miércoles, 11 de abril de 2012

CSV - CUARTOS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - LOS ORIGENES DE LA FILOSOFÍA

TEXTO 5: LOS ORÍGENES DEL PENSAMIENTO FILOSÓFICO.
AUTOR: Rafael Echeverría
LIBRO: Por la senda del pensar ontológico.


La filosofía como pensamiento genérico

La filosofía, a un nivel muy básico, nos es algo natural. Todo ser humano reflexiona sobre sus experiencias, sobre su práctica, sobre lo que le sucede en la vida. Pero puede hacerlo de dos maneras diferentes.

En una primera manera, puede reflexionar, por ejemplo, sobre el amor que siente por una determinada persona o por el amor que en pasado sintió por otra. Puede reflexionar también sobre el amor que percibe en una tercera persona. Todos estos ejemplos poseen un rasgo en común. Se trata de reflexiones sobre situaciones particulares concretas. Pero a partir de ellas, puede entrar también en una modalidad de pensar diferente y reflexionar sobre lo que es el amor en general.

Esta vez se despega del nivel particular concreto, se separa de las experiencias específicas anteriores y, aunque ellas estarán posiblemente en el trasfondo de su reflexión, hace un salto y se concentra en el amor como fenómeno general. En ese momento, aunque en forma embrionaria, se ha situado en el umbral del quehacer filosófico.

Cuando en ese primer nivel hablo, por ejemplo, del amor, veo aparecer mi amor por Cristina, por Ana, por Rosa, por Cecilia, etc. Cada uno de estos amores está definido por sus propias particularidades. Sin embargo, cuando paso al segundo nivel de reflexión, todas estas particularidades parecieran replegarse, todas ellas parecieran ahora converger al interior de un mismo y sólo fenómeno: el amor. De la multiplicidad de esas experiencias he transitado ahora al amor concebido como unidad.

Este es el rasgo fundamental del pensar filosófico. El pensamiento filosófico es un tipo de pensamiento que acomete esa operación reductiva, a través de la cual podemos ahora pensar la diversidad, la multiplicidad, como unidad. A través de la filosofía evitamos quedar atrapados en la particularidad de las experiencias concretas. Situados en ese camino es frecuente que primero pensemos esas experiencias como generalidad. Sin embargo, la generalidad no nos garantiza todavía el acceso a la unidad. Se trata tan sólo de un primer paso hacia ella. Al nivel de lo general la unidad sólo se expresa parcialmente. Se manifiesta como aquellos rasgos que las instancias diversas poseen en común y, por lo tanto, todavía predomina en este nivel la diversidad. Para acceder a la unidad es necesario dar un salto y despegarnos de la diversidad. La unidad instituye un principio diferente de organización del fenómeno al que éste, en su diversidad, ahora pareciera subordinarse.

Recapitulando, sostenemos que lo central del pensamiento filosófico es el hecho de que se trata de un pensar «genérico». Cada vez que pensamos genéricamente estamos en la senda que nos conduce al quehacer filosófico. Y este camino se basa en una operación de recurrencia ordinaria, que hacemos prácticamente todos los días. Reiteramos lo que dijimos al inicio: la filosofía se basa en una operación ordinaria que todos los seres humanos realizamos frecuentemente. Todo ser humano, por lo tanto, participa del trasfondo del que nace el quehacer filosófico. Lo que se propone este libro es permitirnos desarrollar en mayor plenitud una capacidad que poseemos y practicamos.

Los orígenes de la filosofía.

Es habitual escuchar decir que la filosofía nació en la antigua Grecia. En un determinado momento, en las colonias griegas de Asia Menor, surgieron algunos hombres que se hicieron una pregunta que obligaba a efectuar ese tránsito de la multiplicidad a la unidad. Fue la pregunta por lo que ellos llamaron el arché, el principio conductor de todas las cosas. Se trataba de encontrar aquel elemento al que todas las cosas podían ser reducidas, aquel elemento que se encontraba en el origen de todas ellas, aquel elemento que también conducía su desarrollo.

A partir de esta pregunta nace la filosofía por cuanto con ella nace esta operación que inaugura el pensamiento genérico. El pensamiento mitológico anterior, era un pensamiento por naturaleza concreto, que remitía siempre a situaciones particulares. Los griegos logran elevarse por sobre el carácter particular y concreto del pensamiento mitológico y comienzan a hablar en términos genéricos de una manera que no tenía precedentes.

De la apertura del continente filosófico, como veremos más adelante, nacerá casi simultáneamente un hijo ilustre: el pensamiento científico. El pensamiento científico es hijo del pensamiento filosófico. Se trata de un tipo de pensamiento genérico que produce la propia filosofía y que terminará por someterse a ciertos criterios particulares que terminarán por diferenciarlo del resto del pensamiento filosófico. Ello conducirá a algunos a separar filosofía y ciencia. Desde nuestra perspectiva esa separación no es radical. La ciencia ocupa un espacio en el amplio ámbito del pensamiento genérico y, como tal, es una forma particular del quehacer filosófico, aunque sus diferencias y antagonismos con otras modalidades de hacer filosofía devengan muy marcadas.

La encrucijada ontológica

Una vez que hemos entendido que la operación filosófica se caracteriza por el tránsito de la multiplicidad a la unidad, nos enfrentamos a un problema. Éste se refiere a la dirección que debe seguir ese tránsito o, dicho en otras palabras, en definir dónde cabe encontrar la buscada unidad. Se trata, de alguna forma, de determinar el criterio último de realidad que sostiene la multiplicidad de las cosas. Este problema lo llamamos la “encrucijada ontológica”.

El camino que adoptemos define nuestra opción ontológica. No es posible hacer filosofía sin seleccionar, de manera implícita o explícita, una determinada opción ontológica. Sostenemos que hay sólo tres posturas ontológicas básicas, tres alternativas de dirección. Curiosamente, las tres opciones fueron exploradas por los antiguos filósofos griegos. Desde entonces, no hemos encontrado que existan otras. Esto es lo que le permite sostener a Nietzsche el carácter arquetípico del pensamiento filosófico griego. De alguna manera, ellos marcaron a grandes trazos el conjunto del territorio filosófico y todo el desarrollo posterior de la filosofía se realizará al interior de este territorio ya demarcado.

Estos tres caminos son el camino físico o de la naturaleza, el camino que se dirige a un espacio que está más allá (meta, en griego) del mundo físico o natural y que llamamos el camino de la metafísica y, por último, el camino que le asigna a los seres humanos el ser ellos los que confieren la unidad y que llamaremos el camino antropológico. Las tres posturas ontológicas básicas son, por lo tanto, la física, la metafísica y la antropológica.

Los primeros filósofos que siguen la opción ontológica física son los llamados filósofos presocráticos que buscaban dentro de la naturaleza el arché, o principio de todas las cosas. Ellos son los que dan nacimiento a la filosofía y, al hacerlo, colocan también la semilla de lo que será posteriormente el pensamiento científico. Lo característico de éste ultimo tipo de pensamiento, el científico, es la sujeción a la norma de que las explicaciones genéricas de los fenómenos naturales debe realizarse acudiendo sólo a los propios fenómenos naturales.

En la medida que las explicaciones acudan a algo que trascienda los fenómenos de la naturaleza, tal pensamiento pudiendo seguir siendo filosófico, deja de ser científico. Dentro de los filósofos presocráticos, se iniciará un particular desarrollo que, apoyándose en lo que planteara Parménides, conducirá, pasando por Sócrates, al desarrollo de una opción ontológica diferente: la opción metafísica. Ésta opción, sin embargo, sólo se consolida con Platón y Aristóteles. Con ellos dos se sostiene, con toda claridad, que la unidad de la multiplicidad de los fenómenos remite a un dominio que trasciende la naturaleza, dominio al que sólo el pensamiento filosófico nos puede conducir y donde nos encontramos con el ser de las cosas y sus esencias últimas.Ésta es la realidad última de todas las cosas. Ellas, en su apariencia diversa y cambiable, no son sino expresiones de este nivel de realidad trascendente. Esta es la postura básica de la ontología metafísica.
Uno de los rasgos destacados de la opción metafísica es el cuestionamiento del estatuto de realidad del mundo sensorial. Este, pasa a ser concebido como ilusión, sombra o mera apariencia. Con ello se inicia inevitablemente un proceso de creciente divorcio entre el sentido común y este tipo de pensamiento filosófico, el cual comienza a convertirse en un dominio restrictivo para iniciados en la práctica intelectual de la filosofía. A partir de ese momento, la vida cotidiana toma un camino y la filosofía toma otro.

Pero se desarrollará también en Grecia una tercera opción, la opción ontológica antropológica. Ella será defendida por un movimiento filosófico que se desarrolla en el siglo V a.C., conocido como el movimiento sofista. Los sofistas diferían tanto de los filósofos físicos como de los metafísicos que se desarrollan con cierta posterioridad. Su principal objetivo no era descubrir el arché, ni acceder al ser de las cosas, sino enseñarle a la juventud las virtudes que les permitirían llegar a ser buenos y efectivos ciudadanos, lo que los griegos caracterizaban con el nombre de areté. De alguna forma, ellos fueron los primeros maestros profesionales, al interior de la modalidad que hoy asumen los maestros; seres que practicaban libremente la enseñanza, para lo cual solían viajar de una ciudad a otra.

La opción antropológica será articulada con gran claridad por uno de los más destacados sofistas: Protágoras. Éste sostiene que «el hombre es la medida de todas las cosas». Es interesante tomar en cuenta que la discusión del arché, que desplegaran los filósofos naturales o físicos, se identificaba muchas veces con el afán de determinar la medida de las cosas. Esa connotación la vemos presente, por ejemplo, en Heráclito que, reivindicando el papel del logos, lo concebía no sólo como principio rector de todas las cosas, sino también como razón, ley o medida.

Para los sofistas, la unidad no debemos buscarla en la naturaleza, ni fuera de ella. La unidad es algo que los seres humanos le confieren a las cosas. Será a partir del legado de los primeros filósofos físicos que se desarrollará la opción antropológica, de la misma manera como dentro de ellos, a través de Parménides, se desarrollaría más adelante la opción metafísica. Tal como Parménides representará dentro de los filósofos naturales un antecedente importante para la opción ontológica metafísica, Heráclito representará un antecedente importante para la opción ontológica antropológica. No en vano Heráclito nos señala que no se ha limitado a indagar en torno a los fenómenos de la naturaleza, sino que nos advierte que lo ha hecho también al interior de su propia naturaleza. Para Heráclito, la naturaleza incluye a los seres humanos. Al concebirlo así, postula un estrecho vínculo entre las opciones física y antropológica, que será determinante siglos más tarde.

El contexto del nacimiento de la filosofía.

El carácter de la filosofía en la Grecia clásica Resulta interesante examinar el papel que asumía la filosofía en la Grecia antigua. Éste difiere muy radicalmente del papel que ella asume posteriormente. Algunos rasgos importantes merecen ser destacados. El primero, y quizás más notable, es el hecho de que la filosofía no fue concebida inicialmente como una actividad propiamente académica, en el sentido que hoy le conferimos a este término. La filosofía era considerada como una reflexión al servicio de una vocación que nos conducía a vivir mejor. La filosofía era entendida como una forma de vida. El principal sentido para hacer filosofía era el de aprender a vivir mejor.

Lo anterior está ligado al hecho de que la filosofía es una actividad de la calle. Ella se realiza en la plaza, donde los ciudadanos se congregan para conversar y debatir sobre distintos temas que les inquietan. En algunas ocasiones la filosofía es llevada a las casas, donde se reúnen aquellos que están interesados en discutir sobre una temática particular. Pero se trata, por lo general, de una actividad pública, abierta a todos los ciudadanos.

