se desarrollara pensamiento. Lo fundamental del pensamiento occidental, dentro del mundo cristiano, provenía de la Iglesia. Si bien estaban comenzando a nacer las primeras universidades europeas, ellas lo hacían fuertemente vinculadas a la propia Iglesia. En la Edad Media, por lo tanto, primero a través de Agustín y luego a través de Tomás, se integran el cristianismo y la perspectiva metafísica, constituyendo un eje hegemónico que dominará por siglos el espacio cultural del mundo occidental al punto de convertirse en el sustrato más profundo de nuestro sentido común. La mirada metafísica deja de ser privativa de los filósofos o teólogos. Todos, de una u otra forma, devinimos metafísicos. Los presupuestos de la metafísica se convirtieron en una suerte de «segunda naturaleza» de los hombres y mujeres del mundo occidental, aunque no seamos claramente conscientes de ello.
Un documental sobre echeverría, ver la primera parte sobre la metafísica.
¿Que es el Ser Humano? from Newfield Consulting on Vimeo.
Programa de Fernando Savater, La Aventura del Pensamiento......primer capitulo sobre Platón.
CSV - CUARTOS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - LOS MITOS
TEXTO 4: LA SABIDURÍA DE LOS MITOS.
AUTOR: LUC FERRY.
LIBRO: “APRENDER A VIVIR II”.
AÑO: 2009
Centenares, incluso millares de obras y artículos se han consagrado a la única cuestión del estatus de los mitos griegos: ¿Hay que clasificarlos bajo el epígrafe “cuentos y leyendas”? ¿O en la sección religiones? ¿Al lado de la literatura y la poesía? ¿O mejor en las esferas de la política y la sociología? La respuesta que aporto en este libro es muy clara: en primer lugar y ante todo, la mitología, tradición común a toda una civilización y religión politeísta, no es por ello menos una filosofía hecha relato, un intento grandioso con intención de responder de manera laica a la cuestión de la buena vida por medio de lecciones de sabiduría vivas y carnales, vestidas de literatura, poesía y epopeyas, y no enunciadas dentro de argumentaciones abstractas. En mi opinión, es esta dimensión indisolublemente tradicional, poética y filosófica de la mitología la que hace que todavía tenga para nosotros interés y encanto.
La mitología nos suministra mensajes de una profundidad sorprendente, perspectivas que abren a los humanos las sendas de una vida buena sin recurrir a las ilusiones del más allá, una manera de enfrentar la “finitud humana”, de plantar cara al destino sin sostenerse en los consuelos que las grandes religiones monoteístas pretenden aportar a los hombres apoyándose en la fe. La mitología esboza, tal vez por primera vez en la historia de la humanidad, los lineamientos de lo que he denominado una “doctrina de la salvación sin Dios”, una “espiritualidad laica”, o si se quiere todavía con más simplicidad, una “sabiduría para los mortales”. Representa de este modo un intento admirable con vistas a ayudar a los hombres a “salvarse” de los miedos que les impiden acceder a una buena vida.
Para comprender bien esta articulación entre mitología y filosofía, para medir el significado y la importancia de las lecciones de vida que van a aportar las dos, cada una a su manera pero ligadas entre ellas, hay que partir de la idea de que a los ojos de los griegos el mundo de los seres conscientes, de las personas, se divide antes que nada entre mortales e inmortales, entre hombres y dioses.
La principal característica de los dioses es que escapan a la muerte: en cuanto nacen (pues no han existido siempre), viven eternamente y lo saben, por lo que según los griegos son “bienaventurados”. Por supuesto, de vez en cuando pueden tener problemas, como Hefestos (o Vulcano) cuando descubre que su mujer, la sublime Afrodita, diosa de la belleza y el amor, le engaña con su compañero de guerra, el terrible Ares (Marte). A veces los bienaventurados son desgraciados. Sufren como mortales, experimentan pasiones como ellos: amor, celos, odio, ira,…suelen mentir y ser castigados por el dueño de todos, Zeus. Pero al menos hay un sufrimiento que desconocen y es sin duda el más funesto de todos: aquél que está ligado al miedo a la muerte, pues para ellos el tiempo no cuenta, nada es definitivo, irreversible, irremediablemente perdido, lo que les permite afrontar las pasiones humanas con una altura de miras y una distancia a las que nosotros no podríamos aspirar. En su esfera todo puede acabar por arreglarse un día u otro.
Nuestra principal característica, simples humanos que somos, es a la inversa. Al contrario que los dioses y los animales, somos los únicos seres de este mundo que tienen plena conciencia de lo Irremediable, por el hecho de que vamos a morir. No solamente nosotros, sino además también los que amamos: nuestros padres, nuestros hermanos y hermanas, nuestras mujeres y nuestros maridos, nuestros hijos, nuestros amigos… Constantemente sentimos que el tiempo pasa y que, sin duda, a veces nos aporta mucho – la prueba: amamos la vida -, pero inevitablemente también nos quita lo que más queremos. Y aunque parezca mentira, somos los únicos que notamos con una intensidad sin igual que en nuestras existencias hay, incluso antes del término último que es la muerte propiamente dicha, lo irreversible, lo irreparable, lo “nunca más”.
Los dioses no padecen nada de esto y con razón, ya que son inmortales. En cuanto a los animales, en la medida en que podamos valorarlos, apenas piensan en esos asuntos, y si a veces son conscientes un instante fugaz, es sin duda de forma muy confusa y sólo cuando el fin es inminente. Por el contrario, los humanos son como Prometeo, uno de los personajes más importantes de la mitología: piensan “por anticipado”, son “seres de lejanías”. Siempre tratan más o menos de anticipar el futuro, reflexionan sobre ello, y como saben que la vida es corta, y escaso el tiempo, no pueden evitar preguntarse qué hay que hacer…
Hay dos formas de enfrentar nuestra “finitud”. Se puede en primer lugar intentar tener hijos o como se dice con mucha propiedad, una “descendencia”. ¿Cuál es la relación de esa descendencia con el deseo de eternidad que alumbra en nosotros la contradicción entre la certeza de la muerte y el placer de la vida? En realidad es muy directa, pues sabemos muy bien que a través de nuestros hijos, algo de nosotros continúa sobreviviendo más allá de nuestra desaparición. En lo físico y en lo moral: los rasgos del cuerpo y del rostro, así como los del carácter, se encuentran siempre más o menos en aquellos que hemos criado y amado. La educación siempre es una transmisión y toda transmisión es en cierto modo una prolongación de uno mismo que nos rebasa y no muere con nosotros. Dicho esto, sean cuales sean la grandeza y las alegrías de la vida de los padres – las preocupaciones también…- sería absurdo pretender que basta con tener hijos para acceder a la vida buena. Menos aún para superar el miedo a la muerte. Todo lo contrario. Pues esta angustia no nace principalmente de uno mismo sino que atañe a los que amamos, empezando por los hijos.
Así pues, es necesaria otra estrategia: la del heroísmo y la gloria que proporciona. He aquí la idea que se esconde detrás de esta convicción singular: el héroe que lleva a cabo acciones impensables para los simples mortales – como Aquiles, Ulises, Heracles, Jasón – escapa al olvido que normalmente engulle a los hombres. Se aleja del mundo de lo efímero, de lo que no tiene más que un tiempo, para entrar en una especie, si no de eternidad, a menos de perennidad que lo asemeja en cierto modo a los dioses. No hay equivoco: esta gloria, en la cultura de los griegos no es equivalente de lo que hoy podríamos llamar “notoriedad mediática”. Se trata de otra cosa, más profunda, que procede de esa convicción que atraviesa toda la antigüedad según la cual los humanos están en competencia permanente no sólo con la inmortalidad de los dioses, sino también con la de la naturaleza. Intentemos resumir en unas palabras el razonamiento que sirve de base a este pensamiento crucial.