Será a partir de la emergencia de la opción metafísica, con Platón y Aristóteles, que la filosofía inicia su enclaustramiento y se comienza a academizar. Había un antecedente para ello. Antes de los metafísicos, Pitágoras había creado con sus seguidores una suerte de secta secreta. El carácter público del quehacer filosófico es puesto en cuestión por los pitagóricos, que se concentran el Sur de Italia, lejos de Atenas. Esta experiencia tiene una importante influencia en Platón, quien, invocando a Pitágoras, crea la Academia y advierte en su puerta que sólo pueden entrar en ella los que sepan geometría. Con ello se excluye del quehacer filosófico a buena parte de los ciudadanos. Más adelante, Aristóteles creará el Liceo, otra modalidad de filosofía enclaustrada.

Pero el enclaustramiento del quehacer filosófico será por mucho tiempo un fenómeno aislado. Los estoicos, por ejemplo, cuya influencia filosófica se extiende en el tiempo, más allá de Platón y Aristóteles, se instalaban en un lugar del ágora (la plaza) ateniense, donde había un corredor conformado por columnas (stoa) bordeando una muralla con frescos de la batalla de Maratón. Epicuro optaba por algo diferente e invitaba a filosofar en un jardín. Con excepción de los claustros metafísicos, gran parte del quehacer filosófico se seguía realizando en espacios públicos o semipúblicos abiertos.

Otro aspecto importante de la filosofía clásica era su estrecho vínculo con el ciudadano de la polis. Ello se expresa de múltiples maneras. Una de ellas es la frecuente invitación que la ciudad le hace a los filósofos para que sean éstos quienes redacten sus leyes. Esto sucedió desde los tiempos de los más antiguos filósofos presocráticos. En el caso de los sofistas el vínculo era todavía más estrecho. Su filosofía estaba explícitamente dirigida a formar a los ciudadanos en la excelencia (areté). Lo mismo sucedía con Sócrates, cuya filosofía gira alrededor de importantes virtudes ciudadanas. La relación de éste con su ciudad es muy estrecha. No olvidemos que Sócrates, rechaza el consejo de sus discípulos de que se fugara para eludir la condena a muerte que se le había impuesto, por considerar que ello contravenía las leyes de la ciudad bajo las cuales él se había formado y que en todo momento había procurado servir.

Esta misma relación entre la filosofía y la polis podemos reconocerla en Platón, quién concibe la culminación de su filosofía con una reflexión sobre la República y sus leyes. En el caso de Aristóteles, este vínculo de la filosofía con la ciudad se manifiesta en su concepción de ser humano como «ser político» (zoon politikon). De allí que no resulte extraño que Aristóteles dedicara importantes años de su vida a formar a Alejandro, futuro soberano de Macedonia.

La crisis de las ciudades – estado griega y las nuevas filosofías helenísticas.

La crisis de la polis griega Bajo el gran imperio de Alejandro, la polis griega pierde su papel integrador y ordenador que la había caracterizado en el pasado. Se crea un nuevo orden político que cubre un amplio territorio geográfico, abarcando no sólo todo el Mediterráneo, sino que integrando a egipcios, a persas, a todo el Medio Oriente y llegando incluso hasta la India. Una gran parte del mundo se heleniza. Pero así como la influencia de la cultura griega llega a casi todos los rincones de ese mundo, ésta recibe a su vez la influencia de muy diversas culturas. Ello produce una polinización cultural cruzada que resultará particularmente fértil.

La crisis de la polis produce varios fenómenos interesantes. La ciudad deja de servir de referente, capaz de conferirle sentido a la vida de los individuos, como acontecía en el pasado. Ello impulsa a los individuos a volcarse al interior de ellos mismos. Por otro lado, faltando el referente que era la polis, surge, a nivel político, un fuerte sentido de cosmopolitismo. Los individuos se conciben ahora como ciudadanos del mundo. A un nivel intelectual, se produce un gran impulso para pensar genéricamente al ser humano. Las distinciones, tan importantes en el pasado, entre griegos y bárbaros, entre hombres libres y esclavos (de las que el propio Aristóteles no pudiera sustraerse), pierden la fuerza de antaño. Se produce, por lo tanto, un interesante proceso generalizador desde la propia práctica.

En ese contexto, la opción metafísica encuentra dificultades para desarrollarse. Las corrientes filosóficas que adquieren mayor fuerza durante este período serán bastante más afines a la opción ontológica antropológica. Las grandes corrientes filosóficas del mundo helenístico serán las de los estoicos, los epicúreos, los cínicos y los escépticos. La reflexión filosófica sobre la vida adquiere en todos ellos un papel central. Propio de estas corrientes será su anti-dogmatismo. Todo dogmatismo se suele estructurar alrededor de la noción de orden y el mundo de ese período es, por sobretodo, diverso y muy poco ordenado desde una perspectiva de unidad cultural.

La influencia de las corrientes filosóficas del mundo helenístico se extenderá al mundo romano posterior, el que será también muy poco afín a la sensibilidad metafísica. Roma privilegia los problemas más concretos relacionados con la preservación de orden social complejo, tanto en el período de la República como en la primera fase del Imperio. El caso de Roma posee algunos rasgos curiosos. El sistema romano afirma con mucha fuerza la importancia de un determinado orden político. Sin embargo, ese orden político logra convivir con una gran diversidad cultural. No existirá de parte de los romanos un intento de homogenizar culturalmente los diversos territorios que se encuentran bajo su dominio. El pensamiento metafísico queda recluido a los claustros metafísicos y de manera muy especial a la Academia originalmente fundada por Platón en Atenas. La filosofía metafísica, sin desaparecer, tiende a asumir una orientación cada vez más mística, llegando incluso a acercarse a un tipo de sensibilidad que provenía de los diversos cultos de misterio que entonces prevalecían, como eran los de Eleusis (que giran alrededor del culto de la diosa Démeter), la Cibele, Isis y Mitra, entre otros. La figura filosófica de Plotino es expresiva del desarrollo que entonces manifiesta el pensamiento metafísico.

La hegemonía metafísica a partir del desarrollo del cristianismo eclesial en la Edad Media

Desde el punto de vista de la historia de la cultura, el año 529 será el que mejor expresa el paso de la Antigüedad a la Edad Media. En ese año el emperador cristiano Justiniano decreta el cierre de la Academia platónica en Atenas. Ese mismo año, curiosamente, San Benedicto funda el primer convento benedictino de Monte Cassino, en el camino de Roma a Nápoles. Con ello, se sustituye un claustro pagano por un claustro cristiano. Atenas deja de ser la capital de la filosofía. Roma, sede principal del cristianismo, se convierte ahora progresivamente en el centro de la reflexión medieval.

Desde hacía ya más de cien años, el cristianismo buscaba apoyarse en la metafísica griega para conferirle un mayor sustento conceptual a su doctrina. Ello se había acentuado luego del triunfo, que en el siglo IV, habían logrado al interior del cristianismo las corrientes dogmáticas y eclesiales, permitiéndole a éste convertirse en la religión oficial del Imperio.

Como podemos reconocerlo a posteriori, la opción filosófica metafísica y el cristianismo eclesial tenían importantes afinidades.

Ambos ponían en cuestión este mundo, el mundo sensorial en el que desarrollamos la vida, y proclamaban la existencia de un mundo trascendente, reivindicándolo como el mundo real y verdadero.
Ambos mostraban un desprecio equivalente hacia aspectos inherentes de la existencia humana como lo eran las pasiones humanas (el mundo emocional) y el propio cuerpo humano.

Ambos proclamaban que la verdad era una, como era uno el Dios que se adoraba.

Ambos partían un marcado desprecio por la vida concreta de los seres humanos, vida que, sostenían, debía someterse a los criterios de otra vida que nos esperaba en el más allá, en una meta-vida.

Ambos trazan una clara línea de demarcación entre dos tipos muy diferente de individuos. Para los metafísicos, entre los filósofos iniciados en la verdad y el resto de los seres humanos. Para los cristianos eclesiales, entre los sacerdotes y sus fieles, entre el pastor y su rebaño.

La obra de Agustín había sido una de las primeras que había buscado integrar, ya desde fines del siglo IV, la metafísica de Platón con la doctrina cristiana. Platón había culminado su labor filosófica escribiendo La República, obra donde nos entrega una reflexión sobre cómo organizar y perfeccionar el ordenamiento de la ciudad. Para el espíritu griego, la polis, como hemos visto, representaba el referente fundamental de la existencia humana. Llegar a ser un ser humano ejemplar era equivalente para los griegos clásicos con devenir un ciudadano ejemplar. Establecer los criterios que aseguraran la mejor forma de organización de la vida ciudadana representaba por lo tanto un objetivo de la mayor importancia para Platón.

Agustín vive en una época diferente en la que la polis había entrado en crisis. Su orientación recogía, de la misma forma, la profunda influencia humanista que se desarrollara durante el helenismo. El mundo de las formas que Platón postulaba, oponiéndolo al mundo de las apariencias concretas, encontraba en Agustín una simetría con su visión cristiana que separaba, de igual manera, la vida histórica, concreta, de los seres humanos de la vida celestial más allá de la muerte. Agustín acepta que la polis histórica y el ideal de la república de Platón están en crisis y no son capaces de proveer el sentido de orientación que previamente proporcionaban. Sin embargo, en el otro mundo, sostiene Agustín, se levanta otra ciudad que sí provee las condiciones para hacer de referente en nuestras vidas: la ciudad de Dios, una polis metafísica, en el reino trascendente del más allá. Su visión representa el primer intento de importancia por fusionar la perspectiva metafísica con el cristianismo.

El segundo gran intento es aquel que, en el siglo XIII, realiza Tomás de Aquino. Éste se había formado precisamente en el convento benedictino de Monte Cassino, fundado en 529, año en el que Justiniano había decretado el cierre de la Academia en Atenas, en un esfuerzo por acabar con la influencia filosófica pagana de los griegos. Paradojalmente será en ese mismo convento donde, siete siglos más tarde, renacerá con gran vigor el espíritu metafísico que el emperador había buscado entonces exterminar. La metafísica pagana lograba sin embargo sobrevivir, transmutándose en metafísica cristiana.

La obra de Tomás de Aquino será muy diferente de la de Agustín. El espíritu humanista de éste último, heredado del helenismo, ya no está presente de la misma manera en Tomás. Esto facilita una integración más profunda entre el espíritu metafísico y el cristianismo. Sin embargo, a diferencia de lo que aconteciera con Agustín, que buscara apoyo en Platón, Tomás se apoya en Aristóteles. Su propuesta se articula en la doctrina escolástica, la que se apoderará muy pronto del corazón teológico de la Iglesia. Con ello se sella una alianza entre metafísica y cristianismo que, sin estar ajena a importantes variaciones posteriores, se mantiene hasta nuestros días.

Esta alianza no fue trivial. La Iglesia representaba entonces el centro intelectual del mundo occidental cristiano. Más allá de la Iglesia, no había en el Medioevo otras instituciones realmente significativas en las que se desarrollara pensamiento. Lo fundamental del pensamiento occidental, dentro del mundo cristiano, provenía de la Iglesia. Si bien estaban comenzando a nacer las primeras universidades europeas, ellas lo hacían fuertemente vinculadas a la propia Iglesia. En la Edad Media, por lo tanto, primero a través de Agustín y luego a través de Tomás, se integran el cristianismo y la perspectiva metafísica, constituyendo un eje hegemónico que dominará por siglos el espacio cultural del mundo occidental al punto de convertirse en el sustrato más profundo de nuestro sentido común. La mirada metafísica deja de ser privativa de los filósofos o teólogos. Todos, de una u otra forma, devinimos metafísicos. Los presupuestos de la metafísica se convirtieron en una suerte de «segunda naturaleza» de los hombres y mujeres del mundo occidental, aunque no seamos claramente conscientes de ello.

Un documental sobre echeverría, ver la primera parte sobre la metafísica.

¿Que es el Ser Humano? from Newfield Consulting on Vimeo.


Programa de Fernando Savater, La Aventura del Pensamiento......primer capitulo sobre Platón.

CSV - CUARTOS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - LOS MITOS

TEXTO 4: LA SABIDURÍA DE LOS MITOS.
AUTOR: LUC FERRY.
LIBRO: “APRENDER A VIVIR II”.
AÑO: 2009


Centenares, incluso millares de obras y artículos se han consagrado a la única cuestión del estatus de los mitos griegos: ¿Hay que clasificarlos bajo el epígrafe “cuentos y leyendas”? ¿O en la sección religiones? ¿Al lado de la literatura y la poesía? ¿O mejor en las esferas de la política y la sociología? La respuesta que aporto en este libro es muy clara: en primer lugar y ante todo, la mitología, tradición común a toda una civilización y religión politeísta, no es por ello menos una filosofía hecha relato, un intento grandioso con intención de responder de manera laica a la cuestión de la buena vida por medio de lecciones de sabiduría vivas y carnales, vestidas de literatura, poesía y epopeyas, y no enunciadas dentro de argumentaciones abstractas. En mi opinión, es esta dimensión indisolublemente tradicional, poética y filosófica de la mitología la que hace que todavía tenga para nosotros interés y encanto.

La mitología nos suministra mensajes de una profundidad sorprendente, perspectivas que abren a los humanos las sendas de una vida buena sin recurrir a las ilusiones del más allá, una manera de enfrentar la “finitud humana”, de plantar cara al destino sin sostenerse en los consuelos que las grandes religiones monoteístas pretenden aportar a los hombres apoyándose en la fe. La mitología esboza, tal vez por primera vez en la historia de la humanidad, los lineamientos de lo que he denominado una “doctrina de la salvación sin Dios”, una “espiritualidad laica”, o si se quiere todavía con más simplicidad, una “sabiduría para los mortales”. Representa de este modo un intento admirable con vistas a ayudar a los hombres a “salvarse” de los miedos que les impiden acceder a una buena vida.

Para comprender bien esta articulación entre mitología y filosofía, para medir el significado y la importancia de las lecciones de vida que van a aportar las dos, cada una a su manera pero ligadas entre ellas, hay que partir de la idea de que a los ojos de los griegos el mundo de los seres conscientes, de las personas, se divide antes que nada entre mortales e inmortales, entre hombres y dioses.

La principal característica de los dioses es que escapan a la muerte: en cuanto nacen (pues no han existido siempre), viven eternamente y lo saben, por lo que según los griegos son “bienaventurados”. Por supuesto, de vez en cuando pueden tener problemas, como Hefestos (o Vulcano) cuando descubre que su mujer, la sublime Afrodita, diosa de la belleza y el amor, le engaña con su compañero de guerra, el terrible Ares (Marte). A veces los bienaventurados son desgraciados. Sufren como mortales, experimentan pasiones como ellos: amor, celos, odio, ira,…suelen mentir y ser castigados por el dueño de todos, Zeus. Pero al menos hay un sufrimiento que desconocen y es sin duda el más funesto de todos: aquél que está ligado al miedo a la muerte, pues para ellos el tiempo no cuenta, nada es definitivo, irreversible, irremediablemente perdido, lo que les permite afrontar las pasiones humanas con una altura de miras y una distancia a las que nosotros no podríamos aspirar. En su esfera todo puede acabar por arreglarse un día u otro.

Nuestra principal característica, simples humanos que somos, es a la inversa. Al contrario que los dioses y los animales, somos los únicos seres de este mundo que tienen plena conciencia de lo Irremediable, por el hecho de que vamos a morir. No solamente nosotros, sino además también los que amamos: nuestros padres, nuestros hermanos y hermanas, nuestras mujeres y nuestros maridos, nuestros hijos, nuestros amigos… Constantemente sentimos que el tiempo pasa y que, sin duda, a veces nos aporta mucho – la prueba: amamos la vida -, pero inevitablemente también nos quita lo que más queremos. Y aunque parezca mentira, somos los únicos que notamos con una intensidad sin igual que en nuestras existencias hay, incluso antes del término último que es la muerte propiamente dicha, lo irreversible, lo irreparable, lo “nunca más”.
Los dioses no padecen nada de esto y con razón, ya que son inmortales. En cuanto a los animales, en la medida en que podamos valorarlos, apenas piensan en esos asuntos, y si a veces son conscientes un instante fugaz, es sin duda de forma muy confusa y sólo cuando el fin es inminente. Por el contrario, los humanos son como Prometeo, uno de los personajes más importantes de la mitología: piensan “por anticipado”, son “seres de lejanías”. Siempre tratan más o menos de anticipar el futuro, reflexionan sobre ello, y como saben que la vida es corta, y escaso el tiempo, no pueden evitar preguntarse qué hay que hacer…

Hay dos formas de enfrentar nuestra “finitud”. Se puede en primer lugar intentar tener hijos o como se dice con mucha propiedad, una “descendencia”. ¿Cuál es la relación de esa descendencia con el deseo de eternidad que alumbra en nosotros la contradicción entre la certeza de la muerte y el placer de la vida? En realidad es muy directa, pues sabemos muy bien que a través de nuestros hijos, algo de nosotros continúa sobreviviendo más allá de nuestra desaparición. En lo físico y en lo moral: los rasgos del cuerpo y del rostro, así como los del carácter, se encuentran siempre más o menos en aquellos que hemos criado y amado. La educación siempre es una transmisión y toda transmisión es en cierto modo una prolongación de uno mismo que nos rebasa y no muere con nosotros. Dicho esto, sean cuales sean la grandeza y las alegrías de la vida de los padres – las preocupaciones también…- sería absurdo pretender que basta con tener hijos para acceder a la vida buena. Menos aún para superar el miedo a la muerte. Todo lo contrario. Pues esta angustia no nace principalmente de uno mismo sino que atañe a los que amamos, empezando por los hijos.

Así pues, es necesaria otra estrategia: la del heroísmo y la gloria que proporciona. He aquí la idea que se esconde detrás de esta convicción singular: el héroe que lleva a cabo acciones impensables para los simples mortales – como Aquiles, Ulises, Heracles, Jasón – escapa al olvido que normalmente engulle a los hombres. Se aleja del mundo de lo efímero, de lo que no tiene más que un tiempo, para entrar en una especie, si no de eternidad, a menos de perennidad que lo asemeja en cierto modo a los dioses. No hay equivoco: esta gloria, en la cultura de los griegos no es equivalente de lo que hoy podríamos llamar “notoriedad mediática”. Se trata de otra cosa, más profunda, que procede de esa convicción que atraviesa toda la antigüedad según la cual los humanos están en competencia permanente no sólo con la inmortalidad de los dioses, sino también con la de la naturaleza. Intentemos resumir en unas palabras el razonamiento que sirve de base a este pensamiento crucial.

En primer lugar hay que recordar que, en la mitología, al principio, la naturaleza y los dioses son una sola cosa. Gea por ejemplo, no es sólo la diosa de la tierra ni Urano el dios del cielo o Poseidón el del mar: son la tierra, el cielo y el mar, y a los ojos de los griegos está claro que estos grandes elementos son eternos al igual que los dioses que los personifican. Tratándose de la naturaleza, esta perennidad está, además, prácticamente demostrada y se puede verificar experimentalmente. ¿Cómo se sabe? Al menos, en un primera aproximación, mediante la simple observación. En efecto, todo en la naturaleza es cíclico. Invariablemente, el día sucede a la noche, y la noche al día; el buen tiempo acaba siempre por llegar después de la tormenta, como el verano después de la primavera y el otoño después del verano. Los principales acontecimientos que marcan la vida del mundo natural evocan, por así decirlo, nuestros recuerdos. Siempre van a volver a ocurrir, no los podemos olvidar. Por el contrario, en el mundo humano, todo pasa, todo es perecedero, la muerte y el olvido terminan por llevárselo todo: las palabras que se pronuncian así como las acciones que se llevan a cabo. Nada es duradero… ¡salvo la escritura!

Así es, los libros se conservan mejor que las palabras, mejor que los hechos y que los gestos y si, por sus acciones heroicas, por la gloria que proporcionan, uno de los héroes – Aquiles, Heracles, Ulises u otro – logra convertirse en el protagonista de una historia u de un relato literario, entonces sobrevivirá en cierto modo a su desaparición, aun cuando no fuera más que por el recuerdo que permanece en nuestras mentes.
Sin embargo, a pesar de la fuerza de convicción subyacente a esta apología de la gloria hecha perenne mediante la escritura, la cuestión de la salvación – lo que nos puede salvar de la muerte o, al menos, de los miedos que ella suscita – no está todavía zanjada.

De ahí el interrogante fundamental, el interrogante al cual es preciso responder si queremos comprender al mismo tiempo el sentido filosófico y el hilo conductor más profundo de los mitos griegos: si la descendencia y el heroísmo, la filiación y la gloria, no permiten afrontar la muerte con más serenidad, si no proporcionan un acceso verdadero a la vida buena, ¿Hacia qué sabiduría dirigirse? Ésta es la cuestión más importante, cuestión que la mitología va a legar, por así decirlo, a la filosofía. En muchos de sus conceptos más antiguos, y en el principio de su historia, la filosofía no será más que una continuación de las ideas de la mitología por otras vías: las de la razón. Unirá de manera indisoluble las nociones de “vida buena” y sabiduría a la de una existencia reconciliada con el universo, con lo que los griegos denominan “el cosmos”. La vida en armonía con el orden cósmico, he aquí la verdadera sabiduría, la vía autentica de salvación en el sentido de lo que nos salva de los miedos y nos hace así ser más libres y abiertos a los demás.

En la mayor parte de la tradición filosófica griega hay que imaginar el mundo antes que nada como un orden magnífico a la vez que armonioso, justo, bello y bueno. Eso es exactamente lo que designa la palabra cosmos. En opinión de los estoicos, por ejemplo, a los que con mucha razón se refiere el poeta latino Ovidio en sus Metamorfosis (obra en la que reinterpreta los mitos que tratan del nacimiento de mundo) el universo se asemeja a un organismo vivo magnífico. Para hacerse de una idea de ello, puede comparársele casi enteramente con lo que un médico, fisiólogo o biólogo descubre cuando diseca un conejo o un ratón. ¿Qué es lo que ve? En primer lugar, que cada órgano esta maravillosamente adaptado a su función: ¿hay algo mejor que un ojo para ver, que los pulmones para oxigenar los músculos, que el corazón para irrigarlos de sangre? Todos estos órganos son mil veces más ingeniosos, más armoniosos y también más complejos que todas las maquinas concebidas por los hombres. Pero, además, nuestro biólogo llega a otra conclusión: ve que el conjunto de esos órganos, que ya considerados por separado son asombrosos, forma un todo coherente, “lógico” – en el sentido de lo que los filósofos estoicos denominaban el logos: el ordenamiento coherente del mundo y el discurso sobre él- infinitamente superior a todas las invenciones humanas. Desde ese punto de vista, hay que reconocer que la creación de un animal, siquiera el más humilde, una hormiga, un ratón o una rana, está todavía en nuestros días fuera del alcance de nuestros laboratorios científicos más sofisticados.
La idea fundamental aquí es que en ese orden cósmico, que más adelante desvelará la teoría filosófica – veremos cómo, según los grandes relatos mitológicos, Zeus acabará por imponer ese orden en el transcurso de las guerras que deberá dirigir contra las fuerzas del caos – cada uno de nosotros posee su sitio, su “lugar natural”. Desde ese punto de vista, la justicia y la sabiduría consisten fundamentalmente en el esfuerzo que hacemos para acoplarnos en él. Debemos encontrar nuestro lugar en la vida y retornar a él so pena de no estar en condiciones de cumplir nuestra misión en el seno del universo y de ser entonces desgraciados: he aquí un mensaje que la filosofía griega, al menos en su mayor parte, va a poder extraer de la mitología.