En primer lugar hay que recordar que, en la mitología, al principio, la naturaleza y los dioses son una sola cosa. Gea por ejemplo, no es sólo la diosa de la tierra ni Urano el dios del cielo o Poseidón el del mar: son la tierra, el cielo y el mar, y a los ojos de los griegos está claro que estos grandes elementos son eternos al igual que los dioses que los personifican. Tratándose de la naturaleza, esta perennidad está, además, prácticamente demostrada y se puede verificar experimentalmente. ¿Cómo se sabe? Al menos, en un primera aproximación, mediante la simple observación. En efecto, todo en la naturaleza es cíclico. Invariablemente, el día sucede a la noche, y la noche al día; el buen tiempo acaba siempre por llegar después de la tormenta, como el verano después de la primavera y el otoño después del verano. Los principales acontecimientos que marcan la vida del mundo natural evocan, por así decirlo, nuestros recuerdos. Siempre van a volver a ocurrir, no los podemos olvidar. Por el contrario, en el mundo humano, todo pasa, todo es perecedero, la muerte y el olvido terminan por llevárselo todo: las palabras que se pronuncian así como las acciones que se llevan a cabo. Nada es duradero… ¡salvo la escritura!
Así es, los libros se conservan mejor que las palabras, mejor que los hechos y que los gestos y si, por sus acciones heroicas, por la gloria que proporcionan, uno de los héroes – Aquiles, Heracles, Ulises u otro – logra convertirse en el protagonista de una historia u de un relato literario, entonces sobrevivirá en cierto modo a su desaparición, aun cuando no fuera más que por el recuerdo que permanece en nuestras mentes.
Sin embargo, a pesar de la fuerza de convicción subyacente a esta apología de la gloria hecha perenne mediante la escritura, la cuestión de la salvación – lo que nos puede salvar de la muerte o, al menos, de los miedos que ella suscita – no está todavía zanjada.
De ahí el interrogante fundamental, el interrogante al cual es preciso responder si queremos comprender al mismo tiempo el sentido filosófico y el hilo conductor más profundo de los mitos griegos: si la descendencia y el heroísmo, la filiación y la gloria, no permiten afrontar la muerte con más serenidad, si no proporcionan un acceso verdadero a la vida buena, ¿Hacia qué sabiduría dirigirse? Ésta es la cuestión más importante, cuestión que la mitología va a legar, por así decirlo, a la filosofía. En muchos de sus conceptos más antiguos, y en el principio de su historia, la filosofía no será más que una continuación de las ideas de la mitología por otras vías: las de la razón. Unirá de manera indisoluble las nociones de “vida buena” y sabiduría a la de una existencia reconciliada con el universo, con lo que los griegos denominan “el cosmos”. La vida en armonía con el orden cósmico, he aquí la verdadera sabiduría, la vía autentica de salvación en el sentido de lo que nos salva de los miedos y nos hace así ser más libres y abiertos a los demás.
En la mayor parte de la tradición filosófica griega hay que imaginar el mundo antes que nada como un orden magnífico a la vez que armonioso, justo, bello y bueno. Eso es exactamente lo que designa la palabra cosmos. En opinión de los estoicos, por ejemplo, a los que con mucha razón se refiere el poeta latino Ovidio en sus Metamorfosis (obra en la que reinterpreta los mitos que tratan del nacimiento de mundo) el universo se asemeja a un organismo vivo magnífico. Para hacerse de una idea de ello, puede comparársele casi enteramente con lo que un médico, fisiólogo o biólogo descubre cuando diseca un conejo o un ratón. ¿Qué es lo que ve? En primer lugar, que cada órgano esta maravillosamente adaptado a su función: ¿hay algo mejor que un ojo para ver, que los pulmones para oxigenar los músculos, que el corazón para irrigarlos de sangre? Todos estos órganos son mil veces más ingeniosos, más armoniosos y también más complejos que todas las maquinas concebidas por los hombres. Pero, además, nuestro biólogo llega a otra conclusión: ve que el conjunto de esos órganos, que ya considerados por separado son asombrosos, forma un todo coherente, “lógico” – en el sentido de lo que los filósofos estoicos denominaban el logos: el ordenamiento coherente del mundo y el discurso sobre él- infinitamente superior a todas las invenciones humanas. Desde ese punto de vista, hay que reconocer que la creación de un animal, siquiera el más humilde, una hormiga, un ratón o una rana, está todavía en nuestros días fuera del alcance de nuestros laboratorios científicos más sofisticados.
La idea fundamental aquí es que en ese orden cósmico, que más adelante desvelará la teoría filosófica – veremos cómo, según los grandes relatos mitológicos, Zeus acabará por imponer ese orden en el transcurso de las guerras que deberá dirigir contra las fuerzas del caos – cada uno de nosotros posee su sitio, su “lugar natural”. Desde ese punto de vista, la justicia y la sabiduría consisten fundamentalmente en el esfuerzo que hacemos para acoplarnos en él. Debemos encontrar nuestro lugar en la vida y retornar a él so pena de no estar en condiciones de cumplir nuestra misión en el seno del universo y de ser entonces desgraciados: he aquí un mensaje que la filosofía griega, al menos en su mayor parte, va a poder extraer de la mitología.
Detrás de esta voluntad de adaptarse al mundo, de encontrar su justo lugar en el seno de todo orden cósmico, se esconde en realidad una idea más oculta que se acerca a nuestro interrogante sobre el sentido de la vida de los mortales, de los que saben que van a morir: el mensaje consiste en pensar que el cosmos es eterno. Una vez incorporado al cosmos, una vez que su vida entra en armonía con el orden cósmico, el sabio comprende que nosotros, hombrecillos mortales, no somos en el fondo más que un fragmento suyo, un átomo de eternidad, por así decirlo, un elemento de una totalidad que no podría desaparecer, de modo que, en última instancia, la muerte deja de ser un problema para el sabio auténtico porque ya no tiene nada verdaderamente real. O mejor dicho, no es más que el paso de un estado a otro, un paso que como tal, no debe asustarnos más.
De ahí el hecho de que los filósofos griegos recomienden a sus discípulos que no se contenten con palabras, que no se limiten a meros discursos abstractos, sino que practiquen concretamente ejercicios que tiendan a ayudar a los mortales a liberarse de los miedos absurdos ligados a la muerte a fin de vivir en “armonía con la armonía”, es decir, en consonancia con el cosmos.
Está claro que eso no es más que una formulación completamente abstracta y, por así decirlo, reducida de esta sabiduría antigua. En la realidad de la vida humana, el trabajo que consiste en adaptarse al mundo consta de múltiples facetas. Es un trabajo singular en todos los sentidos del término, una tarea fuera de lo común: sólo los que aspiran a la sabiduría van a comprometerse, y ésta tarea al “común de los mortales”, precisamente le es ajena. Pero también es una empresa singular en el sentido de que cada uno de nosotros debe comprometerse por su propia cuenta y a su manera. Ninguno puede, en nuestro lugar, recorrer el itinerario que conduce a vencer sus miedos para adaptarse al mundo y encontrar en él su lugar. El objetivo último, formulado de manera general es la armonía, pero cada individuo debe buscar su forma de conseguirla. Encontrar su senda, que no es la de los otros, puede por lo tanto constituir la tarea de toda una vida.
un par de videos explicativos sobre los mitos.
AUTOR: LUC FERRY.
LIBRO: “APRENDER A VIVIR II”.
AÑO: 2009
Centenares, incluso millares de obras y artículos se han consagrado a la única cuestión del estatus de los mitos griegos: ¿Hay que clasificarlos bajo el epígrafe “cuentos y leyendas”? ¿O en la sección religiones? ¿Al lado de la literatura y la poesía? ¿O mejor en las esferas de la política y la sociología? La respuesta que aporto en este libro es muy clara: en primer lugar y ante todo, la mitología, tradición común a toda una civilización y religión politeísta, no es por ello menos una filosofía hecha relato, un intento grandioso con intención de responder de manera laica a la cuestión de la buena vida por medio de lecciones de sabiduría vivas y carnales, vestidas de literatura, poesía y epopeyas, y no enunciadas dentro de argumentaciones abstractas. En mi opinión, es esta dimensión indisolublemente tradicional, poética y filosófica de la mitología la que hace que todavía tenga para nosotros interés y encanto.
La mitología nos suministra mensajes de una profundidad sorprendente, perspectivas que abren a los humanos las sendas de una vida buena sin recurrir a las ilusiones del más allá, una manera de enfrentar la “finitud humana”, de plantar cara al destino sin sostenerse en los consuelos que las grandes religiones monoteístas pretenden aportar a los hombres apoyándose en la fe. La mitología esboza, tal vez por primera vez en la historia de la humanidad, los lineamientos de lo que he denominado una “doctrina de la salvación sin Dios”, una “espiritualidad laica”, o si se quiere todavía con más simplicidad, una “sabiduría para los mortales”. Representa de este modo un intento admirable con vistas a ayudar a los hombres a “salvarse” de los miedos que les impiden acceder a una buena vida.
Para comprender bien esta articulación entre mitología y filosofía, para medir el significado y la importancia de las lecciones de vida que van a aportar las dos, cada una a su manera pero ligadas entre ellas, hay que partir de la idea de que a los ojos de los griegos el mundo de los seres conscientes, de las personas, se divide antes que nada entre mortales e inmortales, entre hombres y dioses.
La principal característica de los dioses es que escapan a la muerte: en cuanto nacen (pues no han existido siempre), viven eternamente y lo saben, por lo que según los griegos son “bienaventurados”. Por supuesto, de vez en cuando pueden tener problemas, como Hefestos (o Vulcano) cuando descubre que su mujer, la sublime Afrodita, diosa de la belleza y el amor, le engaña con su compañero de guerra, el terrible Ares (Marte). A veces los bienaventurados son desgraciados. Sufren como mortales, experimentan pasiones como ellos: amor, celos, odio, ira,…suelen mentir y ser castigados por el dueño de todos, Zeus. Pero al menos hay un sufrimiento que desconocen y es sin duda el más funesto de todos: aquél que está ligado al miedo a la muerte, pues para ellos el tiempo no cuenta, nada es definitivo, irreversible, irremediablemente perdido, lo que les permite afrontar las pasiones humanas con una altura de miras y una distancia a las que nosotros no podríamos aspirar. En su esfera todo puede acabar por arreglarse un día u otro.
Nuestra principal característica, simples humanos que somos, es a la inversa. Al contrario que los dioses y los animales, somos los únicos seres de este mundo que tienen plena conciencia de lo Irremediable, por el hecho de que vamos a morir. No solamente nosotros, sino además también los que amamos: nuestros padres, nuestros hermanos y hermanas, nuestras mujeres y nuestros maridos, nuestros hijos, nuestros amigos… Constantemente sentimos que el tiempo pasa y que, sin duda, a veces nos aporta mucho – la prueba: amamos la vida -, pero inevitablemente también nos quita lo que más queremos. Y aunque parezca mentira, somos los únicos que notamos con una intensidad sin igual que en nuestras existencias hay, incluso antes del término último que es la muerte propiamente dicha, lo irreversible, lo irreparable, lo “nunca más”.
Los dioses no padecen nada de esto y con razón, ya que son inmortales. En cuanto a los animales, en la medida en que podamos valorarlos, apenas piensan en esos asuntos, y si a veces son conscientes un instante fugaz, es sin duda de forma muy confusa y sólo cuando el fin es inminente. Por el contrario, los humanos son como Prometeo, uno de los personajes más importantes de la mitología: piensan “por anticipado”, son “seres de lejanías”. Siempre tratan más o menos de anticipar el futuro, reflexionan sobre ello, y como saben que la vida es corta, y escaso el tiempo, no pueden evitar preguntarse qué hay que hacer…
Hay dos formas de enfrentar nuestra “finitud”. Se puede en primer lugar intentar tener hijos o como se dice con mucha propiedad, una “descendencia”. ¿Cuál es la relación de esa descendencia con el deseo de eternidad que alumbra en nosotros la contradicción entre la certeza de la muerte y el placer de la vida? En realidad es muy directa, pues sabemos muy bien que a través de nuestros hijos, algo de nosotros continúa sobreviviendo más allá de nuestra desaparición. En lo físico y en lo moral: los rasgos del cuerpo y del rostro, así como los del carácter, se encuentran siempre más o menos en aquellos que hemos criado y amado. La educación siempre es una transmisión y toda transmisión es en cierto modo una prolongación de uno mismo que nos rebasa y no muere con nosotros. Dicho esto, sean cuales sean la grandeza y las alegrías de la vida de los padres – las preocupaciones también…- sería absurdo pretender que basta con tener hijos para acceder a la vida buena. Menos aún para superar el miedo a la muerte. Todo lo contrario. Pues esta angustia no nace principalmente de uno mismo sino que atañe a los que amamos, empezando por los hijos.
Así pues, es necesaria otra estrategia: la del heroísmo y la gloria que proporciona. He aquí la idea que se esconde detrás de esta convicción singular: el héroe que lleva a cabo acciones impensables para los simples mortales – como Aquiles, Ulises, Heracles, Jasón – escapa al olvido que normalmente engulle a los hombres. Se aleja del mundo de lo efímero, de lo que no tiene más que un tiempo, para entrar en una especie, si no de eternidad, a menos de perennidad que lo asemeja en cierto modo a los dioses. No hay equivoco: esta gloria, en la cultura de los griegos no es equivalente de lo que hoy podríamos llamar “notoriedad mediática”. Se trata de otra cosa, más profunda, que procede de esa convicción que atraviesa toda la antigüedad según la cual los humanos están en competencia permanente no sólo con la inmortalidad de los dioses, sino también con la de la naturaleza. Intentemos resumir en unas palabras el razonamiento que sirve de base a este pensamiento crucial.