Detrás de esta voluntad de adaptarse al mundo, de encontrar su justo lugar en el seno de todo orden cósmico, se esconde en realidad una idea más oculta que se acerca a nuestro interrogante sobre el sentido de la vida de los mortales, de los que saben que van a morir: el mensaje consiste en pensar que el cosmos es eterno. Una vez incorporado al cosmos, una vez que su vida entra en armonía con el orden cósmico, el sabio comprende que nosotros, hombrecillos mortales, no somos en el fondo más que un fragmento suyo, un átomo de eternidad, por así decirlo, un elemento de una totalidad que no podría desaparecer, de modo que, en última instancia, la muerte deja de ser un problema para el sabio auténtico porque ya no tiene nada verdaderamente real. O mejor dicho, no es más que el paso de un estado a otro, un paso que como tal, no debe asustarnos más.

De ahí el hecho de que los filósofos griegos recomienden a sus discípulos que no se contenten con palabras, que no se limiten a meros discursos abstractos, sino que practiquen concretamente ejercicios que tiendan a ayudar a los mortales a liberarse de los miedos absurdos ligados a la muerte a fin de vivir en “armonía con la armonía”, es decir, en consonancia con el cosmos.
Está claro que eso no es más que una formulación completamente abstracta y, por así decirlo, reducida de esta sabiduría antigua. En la realidad de la vida humana, el trabajo que consiste en adaptarse al mundo consta de múltiples facetas. Es un trabajo singular en todos los sentidos del término, una tarea fuera de lo común: sólo los que aspiran a la sabiduría van a comprometerse, y ésta tarea al “común de los mortales”, precisamente le es ajena. Pero también es una empresa singular en el sentido de que cada uno de nosotros debe comprometerse por su propia cuenta y a su manera. Ninguno puede, en nuestro lugar, recorrer el itinerario que conduce a vencer sus miedos para adaptarse al mundo y encontrar en él su lugar. El objetivo último, formulado de manera general es la armonía, pero cada individuo debe buscar su forma de conseguirla. Encontrar su senda, que no es la de los otros, puede por lo tanto constituir la tarea de toda una vida.

un par de videos explicativos sobre los mitos.



CSV - CUARTOS MEDIOS - PRIMER TRIMESTRE 2012 - TEXTOS DE ESTUDIO Y LECTURA - ¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA?

TEXTO 1: INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA.
AUTOR: ANDRÉ COMTE – SPONVILLE.
LIBRO: INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA
EDITORIAL: PAIDÓS
AÑO: 2002


Filosofar es pensar por uno mismo; pero nadie puede lograrlo verdaderamente sin apoyarse en el pensamiento de otros, especialmente en el de los grandes filósofos del pasado. La filosofía no es solamente una aventura; es también un trabajo que no puede llevarse a cabo sin esfuerzo, sin lecturas, sin herramientas. Los primeros pasos suelen ser arduos y desaniman a más de uno.
No hay una edad determinada para filosofar. Sin embargo, los adolescentes, más que los adultos, necesitan ser guiados en esta tarea.

¿Qué es la filosofía? La filosofía no es una ciencia, ni siquiera un conocimiento; no es un saber entre otros: es una reflexión sobre los saberes disponibles. Por eso la filosofía no se aprende, decía Kant: sólo podemos aprender a filosofar. ¿Cómo? Filosofando por nosotros mismos: preguntándonos por nuestro propio pensamiento, por el pensamiento de los demás, por el mundo, por la sociedad, por lo que la experiencia nos enseña, por lo que ésta nos oculta. … Lo deseable es que, durante este camino, demos con las obras de tal o cual filósofo profesional. De ser así pasaremos mejor, con más fuerza, con mayor profundidad. Iremos más lejos y más rápidamente. Cada lectura, cada filósofo, cada autor, añadía Kant, “no hemos de considerarlo como el modelo del juicio, sino simplemente como una ocasión para realizar nosotros mismos un juicio sobre él, o incluso contra él”. Nadie puede filosofar por nosotros. Obviamente la filosofía tiene sus especialistas, sus profesionales, sus enseñantes. Pero la filosofía no es fundamentalmente una especialidad, ni un oficio, ni una disciplina universitaria: es una dimensión constitutiva de la existencia humana.

Desde el momento en que somos seres dotados de vida y de razón, todos nosotros, inevitablemente nos vemos confrontados con la tarea de articular entre sí estas dos facultades. Y ciertamente podemos razonar sin filosofar (en las ciencias, por ejemplo), vivir sin filosofar (en la ignorancia o en la pasión, por ejemplo). Pero, sin filosofar, no podemos en absoluto pensar nuestra vida y vivir nuestro pensamiento: la filosofía es precisamente esto.

La biología jamás enseñará a un biólogo como tiene que vivir, ni si hay que hacerlo, ni siquiera si hay que ser biólogo. Las ciencias humanas jamás nos enseñarán el valor de la humanidad, ni su propio valor. Por eso hay que filosofar: porque hay que reflexionar sobre lo que sabemos , sobre lo que vivimos, sobre lo que queremos y porque, para ello, ningún saber nos es suficiente ni nos dispensa de hacerlo. ¿El arte? ¿La religión? ¿La política? Son materias muy importantes, pero también ellas han de ser objeto de reflexión, es algo que ningún filósofo pondrá en duda. Pero reflexionar sobre la filosofía no es salir de ella sino entrar en ella.

¿Por qué vía? Yo he seguido aquí la única que conocía verdaderamente, la de la filosofía occidental. Esto no significa que no haya otras, Filosofar es vivir con la razón, que es universal. ¿Cómo podría ser la filosofía exclusividad de alguien? Nadie ignora que existen otras
tradiciones especulativas y espirituales, sobre todo en Oriente. Pero no es posible abarcarlo todo, y sería un tanto ridículo por mi parte aspirar a presentar pensamientos orientales que, en su mayoría sólo conozco indirectamente. No creo en absoluto que la filosofía sea exclusivamente griega y occidental. Pero de lo que estoy totalmente convencido, es de que, en Occidente y desde los griegos, existe una inmensa tradición filosófica, que es la nuestra, y es hacia ella, y en ella, adonde quisiera guiar a mi lector.

Vivir con la razón, decía anteriormente. Esto indica una dirección, que es la de la filosofía, pero no puede agotar su contenido. La filosofía es un preguntar radical, la búsqueda total o última (y no, como en las ciencias, de tal o cual verdad particular); creación y utilización de conceptos (aunque esta práctica también exista en otras disciplinas) reflexividad (un volver del espíritu o de la razón sobre sí mismos: pensamiento del pensamiento), reflexión sobre la propia historia y sobre la de la humanidad; búsqueda de la mayor coherencia posible, de la mayor racionalidad posible (es el arte de la razón, si se quiere, pero que desemboca en un arte de vivir); es en ocasiones, construcción de sistemas; es, siempre elaboración de tesis, argumentos, teorías … Pero la filosofía es también, y quizás fundamentalmente, critica de las ilusiones, de los prejuicios, de las ideologías. Toda filosofía es una lucha. ¿Sus armas? La Razón. ¿Sus enemigos? La ignorancia, el fanatismo, el oscurantismo, - o la filosofía de los demás -. ¿Sus aliados? Las ciencias ¿Su objeto? La totalidad, con el hombre en su seno. O el hombre, pero en el seno de la totalidad. ¿Su meta? La sabiduría, la felicidad, pero en el seno de la verdad. Hay trabajo para rato, como suele decirse; tanto mejor: ¡los filósofos son gente muy dispuesta!

En la práctica, los temas de la filosofía son innumerables: nada humano o real le es ajeno. Esto no significa que todos ellos tengan la misma importancia. Kant, en un célebre pasaje de su “Lógica”, resumía el ámbito de la filosofía en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me está permitido esperar? ¿Qué es el hombre? “Las tres primeras preguntas de resumen en la última”, subrayaba. Pero todas ellas desembocan, añadiría yo, en una quinta pregunta, que es sin duda, filosófica y humanamente, la cuestión principal: ¿cómo he de vivir? En cuanto se intenta dar una respuesta inteligente a esta pregunta se está haciendo filosofía. Y como es imposible evitar planteársela, hemos de concluir que la única forma de sustraerse a la filosofía es la ignorancia o el oscurantismo.

¿Hemos de filosofar? Desde el momento que nos planteamos esta pregunta – en cualquier caso desde que intentamos responder a ella con seriedad - ya estamos filosofando. Esto no significa que la filosofía se reduzca a su propia interrogación, y todavía menos a su autojustificación. Pues también filosofamos, más o menos, bien o mal, cuando nos preguntamos (de forma a la vez racional y radical) por el mundo, por la humanidad, por la felicidad, por la justicia, por la libertad, por la muerte, por Dios, por el conocimiento… ¿Y quién podría renunciar a hacerlo? El ser humano es un animal filosofante: sólo puede renunciar a la filosofía renunciando a una parte de su humanidad.

Así pues, hemos de filosofar: hemos de pensar tanto como podamos, y mejor de lo que sepamos. ¿Con qué fin? Para lograr una vida más humana, más lúcida, más serena, más razonable, más feliz, más libre… es lo que tradicionalmente denominamos sabiduría, que sería una felicidad sin ilusiones y sin mentira. ¿Podemos alcanzarla? Jamás por completo, sin duda. Pero esto no impide que la busquemos, ni que nos aproximemos a ella. “La filosofía – escribe Kant – es para el hombre un esfuerzo por alcanzar la sabiduría, esfuerzo que nunca acaba”. Razón de más para ponernos a trabajar. Se trata de pensar mejor para vivir mejor. La filosofía es este trabajo; la sabiduría, este reposo.

¿Qué es la filosofía? Hay tantas respuestas, o casi tantas como filósofos. Pero esto no impide que dichas respuestas coincidan o confluyan en lo esencial. Por mi parte, desde mis años de estudiante, siento debilidad por la respuesta de Epicuro: “la filosofía es una actividad que mediante discursos y razonamientos, nos procura la vida feliz”. Esto es definir la filosofía por su mayor logro (la sabiduría, la beatitud), y, aunque ese logro nunca sea completo, es mejor que encerrarla en sus fracasos. La felicidad es la meta; la filosofía, el camino. ¡Buen viaje a todos!



TEXTO 2: ¿POR QUÉ FILOSOFAR?
AUTOR: OTFRIED HOFFE
LIBRO: BREVE HISTORIA ILUSTRADA DE LA FILOSOFÍA
AÑO: 2000


Esperamos de la filosofía que plantee preguntas fundamentales para darles respuestas igualmente fundamentales. En efecto, La filosofía se ocupa de cuestiones de principio que urgen, incluso, a toda la humanidad y pueden concentrarse en tres interrogantes decisivos: 1) ¿Qué es la naturaleza y qué podemos saber de ella? 2) ¿Cómo debemos vivir en cuanto individuos y en cuanto comunidad? 3) ¿Qué debemos esperar de una buena existencia, en esta vida o en la futura?. A estas preguntas se suman otras que preocupan a épocas concretas, como la relación entre razón y revelación o la relativa a si existe un progreso en la historia.

Algunos tienen a los filósofos por personas ajenas a la vida real. Sin embargo, quién examine más en detalle esas preguntas que ellos plantean y que afectan a la humanidad en general, descubrirá enseguida cuestiones parciales o subordinadas que nada tienen de ajeno a la realidad: 1a) ¿Hay una materia originaria o básica constitutiva de la totalidad de la naturaleza?; ¿existe eso que significa la palabra “átomo” en sentido literal: un componente único e indivisible de la naturaleza? 1b) ¿Es la naturaleza espacial y temporalmente infinita, o, por el contrario, finita, y por lo tanto, obra de un creador, de una divinidad? Es posible que estas preguntas no tengan relevancia existencial, pero no cabe duda de que las siguientes si la tienen: la cuestión referente a 2a) al bien y al mal 2b) a la libertad, sobre todo la libertad de la voluntad, y 2c) la que inquiere por la justicia del derecho y el Estado. Para terminar también queremos saber 3a) si nuestro bienestar, la felicidad, depende de nuestro buen comportamiento, de una vida moralmente buena: ¿es rentable la honradez moral o, por el contrario, la persona honrada es, en definitiva, un tonto? 3b) Y, en el caso de que la compensación no se dé “en esta vida” ¿hay esperanza de un alma inmortal, una vida eterna y una recompensa en el más allá? Aunque es posible eludir estas preguntas resulta difícil negarlas. Así pues tenemos derecho a decir que es necesario filosofar. La filosofía no quiere hechizar el mundo en que vivimos ni darle hondura mística. Tampoco crea ilusiones, sino que busca, más bien, respuestas convincentes a ciertas preguntas básicas que apenas podemos evitar. Es cierto que en esa búsqueda puede verse obligada a alterar el horizonte de expectativas de las respuestas y, en más de una ocasión, incluso las propias preguntas.

En sentido estricto y riguroso, la filosofía es relativamente joven, y según los datos de las fuentes transmitidas, no tiene mucho más de dos milenos y medio. Sin embargo, las preguntas inevitables se plantearon hace mucho antes y se siguieron tratando posteriormente fuera de la filosofía. Por consiguiente, es necesario disponer al menos de una segunda razón para filosofar: la filosofía comienza a desarrollarse allí donde la gente se siente insatisfecha por la manera en que se han planteado esas preguntas o cómo se les ha dado respuesta hasta entonces. A partir de un descontento fundamental, de una crítica radical, se establece un nuevo estilo de preguntas y respuestas, un nuevo modo de abordar la realidad y hablar de ella.

Los filósofos no suelen narrar, en general, aquello que los griegos llamaban “mitos”: historias sobre dioses y héroes o sobre el principio y el orden tanto de la naturaleza como de la sociedad. Tampoco apelan a una revelación religiosa, a una palabra de Dios o a una transmisión, a una tradición. Aunque se ocupen de todo ello, trabajan exclusivamente con los medios de la razón humana: con conceptos (idóneos), con razonamientos y argumentos (explicativos y no contradictorios) y con experiencias elementales, como por ejemplo, la de que existe un mundo poblado por seres diversos y que entre ellos hay ciertos seres capaces de hablar y pensar. Los filósofos buscan en esos tres “medios” – el concepto, el argumento y la experiencia – una validez amplia, a menudo incluso universal. Pero aunque no la consiguen, se espera que obtengan al menos la “hermana menor” de esa validez: una “posibilidad de comprobación general” Dado que cada uno de esos tres medios filosóficos existe en múltiples formas, la filosofía amplía pronto su campo de acción para buscar una relación ordenada. Los griegos llamaban logos tanto a los conceptos como a los argumentos y, muy en especial, a su orden y su forma verbal. El elixir de la vida de la filosofía es el logos, con sus cuatro facetas: el concepto, la argumentación, el orden lógico y el lenguaje. El lenguaje convierte el filosofar en dialogo e, incluso, en polémica, en discusión tanto con los contemporáneos como con los grandes filósofos de la historia. En efecto, la filosofía no está compuesta por un tesoro de verdades eternas, sino que consiste en una búsqueda realizada con otros y contra otros, sin que en ese proceso podamos dar por supuesto un progreso lineal.

Pero los conceptos y los argumentos surgen ya en la vida cotidiana; y lo mismo podemos decir de las ciencias. Así pues para que la filosofía sea algo peculiar, se requerirá un tercer motivo: se llega a filosofar en aquellos casos en que alguien reúne el valor suficiente y, al mismo tiempo, desarrolla la capacidad debida para llevar al límite ciertas preguntas fundamentales planteadas en la existencia diaria y en las ciencias – “¿qué es lo correcto?”, “¿qué es algo en concreto?”; y, tanto para una como para la otra cuestión “¿por qué?” -. En tales casos, nada se sustrae a sus penetrantes preguntas sobre el qué y el porqué, pues cuestionan hasta lo más obvio, incluida la propia tradición. La autocrítica es un componente esencial de la filosofía.

Pero ¿por qué hay que llevar al límite las preguntas sobre el qué y el porqué?; ¿por qué debemos calar cada vez con más hondura? Las respuestas son diferentes en cada caso concreto --. Así lo muestra la historia; sin embargo hay una fuerza común que las impulsa: el ansia de saber. Una de las principales obras filosóficas de Aristóteles, la Metafísica, comienza acertadamente con esta frase “Todos los seres humanos aspiran por naturaleza al conocimiento”. La filosofía no pretende más – pero tampoco menos – que desplegar plenamente un impulso natural, la curiosidad intelectual.

El resultado no es una ventaja en el sentido corriente del término, una utilidad, más allá del pleno del saber. La filosofía no busca desarrollar un conocimiento especial paralelo al de otros ámbitos del saber, sino llevar a su plenitud la vocación de conocimiento inherente al ser humano. Por lo demás, un saber no utilitario no constituye ninguna novedad. Al contrario, todos conocemos qué es un saber como un fin en sí mismo: y así lo percibimos en los placeres sensoriales: en el goce de la vista, el oído, el gusto y el tacto. No es casual que un elemento de la filosofía, el concepto, derive etimológicamente de la actividad con que los lactantes exploran el mundo, es decir, de la palabra latina que significa “tomar”, “asir”, “agarrar”.

A quien domina plenamente un saber o una destreza lo llamamos “maestro”; los griegos le daban el nombre de sophos: “sabio”. Mientras que otros son maestros en un oficio, en asuntos legales (“juristas”) en la curación de enfermedades (“médicos”) o en cuestiones políticas (“políticos”), los filósofos buscan la maestría en el saber. Y dado que se trata de algo muy difícil de lograr, los filósofos, siguiendo a Platón, no reivindican a la sophia misma, sino sólo la philosophía: el amor a la sabiduría. El prefijo philo – expresa también, no obstante, la familiarización con lo presente y no el afán de conseguir algo inalcanzable. Para Platón el philosophos es un philomathés, alguien que encuentra en aprender un placer que nunca le sacia. A ello se añade un segundo factor: por lo común nuestros conocimientos son sólo competentes en un ámbito restringido, mientras que la filosofía busca una comprensión competente de todo y en general: un saber sobre la totalidad de la naturaleza, un saber sobre lo que es bueno y justo de manera universal y absoluta; y, en particular un saber sobre el propio saber. La filosofía intenta explicar qué es un concepto apropiado y una argumentación bien fundada, y cómo se organizan conceptos y argumentos en una relación ordenada.


TEXTO 3: LA FILOSOFÍA ES APRENDER A MORIR.
AUTOR: LUC FERRY.
LIBRO: “APRENDER A VIVIR. FILOSOFÍA PARA MENTES JÓVENES.
AÑO: 2007 


La pregunta evidente “¿qué es la filosofía?” es una de las más controvertidas que conozco. La mayoría de los filósofos actuales siguen dándole vueltas sin lograr ponerse de acuerdo en cuál es la respuesta.
Cuando cursaba mis últimos años de bachillerato, mi profesor me aseguraba que se trataba “simplemente” de “formar nuestro espíritu crítico con vistas a la autonomía”, de un “método de pensamiento riguroso”, de un “arte de la reflexión” que hundía sus raíces en una actitud basada en el “asombro” y el “planteamiento de preguntas”. Éste es el tipo de definiciones que aún hoy seguirás encontrando diseminadas por los manuales de iniciación.

A pesar de todo el respeto que me inspiran personalmente las definiciones de este tipo, debo decir que no tienen mucho que ver con el fondo de la cuestión.

Es cierto que es deseable que en filosofía se reflexione. Que, a ser posible, se piense con rigor, en ocasiones incluso siguiendo un método crítico o planteando preguntas. Pero todo eso no es nada, absolutamente nada específico. Estoy seguro de que a ti mismo se te ocurren muchísimas otras actividades humanas que requieren del planteamiento de preguntas, o en las que uno debe esforzarse por argumentar lo mejor que sabe sin que ello implique que uno tenga que ser filósofo.

Los biólogos y los artistas, los médicos y los novelistas, los matemáticos y los teólogos, los periodistas e incluso los políticos reflexionan y se plantean preguntas. Sin embargo no son, que yo sepa, filósofos.
Voy a proponerte que nos alejemos de esos lugares comunes y aceptes provisionalmente, hasta que lo veas con más claridad por ti mismo, otro enfoque.

Partiremos de una consideración muy simple, pero que contiene el germen de la pregunta central de toda filosofía: el ser humano, a diferencia de Dios – si es que Dios existe – es mortal o, por decirlo como los filósofos, es un ser “finito”, limitado en el espacio y en el tiempo. Pero a diferencia de los animales, es el único ser que tiene conciencia de sus límites. Sabe que va a morir y que también morirán sus seres queridos. No puede evitar hacerse preguntas ante una situación que, a priori, resulta inquietante, por no decir absurda o insoportable. Y, evidentemente, ésta es la razón por la que en primer lugar se acerca a las religiones que le prometen la salvación.

Quiero que comprendas bien esta palabra – salvación – y también que entiendas como las religiones intentan hacerse cargo de las cuestiones que suscita. De hecho, lo más sencillo para empezar a definir la filosofía es, como tendrás ocasión de comprobar, ponerla en relación con el proyecto religioso.
Abre un diccionario y verás que el término “salvación” designa ante todo “el hecho de ser salvado, de escapar de un peligro o de una gran desgracia”. Muy bien, pero ¿de qué catástrofe, de qué peligro pretenden ayudarnos a escapar las religiones? Ya conoces la respuesta: evidentemente, se trata de la muerte. Ésta es la razón por la que todas se esfuerzan, de modos diversos, por prometernos la vida eterna, por asegurarnos que un día volveremos a reencontrarnos con aquellos que amamos, familiares, o amigos, hermanos o hermanas, maridos o esposas, niños o bebes, de los que la existencia terrena, ineludiblemente nos va a separar.
Hay que reconocer que esta idea tranquiliza bastante. En efecto, después de todo, ¿qué es lo que deseamos? No estar solos, ser comprendidos y amados, que no nos separen de nuestros seres queridos; resumiendo, no morir y que ellos tampoco mueran. Ahora bien, la vida real acaba frustrando un día u otro, todas esas esperanzas. Por eso, hay quien busca la salvación poniendo su confianza en un Dios y unas religiones que le aseguran que la alcanzará.

Pero para aquellos que no están convencidos, para los que dudan de verdad de estas promesas, el problema sigue ahí. Y es justamente donde la filosofía, por así decirlo, toma el relevo. La muerte en sí – este aspecto es crucial si quieres entender lo que es el campo de la filosofía – no es una realidad tan sencilla como por lo general se suele creer. La muerte es lo que atormenta a ese desgraciado ser finito que es el hombre, porque sólo él es consciente de que su tiempo es limitado, de que lo irreparable no es una ilusión, y puede que le haga bien reflexionar sobre lo que debe hacer en su corta vida. Edgar Allan Poe, en uno de sus poemas más famosos, encarnó esta idea de la irreversibilidad del curso de la existencia en un animal siniestro, un cuervo encaramado en el alféizar de una ventana, que sólo sabía decir y repetir una única fórmula: Never more (“nunca más”),

Lo que Poe quería decir con esta imagen es que la muerte pertenece al ámbito del “nunca más”. Es, en el seno mismo de la vida, lo que nunca volverá, lo que irreversiblemente sustituye a un pasado que uno no tiene oportunidad alguna de recuperar algún día. Puede tratarse de unas vacaciones de nuestra infancia, de lugares o amigos de los que uno se aleja para no volver, del divorcio de nuestros padres, de las casas o escuelas que una mudanza nos obliga a abandonar, o miles de otras cosas. Aunque se trate de la desaparición de un ser querido, todo aquello que pertenece al ámbito del “nunca más” forma parte del registro de la muerte.
Si lo consideras desde este punto de vista, verás qué lejos está la muerte de poder definirse exclusivamente como el final de la vida biológica. Para vivir bien, para vivir en libertad, para ser capaces de amar debemos, en primer lugar y ante todo, vencer el temor, o, mejor dicho, los temores, ya que las manifestaciones de lo irreversible son diversas. Es en este preciso punto donde existe entre religión y filosofía una discrepancia fundamental.