En primer lugar hay que recordar que, en la mitología, al principio, la naturaleza y los dioses son una sola cosa. Gea por ejemplo, no es sólo la diosa de la tierra ni Urano el dios del cielo o Poseidón el del mar: son la tierra, el cielo y el mar, y a los ojos de los griegos está claro que estos grandes elementos son eternos al igual que los dioses que los personifican. Tratándose de la naturaleza, esta perennidad está, además, prácticamente demostrada y se puede verificar experimentalmente. ¿Cómo se sabe? Al menos, en un primera aproximación, mediante la simple observación. En efecto, todo en la naturaleza es cíclico. Invariablemente, el día sucede a la noche, y la noche al día; el buen tiempo acaba siempre por llegar después de la tormenta, como el verano después de la primavera y el otoño después del verano. Los principales acontecimientos que marcan la vida del mundo natural evocan, por así decirlo, nuestros recuerdos. Siempre van a volver a ocurrir, no los podemos olvidar. Por el contrario, en el mundo humano, todo pasa, todo es perecedero, la muerte y el olvido terminan por llevárselo todo: las palabras que se pronuncian así como las acciones que se llevan a cabo. Nada es duradero… ¡salvo la escritura!
Así es, los libros se conservan mejor que las palabras, mejor que los hechos y que los gestos y si, por sus acciones heroicas, por la gloria que proporcionan, uno de los héroes – Aquiles, Heracles, Ulises u otro – logra convertirse en el protagonista de una historia u de un relato literario, entonces sobrevivirá en cierto modo a su desaparición, aun cuando no fuera más que por el recuerdo que permanece en nuestras mentes.
Sin embargo, a pesar de la fuerza de convicción subyacente a esta apología de la gloria hecha perenne mediante la escritura, la cuestión de la salvación – lo que nos puede salvar de la muerte o, al menos, de los miedos que ella suscita – no está todavía zanjada.
De ahí el interrogante fundamental, el interrogante al cual es preciso responder si queremos comprender al mismo tiempo el sentido filosófico y el hilo conductor más profundo de los mitos griegos: si la descendencia y el heroísmo, la filiación y la gloria, no permiten afrontar la muerte con más serenidad, si no proporcionan un acceso verdadero a la vida buena, ¿Hacia qué sabiduría dirigirse? Ésta es la cuestión más importante, cuestión que la mitología va a legar, por así decirlo, a la filosofía. En muchos de sus conceptos más antiguos, y en el principio de su historia, la filosofía no será más que una continuación de las ideas de la mitología por otras vías: las de la razón. Unirá de manera indisoluble las nociones de “vida buena” y sabiduría a la de una existencia reconciliada con el universo, con lo que los griegos denominan “el cosmos”. La vida en armonía con el orden cósmico, he aquí la verdadera sabiduría, la vía autentica de salvación en el sentido de lo que nos salva de los miedos y nos hace así ser más libres y abiertos a los demás.
En la mayor parte de la tradición filosófica griega hay que imaginar el mundo antes que nada como un orden magnífico a la vez que armonioso, justo, bello y bueno. Eso es exactamente lo que designa la palabra cosmos. En opinión de los estoicos, por ejemplo, a los que con mucha razón se refiere el poeta latino Ovidio en sus Metamorfosis (obra en la que reinterpreta los mitos que tratan del nacimiento de mundo) el universo se asemeja a un organismo vivo magnífico. Para hacerse de una idea de ello, puede comparársele casi enteramente con lo que un médico, fisiólogo o biólogo descubre cuando diseca un conejo o un ratón. ¿Qué es lo que ve? En primer lugar, que cada órgano esta maravillosamente adaptado a su función: ¿hay algo mejor que un ojo para ver, que los pulmones para oxigenar los músculos, que el corazón para irrigarlos de sangre? Todos estos órganos son mil veces más ingeniosos, más armoniosos y también más complejos que todas las maquinas concebidas por los hombres. Pero, además, nuestro biólogo llega a otra conclusión: ve que el conjunto de esos órganos, que ya considerados por separado son asombrosos, forma un todo coherente, “lógico” – en el sentido de lo que los filósofos estoicos denominaban el logos: el ordenamiento coherente del mundo y el discurso sobre él- infinitamente superior a todas las invenciones humanas. Desde ese punto de vista, hay que reconocer que la creación de un animal, siquiera el más humilde, una hormiga, un ratón o una rana, está todavía en nuestros días fuera del alcance de nuestros laboratorios científicos más sofisticados.
La idea fundamental aquí es que en ese orden cósmico, que más adelante desvelará la teoría filosófica – veremos cómo, según los grandes relatos mitológicos, Zeus acabará por imponer ese orden en el transcurso de las guerras que deberá dirigir contra las fuerzas del caos – cada uno de nosotros posee su sitio, su “lugar natural”. Desde ese punto de vista, la justicia y la sabiduría consisten fundamentalmente en el esfuerzo que hacemos para acoplarnos en él. Debemos encontrar nuestro lugar en la vida y retornar a él so pena de no estar en condiciones de cumplir nuestra misión en el seno del universo y de ser entonces desgraciados: he aquí un mensaje que la filosofía griega, al menos en su mayor parte, va a poder extraer de la mitología.
Detrás de esta voluntad de adaptarse al mundo, de encontrar su justo lugar en el seno de todo orden cósmico, se esconde en realidad una idea más oculta que se acerca a nuestro interrogante sobre el sentido de la vida de los mortales, de los que saben que van a morir: el mensaje consiste en pensar que el cosmos es eterno. Una vez incorporado al cosmos, una vez que su vida entra en armonía con el orden cósmico, el sabio comprende que nosotros, hombrecillos mortales, no somos en el fondo más que un fragmento suyo, un átomo de eternidad, por así decirlo, un elemento de una totalidad que no podría desaparecer, de modo que, en última instancia, la muerte deja de ser un problema para el sabio auténtico porque ya no tiene nada verdaderamente real. O mejor dicho, no es más que el paso de un estado a otro, un paso que como tal, no debe asustarnos más.
De ahí el hecho de que los filósofos griegos recomienden a sus discípulos que no se contenten con palabras, que no se limiten a meros discursos abstractos, sino que practiquen concretamente ejercicios que tiendan a ayudar a los mortales a liberarse de los miedos absurdos ligados a la muerte a fin de vivir en “armonía con la armonía”, es decir, en consonancia con el cosmos.
Está claro que eso no es más que una formulación completamente abstracta y, por así decirlo, reducida de esta sabiduría antigua. En la realidad de la vida humana, el trabajo que consiste en adaptarse al mundo consta de múltiples facetas. Es un trabajo singular en todos los sentidos del término, una tarea fuera de lo común: sólo los que aspiran a la sabiduría van a comprometerse, y ésta tarea al “común de los mortales”, precisamente le es ajena. Pero también es una empresa singular en el sentido de que cada uno de nosotros debe comprometerse por su propia cuenta y a su manera. Ninguno puede, en nuestro lugar, recorrer el itinerario que conduce a vencer sus miedos para adaptarse al mundo y encontrar en él su lugar. El objetivo último, formulado de manera general es la armonía, pero cada individuo debe buscar su forma de conseguirla. Encontrar su senda, que no es la de los otros, puede por lo tanto constituir la tarea de toda una vida.
un par de videos explicativos sobre los mitos.
CSV - CUARTOS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - ¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA?
TEXTO 1: INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA.
AUTOR: ANDRÉ COMTE – SPONVILLE.
LIBRO: INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA
EDITORIAL: PAIDÓS
AÑO: 2002
Filosofar es pensar por uno mismo; pero nadie puede lograrlo verdaderamente sin apoyarse en el pensamiento de otros, especialmente en el de los grandes filósofos del pasado. La filosofía no es solamente una aventura; es también un trabajo que no puede llevarse a cabo sin esfuerzo, sin lecturas, sin herramientas. Los primeros pasos suelen ser arduos y desaniman a más de uno.