Al no lograr creer en un Dios salvador, el filósofo es, ante todo, aquel que cree que conociendo el mundo, comprendiéndose a sí mismo y a los demás, en la medida de que nos lo permite nuestra inteligencia, se puede llegar a superar los miedos, pero más que desde un fe ciega, desde la lucidez. En otras palabras, si las religiones se definen como la salvación a través de Otro (Dios), por la gracia de Dios, podríamos definir los grandes sistemas filosóficos como doctrinas de salvación por uno mismo, sin la ayuda de Dios.
En opinión de muchos filósofos el miedo a la muerte nos impide vivir bien. No es sólo que genere angustia. A decir verdad, la mayor parte del tiempo ni siquiera pensamos en ella, y estoy seguro de que no te pasas días meditando sobre el hecho de que los hombres son mortales. Pero si dotamos el problema de mayor profundidad, parece que la irreversibilidad del curso de las cosas, que es una forma de muerte en el corazón mismo de la vida, amenaza todos los días con arrastrarnos hacia una dimensión del tiempo que corrompe la existencia: la del pasado donde se alojan los grandes destructores de la felicidad que son la nostalgia y la culpabilidad, el arrepentimiento y los remordimientos.

La filosofía – todas las filosofías, por muy distintas que sean las respuestas que intentan aportar – también prometen ayudarnos a escapar de estos miedos primitivos. Comparte con las religiones, al menos en origen, la convicción de que la angustia nos impide vivir bien: no es ya que nos impida ser felices, es que tampoco nos deja ser libres. Éste es un tema omnipresente entre los primeros filósofos griegos: uno no puede ni pensar en actuar libremente cuando está paralizado por esa inquietud sorda que genera, por muy inconsciente que sea, el miedo a lo irreversible. Se trata, por tanto, de invitar a los seres humanos a “salvarse”.
Pero, como ya habrás comprendido a éstas alturas, esa salvación no puede proceder de Otro, de un ser trascendente (lo que significa “exterior y superior” a nosotros), debe provenir de nosotros mismos. La filosofía quiere que nos aclaremos recurriendo a nuestras propias fuerzas, con la simple ayuda de la razón o que, al menos aprendamos a utilizarla como es debido. Con audacia y con firmeza.
Filosofar en lugar de creer supone en el fondo – al menos desde el punto de vista de los filósofos, que no es el de los creyentes – preferir la lucidez al confort, la libertad a la fe. En verdad se trata, en cierto sentido, de “salvar el pellejo” pero no a cualquier precio.

Aunque la búsqueda de una salvación al margen de Dios esté en el corazón de todo gran sistema filosófico, aunque éste sea su objetivo final y último, no se podría alcanzar sin pasar por una reflexión profunda en torno a la inteligencia de lo que es – lo que, por lo general, solemos denominar teoría – y por lo que habitualmente llamamos ética.

La razón es fácil de entender.

Si la filosofía, al igual que las religiones, hace de la reflexión sobre la finitud humana su fuente más originaria - del hecho de que nosotros, simples mortales, tenemos los días contados y que somos los únicos seres en el mundo plenamente conscientes de ello - se desprende que no podamos eludir la cuestión de qué debemos hace en ese tiempo limitado. A diferencia de los árboles, las ostras o los conejos, no dejamos de hacernos preguntas sobre nuestra relación con el tiempo, sobre cómo debemos emplearlo o en que debemos ocuparlo, tanto si es por un lapso breve, la hora o la mañana que viene, como si se trata de un periodo más largo, el mes o el año en curso. Inevitablemente, quizá con ocasión de una ruptura, de un suceso brutal, acabamos preguntándonos qué hacemos, que podríamos o deberíamos hacer con nuestra vida.

En otras palabras, la ecuación “mortalidad + conciencia de ser mortal” es un cóctel que contiene el germen de todos los interrogantes filosóficos. Filósofo es aquel que, ante todo, piensa que no estamos aquí “de turismo”, para divertirnos. O mejor dicho, aunque en contra de todo lo que acabo de afirmar, acabará llegando a la conclusión de que lo único que merece la pena ser vivido es la diversión, esta certeza será el resultado de un pensar, de una reflexión y no de un reflejo condicionado. Lo que implica que ha tenido que recorrer tres etapas la de la teoría, la de la moral o la ética y finalmente, la correspondiente a la conquista de la salvación o la sabiduría.

Simplificando, se podría formular así el proceso: lo primero que hace la filosofía por medio de la teoría es hacerse una idea del “terreno de juego”, adquirir un conocimiento mínimo del mundo en el que se va a desarrollar nuestra existencia. ¿Qué parece ser hostil o amistoso, peligroso o inútil, armonioso o caótico, misterioso o comprensible, bello o feo? Si la filosofía consiste en la búsqueda de salvación, en la reflexión en torno al tiempo que va trascurriendo y que es limitado, no puede por menos que comenzar por hacerse preguntas sobre la naturaleza del mundo que nos rodea. Toda filosofía digna de tal nombre parte, por tanto, de las ciencias naturales que nos develan la estructura del universo: la física, las matemáticas, la biología, etcétera, pero asimismo de las ciencias históricas que arrojan luz sobre la historia de los hombres. “Aquí no entra nadie que no sea un geómetra” decía Platón a sus discípulos refiriéndose a su escuela, la Academia, y después de él ninguna filosofía ha pretendido jamás economizar medios a la hora de obtener conocimientos científicos. Pero debemos ir más lejos y preguntarnos también por los medios a nuestro alcance para conocer. Por lo tanto, la filosofía intenta, más allá de las consideraciones que forman parte de las ciencias positivas, comprender la naturaleza del conocimiento mismo, entender los métodos de los que se sirve. Por ejemplo: ¿cómo descubrir las causas de un fenómeno? Pero también se fija en los límites de la disciplina. Otro ejemplo: ¿Se puede demostrar la existencia de Dios?.

Estas dos preguntas, la de la naturaleza del mundo y la referente a los instrumentos que dispone la humanidad para llegar a conocer, también constituyen una parte esencial de la vertiente teórica de la filosofía.
Pero, evidentemente, además de por el terreno de juego, por el mundo y la historia en los que transcurrirá nuestra vida, debemos preguntarnos por el resto de los seres humanos, por aquellos con los que nos ha tocado jugar. Y no es ya por el hecho de que no estemos solos, sino porque, como demuestra algo tan simple como la educación, no podemos subsistir tras nacer sin la ayuda de otros humanos, para empezar de nuestros padres. ¿Cómo vivir con los demás, qué reglas de juego adoptar, cómo comportarnos de forma “vivible”, útil, digna, de forma simplemente justa en nuestras relaciones con los demás? De ésta cuestión se ocupa la segunda parte de la filosofía, una parte ya no teórica sino práctica que deriva, en un sentido amplio, de la esfera de la ética.

Pero ¿para qué conocer el mundo y su historia, para qué esforzarse en vivir en armonía con los demás? ¿Qué finalidad o qué sentido tienen todos esos esfuerzos? Además, ¿hay que buscarle un sentido? Todas esas preguntas, junto a otras del mismo tenor, nos remiten a la tercera esfera de la filosofía, la que se ocupa, como ya habrás podido deducir, de la salvación o de la sabiduría. Si la filosofía etimológicamente es “amor” (“philo”) a la “sabiduría” (“sophia”), debería autoanularse para dejar sitio, en la medida de lo posible, a la sabiduría misma, que es, sin duda, el fundamento de todo filosofar. Pues el ser sabio no consiste, por definición, en amar o buscar el ser. Ser sabio supone simplemente vivir sabiamente, feliz y libre en la medida de lo posible, tras vencer, finalmente, los miedos que la finitud despierta en nosotros.

viernes, 2 de diciembre de 2011

CSV - TERCEROS MEDIOS - FILOSOFÍA Y PSICOLOGÍA - MATERIALES DE ESTUDIO - GUÍA DE FACTORES SOCIALES Y CULTURALES DE LA SEXUALIDAD

1.    Los factores socioculturales y la ética de la sexualidad.

La conducta sexual humana no es un hecho “natural”, la sociedad y la cultura intervienen en ella todo el tiempo. Hay unas imágenes socialmente impuestas que valoran o sancionan la sexualidad: desde cómo ser hombre o ser mujer,  como llevar una relación de pareja “normal”, definir en qué consiste  una familia y cómo criar a los hijos,  hasta como relacionarnos con nuestro propio cuerpo.

Según algunos autores estas imágenes son impuestas por los grupos dominantes, que suelen ser los que manejan el poder político, cultural y económico. Las feministas señalan que todas estas ideas han sido fabricadas e impuestas por hombres, en desmedro de la libertad de las mujeres. Los liberales dicen que la gestión de la sexualidad es una cuestión privada donde no debe meterse la religión o el estado. Los conservadores aducen que la sexualidad no puede centrarse en el placer sino en la familia y en la reproducción. Indudablemente, la sexualidad es un terreno de debates y posturas, y esto se hace más evidente cuando hoy se ve, se escucha y se habla mucho más de sexo y sexualidad.

Podemos partir indicando tres ideas muy  sencillas: 1) estas imágenes no han sido eternas sino que han cambiado a lo largo de la historia 2) todas estas imágenes suelen ir acompañadas de un cierto saber que las justifica (este saber puede ser religioso, filosófico, moral, científico o político) 3) estas imágenes configuran una manera de vivir la sexualidad concreta o proponen ciertos comportamientos como ideales, correctos o permitidos. A esto llamamos “ética de la sexualidad”.

Para poder comprender cómo los factores socioculturales generan una determinada concepción moral de la sexualidad debemos recurrir a la sociología. Para quien dude que la sexualidad humana esté influenciada por la sociedad, sugiero que piense en la experiencia del amor. Es normal que hoy pensemos que dos personas forman una pareja motivados por eso que llamamos “amor”, aunque también sepamos que hay otras uniones que las mueven otros motivos como la conveniencia económica, el status, o el poder. Sin embargo, la idea del “amor” en las relaciones es bastante reciente.  En la edad media nadie se casaba por amor sino por unir bienes y propiedades o para generar hijos para producir en el campo. El enamorarse se consideraba algo que se padecía (una pasión), tal como se sufre una enfermedad. Nuestra idea del amor es muy moderna, al contrario de lo que se dice habitualmente.

Vamos a analizar los cambios en la sexualidad en tres tipos de sociedades que se han dado en la historia: las sociedades premodernas de recolectores, cazadores y agricultores, la sociedad jerarquizada tradicional, y la sociedad moderna.

2.    Sociedades premodernas organizadas en tribus.

Las sociedades organizadas en tribus son muy antiguas, aunque aun pueden subsistir en lugares remotos de nuestro planeta. Las actividades típicas de estas sociedades eran la caza y la recolección, aunque fueron lentamente cambiando hacia el pastoreo y la agricultura. En éstas actividades era fundamental la división sexual del trabajo, es decir mujeres y hombres tenían tareas específicas distintas. Pero las mujeres y los hombres eran importantes porque los principales vínculos que se establecen en una tribu (que es la asociación de muchas familias) se daban por relaciones de consanguineidad y parentesco.

La sexualidad estaba estructurada en torno a un modelo familiar que se componía de una mujer, su hermano, su esposo y su hijo. En algunas tribus africanas, por ejemplo, es el hermano de la mujer aquél que se hace cargo de los hijos del matrimonio, y no el esposo como se acostumbra en nuestra sociedad. Las relaciones que se podían dar en esta organización social eran la consanguineidad, el matrimonio y la descendencia.  Se promovía las relaciones exogámicas, es decir aquellas donde el cónyuge elegido no debía pertenecer al propio grupo. Por lo tanto, se prohibía que se formara un grupo a partir de relaciones endogámicas es decir uniones sexuales que se dieran por consanguineidad (entre hermanos o primos) o por descendencia (padre – hijo o madre – hijo).  La prohibición de los actos sexuales en vínculos de ese tipo se denomina prohibición del incesto, y se da en casi todas las culturas, aunque existan excepciones como, por ejemplo, el famoso matrimonio entre Cleopatra y su hermano.