No hay una edad determinada para filosofar. Sin embargo, los adolescentes, más que los adultos, necesitan ser guiados en esta tarea.
¿Qué es la filosofía? La filosofía no es una ciencia, ni siquiera un conocimiento; no es un saber entre otros: es una reflexión sobre los saberes disponibles. Por eso la filosofía no se aprende, decía Kant: sólo podemos aprender a filosofar. ¿Cómo? Filosofando por nosotros mismos: preguntándonos por nuestro propio pensamiento, por el pensamiento de los demás, por el mundo, por la sociedad, por lo que la experiencia nos enseña, por lo que ésta nos oculta. … Lo deseable es que, durante este camino, demos con las obras de tal o cual filósofo profesional. De ser así pasaremos mejor, con más fuerza, con mayor profundidad. Iremos más lejos y más rápidamente. Cada lectura, cada filósofo, cada autor, añadía Kant, “no hemos de considerarlo como el modelo del juicio, sino simplemente como una ocasión para realizar nosotros mismos un juicio sobre él, o incluso contra él”. Nadie puede filosofar por nosotros. Obviamente la filosofía tiene sus especialistas, sus profesionales, sus enseñantes. Pero la filosofía no es fundamentalmente una especialidad, ni un oficio, ni una disciplina universitaria: es una dimensión constitutiva de la existencia humana.
Desde el momento en que somos seres dotados de vida y de razón, todos nosotros, inevitablemente nos vemos confrontados con la tarea de articular entre sí estas dos facultades. Y ciertamente podemos razonar sin filosofar (en las ciencias, por ejemplo), vivir sin filosofar (en la ignorancia o en la pasión, por ejemplo). Pero, sin filosofar, no podemos en absoluto pensar nuestra vida y vivir nuestro pensamiento: la filosofía es precisamente esto.
La biología jamás enseñará a un biólogo como tiene que vivir, ni si hay que hacerlo, ni siquiera si hay que ser biólogo. Las ciencias humanas jamás nos enseñarán el valor de la humanidad, ni su propio valor. Por eso hay que filosofar: porque hay que reflexionar sobre lo que sabemos , sobre lo que vivimos, sobre lo que queremos y porque, para ello, ningún saber nos es suficiente ni nos dispensa de hacerlo. ¿El arte? ¿La religión? ¿La política? Son materias muy importantes, pero también ellas han de ser objeto de reflexión, es algo que ningún filósofo pondrá en duda. Pero reflexionar sobre la filosofía no es salir de ella sino entrar en ella.
¿Por qué vía? Yo he seguido aquí la única que conocía verdaderamente, la de la filosofía occidental. Esto no significa que no haya otras, Filosofar es vivir con la razón, que es universal. ¿Cómo podría ser la filosofía exclusividad de alguien? Nadie ignora que existen otras
tradiciones especulativas y espirituales, sobre todo en Oriente. Pero no es posible abarcarlo todo, y sería un tanto ridículo por mi parte aspirar a presentar pensamientos orientales que, en su mayoría sólo conozco indirectamente. No creo en absoluto que la filosofía sea exclusivamente griega y occidental. Pero de lo que estoy totalmente convencido, es de que, en Occidente y desde los griegos, existe una inmensa tradición filosófica, que es la nuestra, y es hacia ella, y en ella, adonde quisiera guiar a mi lector.
Vivir con la razón, decía anteriormente. Esto indica una dirección, que es la de la filosofía, pero no puede agotar su contenido. La filosofía es un preguntar radical, la búsqueda total o última (y no, como en las ciencias, de tal o cual verdad particular); creación y utilización de conceptos (aunque esta práctica también exista en otras disciplinas) reflexividad (un volver del espíritu o de la razón sobre sí mismos: pensamiento del pensamiento), reflexión sobre la propia historia y sobre la de la humanidad; búsqueda de la mayor coherencia posible, de la mayor racionalidad posible (es el arte de la razón, si se quiere, pero que desemboca en un arte de vivir); es en ocasiones, construcción de sistemas; es, siempre elaboración de tesis, argumentos, teorías … Pero la filosofía es también, y quizás fundamentalmente, critica de las ilusiones, de los prejuicios, de las ideologías. Toda filosofía es una lucha. ¿Sus armas? La Razón. ¿Sus enemigos? La ignorancia, el fanatismo, el oscurantismo, - o la filosofía de los demás -. ¿Sus aliados? Las ciencias ¿Su objeto? La totalidad, con el hombre en su seno. O el hombre, pero en el seno de la totalidad. ¿Su meta? La sabiduría, la felicidad, pero en el seno de la verdad. Hay trabajo para rato, como suele decirse; tanto mejor: ¡los filósofos son gente muy dispuesta!
En la práctica, los temas de la filosofía son innumerables: nada humano o real le es ajeno. Esto no significa que todos ellos tengan la misma importancia. Kant, en un célebre pasaje de su “Lógica”, resumía el ámbito de la filosofía en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el hombre? “Las tres primeras preguntas de resumen en la última”, subrayaba. Pero todas ellas desembocan, añadiría yo, en una quinta pregunta, que es sin duda, filosófica y humanamente, la cuestión principal: ¿cómo he de vivir? En cuanto se intenta dar una respuesta inteligente a esta pregunta se está haciendo filosofía. Y como es imposible evitar planteársela, hemos de concluir que la única forma de sustraerse a la filosofía es la ignorancia o el oscurantismo.
¿Hemos de filosofar? Desde el momento que nos planteamos esta pregunta – en cualquier caso desde que intentamos responder a ella con seriedad - ya estamos filosofando. Esto no significa que la filosofía se reduzca a su propia interrogación, y todavía menos a su autojustificación. Pues también filosofamos, más o menos, bien o mal, cuando nos preguntamos (de forma a la vez racional y radical) por el mundo, por la humanidad, por la felicidad, por la justicia, por la libertad, por la muerte, por Dios, por el conocimiento… ¿Y quién podría renunciar a hacerlo? El ser humano es un animal filosofante: sólo puede renunciar a la filosofía renunciando a una parte de su humanidad.
Así pues, hemos de filosofar: hemos de pensar tanto como podamos, y mejor de lo que sepamos. ¿Con qué fin? Para lograr una vida más humana, más lúcida, más serena, más razonable, más feliz, más libre… es lo que tradicionalmente denominamos sabiduría, que sería una felicidad sin ilusiones y sin mentira. ¿Podemos alcanzarla? Jamás por completo, sin duda. Pero esto no impide que la busquemos, ni que nos aproximemos a ella. “La filosofía – escribe Kant – es para el hombre un esfuerzo por alcanzar la sabiduría, esfuerzo que nunca acaba”. Razón de más para ponernos a trabajar. Se trata de pensar mejor para vivir mejor. La filosofía es este trabajo; la sabiduría, este reposo.
¿Qué es la filosofía? Hay tantas respuestas, o casi tantas como filósofos. Pero esto no impide que dichas respuestas coincidan o confluyan en lo esencial. Por mi parte, desde mis años de estudiante, siento debilidad por la respuesta de Epicuro: “la filosofía es una actividad que mediante discursos y razonamientos, nos procura la vida feliz”. Esto es definir la filosofía por su mayor logro (la sabiduría, la beatitud), y, aunque ese logro nunca sea completo, es mejor que encerrarla en sus fracasos. La felicidad es la meta; la filosofía, el camino. ¡Buen viaje a todos!
TEXTO 2: ¿POR QUÉ FILOSOFAR?
AUTOR: OTFRIED HOFFE
LIBRO: BREVE HISTORIA ILUSTRADA DE LA FILOSOFÍA
AÑO: 2000
Esperamos de la filosofía que plantee preguntas fundamentales para darles respuestas igualmente fundamentales. En efecto, La filosofía se ocupa de cuestiones de principio que urgen, incluso, a toda la humanidad y pueden concentrarse en tres interrogantes decisivos: 1) ¿Qué es la naturaleza y qué podemos saber de ella? 2) ¿Cómo debemos vivir en cuanto individuos y en cuanto comunidad? 3) ¿Qué debemos esperar de una buena existencia, en esta vida o en la futura?. A estas preguntas se suman otras que preocupan a épocas concretas, como la relación entre razón y revelación o la relativa a si existe un progreso en la historia.
Algunos tienen a los filósofos por personas ajenas a la vida real. Sin embargo, quién examine más en detalle esas preguntas que ellos plantean y que afectan a la humanidad en general, descubrirá enseguida cuestiones parciales o subordinadas que nada tienen de ajeno a la realidad: 1a) ¿Hay una materia originaria o básica constitutiva de la totalidad de la naturaleza?; ¿existe eso que significa la palabra “átomo” en sentido literal: un componente único e indivisible de la naturaleza? 1b) ¿Es la naturaleza espacial y temporalmente infinita, o, por el contrario, finita, y por lo tanto, obra de un creador, de una divinidad? Es posible que estas preguntas no tengan relevancia existencial, pero no cabe duda de que las siguientes si la tienen: la cuestión referente a 2a) al bien y al mal 2b) a la libertad, sobre todo la libertad de la voluntad, y 2c) la que inquiere por la justicia del derecho y el Estado. Para terminar también queremos saber 3a) si nuestro bienestar, la felicidad, depende de nuestro buen comportamiento, de una vida moralmente buena: ¿es rentable la honradez moral o, por el contrario, la persona honrada es, en definitiva, un tonto? 3b) Y, en el caso de que la compensación no se dé “en esta vida” ¿hay esperanza de un alma inmortal, una vida eterna y una recompensa en el más allá? Aunque es posible eludir estas preguntas resulta difícil negarlas. Así pues tenemos derecho a decir que es necesario filosofar. La filosofía no quiere hechizar el mundo en que vivimos ni darle hondura mística. Tampoco crea ilusiones, sino que busca, más bien, respuestas convincentes a ciertas preguntas básicas que apenas podemos evitar. Es cierto que en esa búsqueda puede verse obligada a alterar el horizonte de expectativas de las respuestas y, en más de una ocasión, incluso las propias preguntas.
En sentido estricto y riguroso, la filosofía es relativamente joven, y según los datos de las fuentes transmitidas, no tiene mucho más de dos milenos y medio. Sin embargo, las preguntas inevitables se plantearon hace mucho antes y se siguieron tratando posteriormente fuera de la filosofía. Por consiguiente, es necesario disponer al menos de una segunda razón para filosofar: la filosofía comienza a desarrollarse allí donde la gente se siente insatisfecha por la manera en que se han planteado esas preguntas o cómo se les ha dado respuesta hasta entonces. A partir de un descontento fundamental, de una crítica radical, se establece un nuevo estilo de preguntas y respuestas, un nuevo modo de abordar la realidad y hablar de ella.
Los filósofos no suelen narrar, en general, aquello que los griegos llamaban “mitos”: historias sobre dioses y héroes o sobre el principio y el orden tanto de la naturaleza como de la sociedad. Tampoco apelan a una revelación religiosa, a una palabra de Dios o a una transmisión, a una tradición. Aunque se ocupen de todo ello, trabajan exclusivamente con los medios de la razón humana: con conceptos (idóneos), con razonamientos y argumentos (explicativos y no contradictorios) y con experiencias elementales, como por ejemplo, la de que existe un mundo poblado por seres diversos y que entre ellos hay ciertos seres capaces de hablar y pensar. Los filósofos buscan en esos tres “medios” – el concepto, el argumento y la experiencia – una validez amplia, a menudo incluso universal. Pero aunque no la consiguen, se espera que obtengan al menos la “hermana menor” de esa validez: una “posibilidad de comprobación general” Dado que cada uno de esos tres medios filosóficos existe en múltiples formas, la filosofía amplía pronto su campo de acción para buscar una relación ordenada. Los griegos llamaban logos tanto a los conceptos como a los argumentos y, muy en especial, a su orden y su forma verbal. El elixir de la vida de la filosofía es el logos, con sus cuatro facetas: el concepto, la argumentación, el orden lógico y el lenguaje. El lenguaje convierte el filosofar en dialogo e, incluso, en polémica, en discusión tanto con los contemporáneos como con los grandes filósofos de la historia. En efecto, la filosofía no está compuesta por un tesoro de verdades eternas, sino que consiste en una búsqueda realizada con otros y contra otros, sin que en ese proceso podamos dar por supuesto un progreso lineal.
Pero los conceptos y los argumentos surgen ya en la vida cotidiana; y lo mismo podemos decir de las ciencias. Así pues para que la filosofía sea algo peculiar, se requerirá un tercer motivo: se llega a filosofar en aquellos casos en que alguien reúne el valor suficiente y, al mismo tiempo, desarrolla la capacidad debida para llevar al límite ciertas preguntas fundamentales planteadas en la existencia diaria y en las ciencias – “¿qué es lo correcto?”, “¿qué es algo en concreto?”; y, tanto para una como para la otra cuestión “¿por qué?” -. En tales casos, nada se sustrae a sus penetrantes preguntas sobre el qué y el porqué, pues cuestionan hasta lo más obvio, incluida la propia tradición. La autocrítica es un componente esencial de la filosofía.
Pero ¿por qué hay que llevar al límite las preguntas sobre el qué y el porqué?; ¿por qué debemos calar cada vez con más hondura? Las respuestas son diferentes en cada caso concreto --. Así lo muestra la historia; sin embargo hay una fuerza común que las impulsa: el ansia de saber. Una de las principales obras filosóficas de Aristóteles, la Metafísica, comienza acertadamente con esta frase “Todos los seres humanos aspiran por naturaleza al conocimiento”. La filosofía no pretende más – pero tampoco menos – que desplegar plenamente un impulso natural, la curiosidad intelectual.
El resultado no es una ventaja en el sentido corriente del término, una utilidad, más allá del pleno del saber. La filosofía no busca desarrollar un conocimiento especial paralelo al de otros ámbitos del saber, sino llevar a su plenitud la vocación de conocimiento inherente al ser humano. Por lo demás, un saber no utilitario no constituye ninguna novedad. Al contrario, todos conocemos qué es un saber como un fin en sí mismo: y así lo percibimos en los placeres sensoriales: en el goce de la vista, el oído, el gusto y el tacto. No es casual que un elemento de la filosofía, el concepto, derive etimológicamente de la actividad con que los lactantes exploran el mundo, es decir, de la palabra latina que significa “tomar”, “asir”, “agarrar”.