En algún momento de la historia de nuestra especie apareció el patriarcado, lo que dejó a la mujer un papel subordinado al del varón. Existieron y existen cosmovisiones completas construidas a partir de resaltar lo masculino por sobre lo femenino. De hecho masculino y femenino se consideraban “naturalezas” distintas, siendo siempre lo masculino mejor o más perfecto que lo femenino. Los hombres eran más fuertes y mejores que las mujeres,  a quienes se les trataba como “sexo débil”. El hombre representaba lo espiritual y lo cultural, mientras las mujeres lo material y lo natural. Por lo tanto, el hombre debía educarse y prepararse para la vida en cambio la mujer sólo debía seguir su naturaleza.
Otro elemento interesante era que había una regulación social del tiempo en que se intensificaban las relaciones sexuales. Por ello era frecuente que se diesen orgías donde lo sexual era muy relevante como manera de fusionarse con el grupo. En algunos casos el uso de drogas intensificaba esta experiencia. Los tiempos en que éstas manifestaciones se daban era las fiestas, carnavales, pascuas y otras celebraciones, donde en muchos casos, se efectuaban los ritos de iniciación de los jóvenes a la vida adulta o se realizaban matrimonios y bautizos. De ésta época heredamos varios elementos: los ritos de iniciación sexual, el concepto de honor masculino y la fidelidad y devoción a la familia como valores femeninos.

3.    sociedad tradicional organizada jerárquicamente.

Cuando comenzaron a emerger  las primeras grandes ciudades y se inventó la escritura, la sociedad estaba organizada como una pirámide. Cada nivel de la pirámide estaba formado por un grupo social  o estamento que tenía escaso contacto con otros grupos. Las funciones estaban absolutamente especificadas y la vida de cada individuo estaba completamente impregnada y determinada por el grupo donde nacía. Si alguien nacía en una familia de campesinos, seguramente viviría y moriría como campesino, se casaría con una campesina y tendrían hijos campesinos quienes tampoco podrían salir de su condición en el futuro. Dadas así las cosas ésta sociedad tradicional cambiaba de manera muy lenta.

Cada civilización entendía la sexualidad desde la filosofía o religión que dominaba en su cultura. En la antigua babilonia el Código de Hammurabi (una de las primeras leyes escritas) tenía 67 normas sobre la sexualidad que aludían al adulterio, bigamia, divorcio, delitos sexuales e incesto.

Los griegos, por ejemplo, habían tomado una idea muy extendida en oriente que consideraba al cuerpo como algo distinto e incluso más corrupto que el alma (dualismo psico – físico) . Muchos sabios griegos, al igual que los ascetas hinduistas, sentían un desprecio por todo lo corporal y se dedicaban casi con exclusividad a lo espiritual. Platón consideraba al cuerpo “la cárcel del alma”. Sostenía a su vez que la muerte era una liberación y la entrada a una vida más feliz. La sexualidad, con todas esas necesidades tan carnales y materiales, no podía ser bien considerada. Se prefería el uso de la razón, el desapego a las pasiones e incluso la mortificación del cuerpo.   

Entre los judíos la sexualidad no era, en principio, mal mirada ya que era parte de la creación y por ende no podía sino ser buena. No obstante, el Antiguo Testamento contenía regulaciones específicas sobre el matrimonio, las violaciones, las perversiones con animales, la homosexualidad e incluso  sobre acostarse con la suegra. El pueblo de Israel fue redimido de Egipto entre otras cosas, por no cometer incesto.

Jesús condenó expresamente el adulterio y el divorcio. Como sabemos, predicaba el amor por sobre la ley y se centraba en la pureza de las intenciones. Sin embargo, durante la formación de la iglesia católica comenzaron a aparecer las regulaciones de la sexualidad.  San Pablo recomendó el ideal del celibato como manera de alcanzar la salvación. Así como los griegos, los primeros Padres de la Iglesia prefirieron la vida espiritual a los placeres de la carne: mientras más puro el cuerpo mejor, de ahí la valoración de la virginidad. San Agustín interpretó el pecado original como de un descontrol del cuerpo frente a la razón, debilidad que se transmitía de generación en generación por vía sexual. De ahí que fuera una necesidad que María fuese virgen, caso contrario Jesús hubiese nacido pecador como todos nosotros.

Dentro de la perspectiva  cristiana el sexo moralmente aceptable ocurre dentro del matrimonio y con finalidad reproductiva. La lujuria fue condenada como un exceso peligroso por el desorden de las pasiones. Esa lujuria contemplaba la fornicación (sexo entre solteros sin exigencia de cohabitar) el incesto, el adulterio, el estupro y el vicio contra naturam (bestialismo o zoofilia). Además, la Iglesia Católica condenó la promiscuidad, la masturbación, el sexo oral y anal, la homosexualidad, y los métodos artificiales de anticoncepción.



La sociedad moderna

En el paso de la sociedad tradicional a la sociedad moderna, las clases altas (aristócratas, nobles, sacerdotes, etc.) evolucionan. Al fortalecerse la monarquía surgen a su alrededor las cortes y su intensa vida social de secreteos, conspiraciones, favores y halagos al monarca. Aparece el “estilo cortesano”: el matrimonio sirve para ascender socialmente, los caballeros muestran cortesía y galantería ante las doncellas que juzgan sus maneras y posición social. Todo esto inventa un nuevo trato entre hombres y mujeres.

Las familias son extensas aún;  abarcan varias generaciones, parientes solteros, el servicio domestico inclusive. Los hogares eran  la sede de la familia y la familia a su vez, participaba en la empresa familiar, en las tierras del fundo, en el negocio “atendido por sus dueños”. Muchas de esas familias pertenecían a la nueva clase social llamada burguesía que disputaba el terreno a la vieja aristocracia. En los países protestantes aparece una severa ética del trabajo, puritanismo y frialdad en las relaciones, y una firme disciplina en la crianza. Las relaciones entre esposos son muy formales en privado y en público, aunque al mismo tiempo se toleraban las relaciones extramatrimoniales como una manera de apaciguar las inevitables pasiones. 

Esta  sociedad moderna se define porque los hombres ya no vienen determinados por el grupo social al que pertenecen. Ahora la sociedad se “especializa”, por así decirlo: aparecen tareas específicas o funciones a las que se dedican,  por un determinado tiempo, los individuos. Cada función tiene una manera de operar propia y exclusiva: la economía no es lo mismo que el gobierno, la ley o la universidad. Los individuos forman parte de esos distintos subsistemas, pero sólo parcialmente. Y, hay que hacer notar que sólo en esta época se comenzará a hablar de individuos, de seres humanos singulares que no son lo mismo que su sociedad.  Al desaparecer los estamentos, los individuos pueden ascender de posición social en razón de su esfuerzo. Su éxito o fracaso social ya no está ligado necesariamente a su cuna.

En la sociedad moderna la familia extendida irá desapareciendo para dar lugar a una familia nuclear (padre, madre e hijos) que con cada nueva generación dará lugar a nuevas familias.  En esta época el sentimiento del amor se relacionó  ya no con las pasiones desenfrenadas sino con el matrimonio, siendo el fundamento de la búsqueda de pareja y la unión matrimonial. El amor dejó de ser considerado un mal del cuerpo (pasión) sino pasa a ser una vivencia psicológica más o menos universal para hombres y mujeres. Socialmente permitió romper barreras sociales, llegando a ser posible unir a la jovencita burguesa con el joven aristócrata, tal como lo narraban los cuentos de hadas.

La sociedad moderna también cambió la manera de entender lo que era ser mujer o ser hombre. La mujer quedó atrapada entre dos estereotipos muy distintos: la mujer decente y las mujerzuelas. En primer lugar la mujer “idealizada”, que de joven era pura, casta y ejemplo de decencia, y de casada, la madre devota, emotiva, acogedora, dulce. Las “otras” mujeres eran las indecentes: prostitutas, solteronas, marimachos, etc. se toleraba su existencia porque se consideraba que la naturaleza masculina era pecaminosa, susceptible de caer en las pasiones carnales. Las relaciones extramatrimoniales y la prostitución se consideraban un mal necesario.

El concepto de familia cambio. El hogar era el resguardo contra una sociedad fría e impersonal. El centro del hogar era la madre quien organizaba todo y cuidaba de los hijos con ternura y compasión. El padre por su parte era frio y racional, tenía que ser severo con los hijos para prepararlos para el difícil mundo  fuera del hogar.  Durante el siglo XVIII y XIX se descubre la infancia. Antes en la historia los niños prácticamente no figuraban, ni eran objeto de estudio. Durante la revolución industrial se comienza a hablar sobre la infancia como una “edad de la inocencia” que luego se pierde por la corrupta sociedad. Los niños por lo tanto eran inocentes y asexuados. Se les considera “puros” y fundamentalmente imaginativos. Un  filósofo moderno llamado Jean Jacques Rousseau promovía una educación espontánea, para que el niño mantuviese su pureza lo más posible antes de ser corrompido por los vicios de la sociedad moderna. En ésta época nacen los cuentos para niños, el estudio de los juegos y de las canciones infantiles populares. La infancia se valoró como una “época dorada” de la que nadie quería salir nunca (“ideal de Peter pan”).


5.    Las distintas éticas durante la modernidad: la ética del amor y  la ética liberal.

Durante la modernidad filósofos y pensadores intentaron resolver un problema fundamental: anteriormente todas las reglas sobre la sexualidad habían sido planteadas por religiones o pseudo – religiones donde el hombre y la mujer tenían un papel predefinido de antemano y específicas reglas para comportarse como individuos, parejas y familia. En la modernidad las religiones pierden mucho de su peso y esto provoca una crisis muy importante. Los individuos ahora no sabían exactamente qué hacer, estaban ante múltiples interpretaciones morales sobre la sexualidad no solo religiosas sino filosóficas y hasta científicas.

Uno de los caminos de orientación que tuvieron fue a través de la idea del Amor. El Amor fue entendido como una relación entre dos personas muy intensa e intima, que permite desarrollarnos de manera profunda no en soledad sino con otra persona. La sexualidad humana, se planteó, está basada en la confianza mutua, en el respeto, en la comunicación. Separar el sexo del amor resulta deshumanizante pues se reduce a la persona a un objeto al servicio de los intereses y deseos de otros, sacrificando con eso su dignidad. El sexo es una forma de conocer de manera íntima a alguien, y mientras esté basado en el amor,  permite madurar y lograr una personalidad integrada. Por ello dentro de ésta mirada es necesaria la fidelidad. Actualmente ésta forma de entender la sexualidad está vigente, no sólo entre quienes se casan sino en solteros que unen sus vidas como una forma de iniciar un proyecto de vida en común con otros.

Otra actitud que la modernidad inauguró se basa en la idea de libertad. Para un libertario en temas sexuales el amor está bien pero es sólo uno de los motivos. La gente también tiene relaciones buscando el puro placer, sin buscar comprometerse a largo plazo ni revelar aspectos profundos de su personalidad. El liberal es tolerante con los motivos y con la diversidad de formas en que se muestre la sexualidad. El sexo aceptable se basa simplemente en el sexo consciente, informado y mutuamente consentido. Cualquier forma de “obligación” a mantener una relación sexual cuando uno de los dos se oponga, como un acoso o una violación es una injusticia y debe ser sancionado. Tampoco es lícito relacionarse sexualmente con quien no te puede dar su consentimiento como por ejemplo un niño pequeño, un joven inmaduro, un enfermo mental e incluso un animal. Es inaceptable una relación sexual que se dé bajo la amenaza, bajo la extorsión, el engaño o a la fuerza. Los liberales se imaginan las uniones como una suerte de contrato entre dos personas, que se imponen deberes y derechos bajo mutuo consentimiento.