A quien domina plenamente un saber o una destreza lo llamamos “maestro”; los griegos le daban el nombre de sophos: “sabio”. Mientras que otros son maestros en un oficio, en asuntos legales (“juristas”) en la curación de enfermedades (“médicos”) o en cuestiones políticas (“políticos”), los filósofos buscan la maestría en el saber. Y dado que se trata de algo muy difícil de lograr, los filósofos, siguiendo a Platón, no reivindican a la sophia misma, sino sólo la philosophía: el amor a la sabiduría. El prefijo philo – expresa también, no obstante, la familiarización con lo presente y no el afán de conseguir algo inalcanzable. Para Platón el philosophos es un philomathés, alguien que encuentra en aprender un placer que nunca le sacia. A ello se añade un segundo factor: por lo común nuestros conocimientos son sólo competentes en un ámbito restringido, mientras que la filosofía busca una comprensión competente de todo y en general: un saber sobre la totalidad de la naturaleza, un saber sobre lo que es bueno y justo de manera universal y absoluta; y, en particular un saber sobre el propio saber. La filosofía intenta explicar qué es un concepto apropiado y una argumentación bien fundada, y cómo se organizan conceptos y argumentos en una relación ordenada.
TEXTO 3: LA FILOSOFÍA ES APRENDER A MORIR.
AUTOR: LUC FERRY.
LIBRO: “APRENDER A VIVIR. FILOSOFÍA PARA MENTES JÓVENES.
AÑO: 2007
La pregunta evidente “¿qué es la filosofía?” es una de las más controvertidas que conozco. La mayoría de los filósofos actuales siguen dándole vueltas sin lograr ponerse de acuerdo en cuál es la respuesta.
Cuando cursaba mis últimos años de bachillerato, mi profesor me aseguraba que se trataba “simplemente” de “formar nuestro espíritu crítico con vistas a la autonomía”, de un “método de pensamiento riguroso”, de un “arte de la reflexión” que hundía sus raíces en una actitud basada en el “asombro” y el “planteamiento de preguntas”. Éste es el tipo de definiciones que aún hoy seguirás encontrando diseminadas por los manuales de iniciación.
A pesar de todo el respeto que me inspiran personalmente las definiciones de este tipo, debo decir que no tienen mucho que ver con el fondo de la cuestión.
Es cierto que es deseable que en filosofía se reflexione. Que, a ser posible, se piense con rigor, en ocasiones incluso siguiendo un método crítico o planteando preguntas. Pero todo eso no es nada, absolutamente nada específico. Estoy seguro de que a ti mismo se te ocurren muchísimas otras actividades humanas que requieren del planteamiento de preguntas, o en las que uno debe esforzarse por argumentar lo mejor que sabe sin que ello implique que uno tenga que ser filósofo.
Los biólogos y los artistas, los médicos y los novelistas, los matemáticos y los teólogos, los periodistas e incluso los políticos reflexionan y se plantean preguntas. Sin embargo no son, que yo sepa, filósofos.
Voy a proponerte que nos alejemos de esos lugares comunes y aceptes provisionalmente, hasta que lo veas con más claridad por ti mismo, otro enfoque.
Partiremos de una consideración muy simple, pero que contiene el germen de la pregunta central de toda filosofía: el ser humano, a diferencia de Dios – si es que Dios existe – es mortal o, por decirlo como los filósofos, es un ser “finito”, limitado en el espacio y en el tiempo. Pero a diferencia de los animales, es el único ser que tiene conciencia de sus límites. Sabe que va a morir y que también morirán sus seres queridos. No puede evitar hacerse preguntas ante una situación que, a priori, resulta inquietante, por no decir absurda o insoportable. Y, evidentemente, ésta es la razón por la que en primer lugar se acerca a las religiones que le prometen la salvación.
Quiero que comprendas bien esta palabra – salvación – y también que entiendas como las religiones intentan hacerse cargo de las cuestiones que suscita. De hecho, lo más sencillo para empezar a definir la filosofía es, como tendrás ocasión de comprobar, ponerla en relación con el proyecto religioso.
Abre un diccionario y verás que el término “salvación” designa ante todo “el hecho de ser salvado, de escapar de un peligro o de una gran desgracia”. Muy bien, pero ¿de qué catástrofe, de qué peligro pretenden ayudarnos a escapar las religiones? Ya conoces la respuesta: evidentemente, se trata de la muerte. Ésta es la razón por la que todas se esfuerzan, de modos diversos, por prometernos la vida eterna, por asegurarnos que un día volveremos a reencontrarnos con aquellos que amamos, familiares, o amigos, hermanos o hermanas, maridos o esposas, niños o bebes, de los que la existencia terrena, ineludiblemente nos va a separar.
Hay que reconocer que esta idea tranquiliza bastante. En efecto, después de todo, ¿qué es lo que deseamos? No estar solos, ser comprendidos y amados, que no nos separen de nuestros seres queridos; resumiendo, no morir y que ellos tampoco mueran. Ahora bien, la vida real acaba frustrando un día u otro, todas esas esperanzas. Por eso, hay quien busca la salvación poniendo su confianza en un Dios y unas religiones que le aseguran que la alcanzará.
Pero para aquellos que no están convencidos, para los que dudan de verdad de estas promesas, el problema sigue ahí. Y es justamente donde la filosofía, por así decirlo, toma el relevo. La muerte en sí – este aspecto es crucial si quieres entender lo que es el campo de la filosofía – no es una realidad tan sencilla como por lo general se suele creer. La muerte es lo que atormenta a ese desgraciado ser finito que es el hombre, porque sólo él es consciente de que su tiempo es limitado, de que lo irreparable no es una ilusión, y puede que le haga bien reflexionar sobre lo que debe hacer en su corta vida. Edgar Allan Poe, en uno de sus poemas más famosos, encarnó esta idea de la irreversibilidad del curso de la existencia en un animal siniestro, un cuervo encaramado en el alféizar de una ventana, que sólo sabía decir y repetir una única fórmula: Never more (“nunca más”),
Lo que Poe quería decir con esta imagen es que la muerte pertenece al ámbito del “nunca más”. Es, en el seno mismo de la vida, lo que nunca volverá, lo que irreversiblemente sustituye a un pasado que uno no tiene oportunidad alguna de recuperar algún día. Puede tratarse de unas vacaciones de nuestra infancia, de lugares o amigos de los que uno se aleja para no volver, del divorcio de nuestros padres, de las casas o escuelas que una mudanza nos obliga a abandonar, o miles de otras cosas. Aunque se trate de la desaparición de un ser querido, todo aquello que pertenece al ámbito del “nunca más” forma parte del registro de la muerte.
Si lo consideras desde este punto de vista, verás qué lejos está la muerte de poder definirse exclusivamente como el final de la vida biológica. Para vivir bien, para vivir en libertad, para ser capaces de amar debemos, en primer lugar y ante todo, vencer el temor, o, mejor dicho, los temores, ya que las manifestaciones de lo irreversible son diversas. Es en este preciso punto donde existe entre religión y filosofía una discrepancia fundamental.
Al no lograr creer en un Dios salvador, el filósofo es, ante todo, aquel que cree que conociendo el mundo, comprendiéndose a sí mismo y a los demás, en la medida de que nos lo permite nuestra inteligencia, se puede llegar a superar los miedos, pero más que desde un fe ciega, desde la lucidez. En otras palabras, si las religiones se definen como la salvación a través de Otro (Dios), por la gracia de Dios, podríamos definir los grandes sistemas filosóficos como doctrinas de salvación por uno mismo, sin la ayuda de Dios.