 
6.    Las distintas éticas durante la modernidad: la ética basada en la dignidad y la crítica social marxista.

A mucha gente le parece que las ideas liberales son justas, pues se basaban en lo que las personas aceptan de manera libre. Pero no todo contrato es justo, sobre todo  si no se hace bajo ciertas condiciones de igualdad. Imaginemos el caso de Juan, un hombre que tiene una familia de 8 integrantes, que está agobiado por deudas y está sumido en la más asfixiante pobreza. El doctor Hanníbal, hombre muy adinerado obtiene placer de manera perversa y sádica pagando a personas para que se dejen mutilar o torturar hasta la muerte. El perverso doctor ofrece a  Juan los millones que arreglarían para siempre los problemas de su familia a cambio de que acepte mutilarse sus dos piernas. ¿Es justo el trato en éste caso? Aunque Juan aceptase de manera libre, el hecho de verse oprimido por su condición socioeconómica y el abuso que hace el Doctor de su riqueza, sacrificarían la dignidad de Juan como ser humano.

Para algunos filósofos modernos como immanuel Kant, los seres humanos no pueden ser tratados como cosas ni como animales al servicio de los intereses de otros. Somos especiales porque tenemos una dignidad que proviene justamente de que somos racionales y libres. Kant indica que nuestra racionalidad se muestra en el hecho de que podemos actuar contra todo instinto, presión social, interés económico o egoísmo para simplemente “hacer lo correcto”, más allá de las simpatías o las ventajas que obtengamos de una acción. Esa dignidad no debe sacrificarse ni por razones económicas, políticas, raciales, o sexuales. Toda discriminación es un atentado a nuestra propia humanidad. Nuestro cuerpo y nuestra sexualidad no puede ser objeto de comercio, de transacción o de intercambio. Con fenómenos como la pornografía, la prostitución, u otros, le estamos faltando el respeto a nuestra propia condición de seres racionales y morales.

Este criterio moral, basado en la dignidad, pareció un poco abstracto a muchos. Si bien todos los seres humanos somos dignos e iguales, hay unos más iguales entre sí que otros. Mientras en la filosofía reinaba la idea de libertad e igualdad, en la realidad social, en pleno auge de la revolución industrial y el capitalismo, se imponían severas e inhumanas desigualdades. Fue Carlos Marx quien le sacó punta a esta situación, y realizó una de las críticas más severas al sistema social que nació de la revolución industrial, el capitalismo. Para Marx el fértil valle de riquezas y libertades que prometía el capitalismo se convirtió en la explotación más fehaciente de una clase social por sobre otra. De hecho, toda la historia para Marx no era más que la lucha de clases sociales. En la época moderna el antagonismo social se daba entre dos clases: la dominante que era la de los burgueses controladores de los medios de producción, y la de los proletarios que vendían su fuerza de trabajo por un salario. Los burgueses acumulan poder, decía Marx, sustrayendo parte de la riqueza que producen los trabajadores, los que finalmente terminan viviendo bajo condiciones cada vez menos dignas. Aunque se intentase reformar tal sistema, el capitalismo produciría crisis cada vez más graves, pues la lógica de acumular ganancias iría en desmedro de los trabajadores. A éstos, no les quedaría otra que organizarse y rebelarse modificando mediante una revolución este orden de cosas.

Aunque Marx no trató el tema en específico, éste análisis sirvió para ver la situación de las mujeres. En una sociedad donde los hombres trabajan todo el día, las mujeres servían para cuidar de los niños y de los ancianos, sin recibir por ello un salario pero sí comida y alojamiento financiado por los maridos. La economía era machista en el sentido que las mujeres ayudaban a solucionar un problema social pero eso las ataba financieramente a sus maridos. Muchas veces las razones para estar al lado de sus esposos eran netamente económicas y determinadas a su vez por lo que era todo el sistema social capitalista. No había un contrato consentido ni libertad verdadera para las mujeres.

El enfoque que más énfasis le dará a la emancipación femenina será el feminismo, que analizaremos a continuación. Pero antes debemos dar un rodeo breve para entender los cambios de la sociedad moderna en la actualidad

7.    La sociedad actual.

Definir la sociedad actual es una tarea dificilísima. Se podrían llenar muchas habitaciones con libros sobre el cambio social actual. Ni siquiera tenemos claridad sobre si la sociedad que vivimos es “moderna” o si se transformó radicalmente en otra cosa. Sin embargo hay unos rasgos característicos sobre los que existiría cierto acuerdo. En primer lugar el cambio acelerado, producto de la constante innovación tecnológica que introduce la competencia económica dentro del capitalismo. Gracias a la tecnología el proceso económico dejó de estar localizado en un solo lugar sino que puede ser global: los recursos se extraen de Sudamérica, se manufacturan en México, se arman en Brasil con licencias de marcas alemanas y se venden en el mercado Chino o Indio. El impacto de la ciencia y la tecnología sobre nuestras  vidas cotidianas es indudable, hoy el intercambio de información, de personas, de bienes, de servicios se ha incrementado notablemente.

En segundo lugar, tenemos los cambios políticos y culturales. Hoy los estados y los líderes políticos siguen teniendo mucha influencia en la economía, el transporte, la salud, la defensa y la educación de la población aunque recientemente muchas de esas áreas se hayan entregado a empresas privadas. Esa influencia provoca que los ciudadanos se interesen en las decisiones que toma su gobierno y por ende quieran participar más en elecciones o movimientos sociales. Lo que hace que la democracia representativa sea una de las formas de gobierno más valoradas en el mundo. Culturalmente, muchas sociedades del mundo  se han  secularizado profundamente, lo que quiere decir que la religión pierde mucha de su influencia y las tradiciones pierden relevancia. Los individuos tienen un espacio mayor para tomar decisiones respecto de su vida, pero al mismo tiempo, disponen de guías y reglas menos claras sobre cómo hay que vivir. De aquí que los cambios de hábitos y costumbres para muchos los escandalicen y otros lo vean como una bendición.

En los países occidentales, y crecientemente en todo el mundo, las ideas de libertad personal, libertad de expresión, mejora individual e igualdad vienen propiciando cambios al interior de la sociedad. Por ejemplo, en el ámbito familiar hoy la relación padres e hijos tiende a ser menos autoritaria y mas basada en la emocionalidad, la negociación y el diálogo. Las parejas siguen uniéndose pero los matrimonios descienden y los divorcios aumentan. Las familias dejan de tener muchos hijos, y los proyectos personales adquieren mayor importancia frente al compromiso de estar juntos.

Respecto de los jóvenes y adolescentes, después de la Segunda Guerra Mundial, pasaron a ser una parte muy importante de la población. Creció una cultura e industria popular y de consumo (música rock, moda, arte, cine) orientada a sus formas y estilos de vida. Adquirieron mayor libertad fuera de la casa, el abismo entre el mundo de los viejos y de los jóvenes se hizo más evidente. Los jóvenes tenían otros valores y formas de vida que los adultos, incluso llegaron a formar “contraculturas”  como el hipismo, el punk, o el rap. Mientras que la invención de la pastilla y la proliferación de los métodos anticonceptivos modifico la conducta sexual de jóvenes, la masificación de la enseñanza secundaria y universitaria, el acceso al mundo del trabajo y la mayor participación en la cultura y la política modificaron sustancialmente las relaciones entre hombres y mujeres. El feminismo será la expresión de un importante cambio de visión y de valores que aparecerá con el avance de la sociedad moderna.  


8.    El feminismo.

La historia moderna del feminismo nos remonta a la Revolución Francesa, donde Olympe de Gouges fue la primera mujer en hablar y proponer derechos para la mujer, entre los que se encontraba el derecho a voto y el derecho a ocupar cargos públicos. Los varones revolucionarios le demostraron su parecer sobre esta idea cortándole la cabeza en la guillotina.

Mary Wollstonecraft, una filósofa inglesa, retomó esta idea y publicó una defensa de los derechos de la mujer en 1972, que fue menospreciada e ironizada (inclusive un escritor publicó una defensa de los derechos animales como burla a éste intento…). Wollstonecraft propuso que las mujeres tenían derecho a una educación igualitaria y a participar en el parlamento. También defendió el derecho de las mujeres a sentir placer durante el coito (lo que nos indica que en esa época el placer sexual era algo solamente reservado a los hombres). Acusaba a los machos de haber convertido a las mujeres en meros objetos sexuales, amas de casa y madres reduciendo su libertad como personas.

Durante el siglo XIX se discutió intensamente sobre el derecho de las mujeres a la educación  universitaria, a tener una profesión y a votar en las elecciones. En este último caso, fueron famosas por su dramatismo las luchas y sacrificios de las llamadas “sufragistas” que, como su nombre lo indicaba peleaban por los derechos políticos básicos de las mujeres, mediante violación de normas, huelgas de hambre, y transgresión de convenciones sociales. Durante todo el siglo XIX se darán alianzas entre los movimientos de emancipación femenina y los partidos socialistas u obreros. A mediados de 1870, Emma Paterson fundará el primer sindicato de mujeres trabajadoras.      

Es durante el siglo XX que el feminismo tiene su más intenso desarrollo. Después de la Segunda Guerra Mundial, a partir de la década de 1960 se produce una verdadera revolución de la sexualidad. Del “nada de sexo antes del matrimonio” se paso a una actitud mucha más liberal ante la sexualidad. Junto al rock y las drogas, el sexo fue para muchos jóvenes un terreno de libre exploración. En esa misma época crecen, sobre todo en Estados Unidos los movimientos por los derechos civiles. En este contexto nacerá NOW (National Organization for Women), el grupo  de Women´s lib y otras organizaciones feministas.

El rasgo común a todas estas organizaciones será la crítica del machismo cultural predominante en casi todo el mundo occidental. Su diferencia estará en las maneras en que pelearán por denunciar y cambiar este sexismo profundamente arraigado en todas las instituciones. Por lo tanto, sus objetivos iban más allá de ganar derechos políticos y laborales para las mujeres. En el pensamiento dominante, ser mujer significaba menos que ser hombre. A su juicio los varones son históricamente quienes han oprimido y dominado a las mujeres sobre la base de toda una forma de pensamiento y de poder que justifica esa opresión.

No es que las mujeres no hayan hecho nada por la historia. Sino que los varones han representado su imagen ignorando y minusvalorando siempre lo femenino en favor de lo masculino. La mujer es siempre símbolo de otra cosa menos de ella misma: maternidad, ternura, sensualidad, etc. y eso que ellas representan siempre ha sido establecido por hombres. La mujer ha sido “inventada” señalará Simone de Beauvoir. La psicoanalista Luce Irigaray planteará que,  o  las mujeres sólo pueden vivir su sexualidad subordinadas al deseo masculino, o bien la mujer sólo puede llegar a ser ella misma separándose radicalmente del hombre. A esta postura se le ha llamado feminismo separatista. Los movimientos feministas se vuelven muy sensibles hacia las demandas de los grupos de defensa de los derechos de homosexuales y lesbianas.     

Las filosofas feministas han luchado por develar como el sistema cultural legitima el machismo. Un caso típico es la palabra “hombre” que muchas veces se utiliza como sinónimo de humanidad ignorando a las mujeres.  De aquí que se crea que lo importante en la especie es el varón y no la mujer. La idea de “ser humano” ha sido por mucho tiempo representada con la imagen de un varón, independiente, adulto, etc. Esta exclusión tuvo y sigue teniendo efectos muy perniciosos en las libertades de las mujeres. Durante los años 60 las feministas pelearon por demandas  como la despenalización del aborto, ayudas estatales para la crianza y el cuidado de los niños, revisión de la redacción de las leyes para eliminar todo sexismo, y realizaron novedosas formas de activismo; “sentadas” en la vía pública, lectura de poemas, obras de teatro callejero, etc.

Es indiscutible el valor que ha tenido el feminismo para modificar las formas tradicionales, y muchas veces opresivas, de pensar a la mujer. La sociología e historiografía feminista ha reescrito la historia resaltando el papel de las mujeres que antes se consideraba anecdótico o lisa y llanamente inexistente. Gracias a sus trabajos hemos podido observar como las diferencias de género no son hechos biológicos o naturales sino que se imponen desde la más temprana infancia y que dependen de complejos sistemas de leyes e instituciones que pueden ser modificados.