En opinión de muchos filósofos el miedo a la muerte nos impide vivir bien. No es sólo que genere angustia. A decir verdad, la mayor parte del tiempo ni siquiera pensamos en ella, y estoy seguro de que no te pasas días meditando sobre el hecho de que los hombres son mortales. Pero si dotamos el problema de mayor profundidad, parece que la irreversibilidad del curso de las cosas, que es una forma de muerte en el corazón mismo de la vida, amenaza todos los días con arrastrarnos hacia una dimensión del tiempo que corrompe la existencia: la del pasado donde se alojan los grandes destructores de la felicidad que son la nostalgia y la culpabilidad, el arrepentimiento y los remordimientos.
La filosofía – todas las filosofías, por muy distintas que sean las respuestas que intentan aportar – también prometen ayudarnos a escapar de estos miedos primitivos. Comparte con las religiones, al menos en origen, la convicción de que la angustia nos impide vivir bien: no es ya que nos impida ser felices, es que tampoco nos deja ser libres. Éste es un tema omnipresente entre los primeros filósofos griegos: uno no puede ni pensar en actuar libremente cuando está paralizado por esa inquietud sorda que genera, por muy inconsciente que sea, el miedo a lo irreversible. Se trata, por tanto, de invitar a los seres humanos a “salvarse”.
Pero, como ya habrás comprendido a éstas alturas, esa salvación no puede proceder de Otro, de un ser trascendente (lo que significa “exterior y superior” a nosotros), debe provenir de nosotros mismos. La filosofía quiere que nos aclaremos recurriendo a nuestras propias fuerzas, con la simple ayuda de la razón o que, al menos aprendamos a utilizarla como es debido. Con audacia y con firmeza.
Filosofar en lugar de creer supone en el fondo – al menos desde el punto de vista de los filósofos, que no es el de los creyentes – preferir la lucidez al confort, la libertad a la fe. En verdad se trata, en cierto sentido, de “salvar el pellejo” pero no a cualquier precio.
Aunque la búsqueda de una salvación al margen de Dios esté en el corazón de todo gran sistema filosófico, aunque éste sea su objetivo final y último, no se podría alcanzar sin pasar por una reflexión profunda en torno a la inteligencia de lo que es – lo que, por lo general, solemos denominar teoría – y por lo que habitualmente llamamos ética.
La razón es fácil de entender.
Si la filosofía, al igual que las religiones, hace de la reflexión sobre la finitud humana su fuente más originaria - del hecho de que nosotros, simples mortales, tenemos los días contados y que somos los únicos seres en el mundo plenamente conscientes de ello - se desprende que no podamos eludir la cuestión de qué debemos hace en ese tiempo limitado. A diferencia de los árboles, las ostras o los conejos, no dejamos de hacernos preguntas sobre nuestra relación con el tiempo, sobre cómo debemos emplearlo o en que debemos ocuparlo, tanto si es por un lapso breve, la hora o la mañana que viene, como si se trata de un periodo más largo, el mes o el año en curso. Inevitablemente, quizá con ocasión de una ruptura, de un suceso brutal, acabamos preguntándonos qué hacemos, que podríamos o deberíamos hacer con nuestra vida.
En otras palabras, la ecuación “mortalidad + conciencia de ser mortal” es un cóctel que contiene el germen de todos los interrogantes filosóficos. Filósofo es aquel que, ante todo, piensa que no estamos aquí “de turismo”, para divertirnos. O mejor dicho, aunque en contra de todo lo que acabo de afirmar, acabará llegando a la conclusión de que lo único que merece la pena ser vivido es la diversión, esta certeza será el resultado de un pensar, de una reflexión y no de un reflejo condicionado. Lo que implica que ha tenido que recorrer tres etapas la de la teoría, la de la moral o la ética y finalmente, la correspondiente a la conquista de la salvación o la sabiduría.
Simplificando, se podría formular así el proceso: lo primero que hace la filosofía por medio de la teoría es hacerse una idea del “terreno de juego”, adquirir un conocimiento mínimo del mundo en el que se va a desarrollar nuestra existencia. ¿Qué parece ser hostil o amistoso, peligroso o inútil, armonioso o caótico, misterioso o comprensible, bello o feo? Si la filosofía consiste en la búsqueda de salvación, en la reflexión en torno al tiempo que va trascurriendo y que es limitado, no puede por menos que comenzar por hacerse preguntas sobre la naturaleza del mundo que nos rodea. Toda filosofía digna de tal nombre parte, por tanto, de las ciencias naturales que nos develan la estructura del universo: la física, las matemáticas, la biología, etcétera, pero asimismo de las ciencias históricas que arrojan luz sobre la historia de los hombres. “Aquí no entra nadie que no sea un geómetra” decía Platón a sus discípulos refiriéndose a su escuela, la Academia, y después de él ninguna filosofía ha pretendido jamás economizar medios a la hora de obtener conocimientos científicos. Pero debemos ir más lejos y preguntarnos también por los medios a nuestro alcance para conocer. Por lo tanto, la filosofía intenta, más allá de las consideraciones que forman parte de las ciencias positivas, comprender la naturaleza del conocimiento mismo, entender los métodos de los que se sirve. Por ejemplo: ¿cómo descubrir las causas de un fenómeno? Pero también se fija en los límites de la disciplina. Otro ejemplo: ¿Se puede demostrar la existencia de Dios?.
Estas dos preguntas, la de la naturaleza del mundo y la referente a los instrumentos que dispone la humanidad para llegar a conocer, también constituyen una parte esencial de la vertiente teórica de la filosofía.
Pero, evidentemente, además de por el terreno de juego, por el mundo y la historia en los que transcurrirá nuestra vida, debemos preguntarnos por el resto de los seres humanos, por aquellos con los que nos ha tocado jugar. Y no es ya por el hecho de que no estemos solos, sino porque, como demuestra algo tan simple como la educación, no podemos subsistir tras nacer sin la ayuda de otros humanos, para empezar de nuestros padres. ¿Cómo vivir con los demás, qué reglas de juego adoptar, cómo comportarnos de forma “vivible”, útil, digna, de forma simplemente justa en nuestras relaciones con los demás? De ésta cuestión se ocupa la segunda parte de la filosofía, una parte ya no teórica sino práctica que deriva, en un sentido amplio, de la esfera de la ética.
Pero ¿para qué conocer el mundo y su historia, para qué esforzarse en vivir en armonía con los demás? ¿Qué finalidad o qué sentido tienen todos esos esfuerzos? Además, ¿hay que buscarle un sentido? Todas esas preguntas, junto a otras del mismo tenor, nos remiten a la tercera esfera de la filosofía, la que se ocupa, como ya habrás podido deducir, de la salvación o de la sabiduría. Si la filosofía etimológicamente es “amor” (“philo”) a la “sabiduría” (“sophia”), debería autoanularse para dejar sitio, en la medida de lo posible, a la sabiduría misma, que es, sin duda, el fundamento de todo filosofar. Pues el ser sabio no consiste, por definición, en amar o buscar el ser. Ser sabio supone simplemente vivir sabiamente, feliz y libre en la medida de lo posible, tras vencer, finalmente, los miedos que la finitud despierta en nosotros.
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